Hoy estaba hablando con unos amigos sobre esas personas que parecen entender absolutamente todo lo que les pasa. Viste esa gente que vos le planteás un problema y te puede explicar de dónde viene, por qué le pasa, qué pasó en su infancia, qué aprendió de la madre, del padre, de la escuela, de las relaciones anteriores, qué miedos tiene, qué cosas está repitiendo, qué contradicciones encuentra… todo. Te puede hacer casi una tesis doctoral sobre su propia existencia… Y después de explicarte durante dos horas todo perfectamente, termina diciendo: “Bueno… ¿y qué hago?”.

Y me quedó dando vueltas eso. Porque claro, en principio uno podría decir: bueno, si ya entendiste todo eso, hacé algo. Fácil. Listo. Se terminó la charla, muchas gracias por escucharme. Pero no, evidentemente no es tan fácil, porque si fuese tan fácil ninguno de nosotros repetiría patrones que sabe perfectamente que repite. Yo puedo saber que comerme medio kilo de helado a las dos de la mañana después me cae como una patada voladora al hígado y, sin embargo, ahí estoy con la cuchara mirando Netflix. Entonces una cosa es saber y otra cosa es hacer algo con lo que sabemos.

Y ahí apareció una pregunta que me parece muchísimo más interesante: ¿qué pasa cuando conocer las causas de lo que nos sucede no alcanza para transformarlo? Porque hablamos muchísimo de autoconocimiento. “Conocete a vos mismo”, “descubrí tus patrones”, “buscá tus heridas”, “entendé de dónde vienen tus miedos”. Perfecto. Todo eso me parece maravilloso. Yo soy la primera que se mete con una linterna adentro de la cabeza a revisar cajones. Pero ¿qué hacemos después con los cajones que encontramos? Porque también podemos convertir nuestra vida en un museo espectacular de traumas perfectamente clasificados y seguir viviendo exactamente de la misma manera.

Antes de seguir quiero hacer una aclaración con una palabra que seguramente va a aparecer muchas veces en estos capítulos y que a mí me hace bastante ruido: necesidad. Para mí hay necesidades básicas y materiales que son obvias. Necesitamos alimentarnos, dormir, cuidar nuestro cuerpo, tener condiciones para sostener nuestra vida. También somos seres sociales, nos construimos con otros, aprendemos con otros y los vínculos son parte de nuestra existencia. Pero hay otro sentido que yo voy a llamar necesidad carencial, y es diferente. Es cuando siento que algo me falta y pongo a otra persona en el lugar de quien tiene que completar eso que me falta. Por ejemplo: necesito que me quieras para sentir que valgo, necesito que estés para poder estar bien, necesito que me respondas para sentirme tranquila. Ahí para mí aparece un problema, porque el otro puede terminar convertido en objeto de satisfacción de una carencia propia. Y esto no es lo mismo que querer a alguien, elegirlo, disfrutarlo, pedir ayuda o compartir la vida. Yo puedo querer profundamente que alguien esté conmigo sin convertir su presencia en condición indispensable para poder sostenerme.

También hay otro uso de la palabra necesidad que puede aparecer cuando hablemos de ciencia, filosofía o método dialéctico, y ahí significa otra cosa. Podemos hablar de la “necesidad de una acción” en el sentido de descubrir sus determinaciones, las condiciones que hacen que determinado proceso tome una dirección. Ahí no estamos hablando de carencia. Lo aclaro porque si metemos hambre, amor, dependencia afectiva y método científico dentro de la misma bolsa que dice “necesidad”, terminamos haciendo un guiso conceptual y después nadie entiende nada.

Entonces pensé que tal vez hay personas que no tienen un problema para entender lo que les pasa. Al contrario. Capaz tienen demasiada facilidad para entenderlo. Y esto parece una contradicción, ¿no? ¿Cómo puede ser malo comprender mucho? No estoy diciendo que sea malo. Lo que me pregunto es si a veces la comprensión también puede convertirse en una escondida bastante sofisticada. Porque mientras sigo investigando, todavía no tengo que decidir. Mientras sigo preguntándome por qué me pasa, no necesariamente tengo que enfrentarme a qué voy a hacer con eso que me pasa.

Y acá quiero hacer una diferencia porque me parece importante. No estoy hablando de patologías ni intentando diagnosticar a nadie. Todos tenemos mecanismos para enfrentarnos a la vida. Algunos pensamos demasiado, otros actuamos demasiado rápido, otros evitamos, otros consultamos veinte veces antes de decidir, otros decimos “me importa un carajo” y después resulta que nos importaba muchísimo. Cada uno va desarrollando herramientas con lo que tiene, con lo que aprendió, con lo que le funcionó alguna vez. El problema aparece cuando una herramienta que alguna vez nos salvó empieza a impedir que hagamos un movimiento.

Por ejemplo, imaginemos a alguien que desde chico aprendió que antes de hacer algo había que estar seguro. Seguro de que estaba bien, seguro de que no se iba a equivocar, seguro de que no iba a hacer sufrir a nadie, seguro de que no iba a quedar en ridículo. Esa persona crece y un día tiene que tomar una decisión afectiva. Le gusta alguien. ¿Qué hace? Bueno, podría decir “me gusta, voy a conocerla”. Pero también podría empezar a preguntarse: “A ver, ¿por qué me gusta? ¿Realmente me gusta o estoy proyectando? ¿Esto nace de un deseo genuino de compartir con esa persona o estoy intentando que venga a cubrir alguna carencia mía? ¿Qué me pasó en relaciones anteriores? ¿Qué consecuencias tendría acercarme? ¿Qué pasa si la otra persona piensa otra cosa? ¿Qué pasa si después me arrepiento?”. Y ojo, todas son preguntas buenísimas. El problema es que mientras responde la pregunta número 48, posiblemente la otra persona ya se casó, tuvo tres hijos y abrió una rotisería en Chivilcoy.

Entonces ¿cuándo una pregunta nos ayuda a comprender y cuándo empieza a ayudarnos a postergar?

Porque también puede pasar algo más. Capaz el famoso “¿qué hago?” no significa verdaderamente “no sé qué hacer”. Puede significar “quiero que alguien me asegure que si hago esto no me voy a equivocar”. Y eso es otra cosa. Yo puedo saber perfectamente qué quiero hacer y, aun así, no animarme porque quiero una garantía. Quiero que alguien me diga: “Dale, hacelo, va a salir bien”. Pero ¿quién puede garantizar eso? Nadie. Ahí aparece una parte medio antipática de ser adulto: nadie te da certificado de garantía por las decisiones.

Y entonces empecé a preguntarme si muchas veces no confundimos seguridad con certeza. Porque yo puedo sentirme segura de mí misma sin tener certeza sobre lo que va a suceder. Puedo decir: “No sé cómo va a salir esto, pero confío en que si sale mal voy a poder hacer algo con eso”. Eso es muy diferente a decir: “No voy a moverme hasta saber que va a salir bien”. Porque si espero eso, probablemente no haga nada importante jamás. Nadie sabe si una relación va a funcionar antes de empezarla. Nadie sabe si un proyecto va a salir exactamente como espera. Nadie sabe si cuando diga “te quiero” el otro va a responder “yo también” o va a responder “muchas gracias”. Bastante espantosa esa respuesta, dicho sea de paso, dirían mis amigas. Amo la sinceridad, diría yo.

Y acá apareció otra cosa que me interesa muchísimo: hay personas que son extraordinariamente buenas enfrentándose al mundo desde la razón, pero se complican mucho cuando entran en territorios donde la razón no puede controlar todo. Porque puedo investigar durante diez años qué es el amor, puedo leer a Freud, Lacan, Fromm, Bauman, la tía Pocha y a quien quiera, pero en algún momento, si quiero saber qué pasa con una persona en particular, voy a tener que hablar cara a cara con esa persona. La teoría puede explicarme muchísimas cosas. Lo que no puede hacer es vivir la experiencia por mí.

Entonces tal vez la pregunta no sea solamente “¿por qué me pasa esto?”. Capaz también podríamos empezar a hacernos otras: ¿qué estoy esperando descubrir antes de actuar? ¿Existe realmente esa respuesta que estoy buscando? ¿Estoy tratando de comprender o estoy tratando de conseguir tranquilidad? ¿Qué tendría que saber para sentir que ya sé suficiente? ¿Y si supiera todo eso, actuaría de verdad o encontraría una nueva pregunta? ¿Cuánto tiempo llevo investigando algo que, en algún punto, solamente voy a poder conocer cuando lo viva?

Y esta última me parece particularmente incómoda: ¿puede ser que en algunos momentos saber más ya no sea avanzar?

Porque yo puedo seguir excavando indefinidamente. Siempre va a aparecer algo más. Somos personas históricas, tenemos infancia, familia, vínculos, cultura, ideas, experiencias, deseos, contradicciones, miedo, vaya uno a saber cuántas cosas metidas ahí. Si espero terminar de conocerme completamente para empezar a tomar decisiones, me tengo malas noticias: me voy a morir investigando.

Y mirá qué loco, porque empezamos preguntándonos qué hacer cuando uno comprende muchísimo lo que le pasa y terminé pensando que quizás el problema no sea no saber qué hacer. Capaz el verdadero problema aparece cuando creemos que primero tenemos que comprender absolutamente todo para tener derecho a elegir.

Tal vez no. Tal vez en algún momento uno puede decir: “Hasta acá entiendo esto. Seguramente me falten cosas. Tengo dudas. Tengo miedo. Puedo equivocarme. Pero con lo que sé hoy, voy a elegir”.

Y entonces la pregunta empieza a cambiar. Ya no es solamente: “¿Qué tengo que hacer?”. Empieza a ser: “¿Qué quiero hacer yo con todo esto que descubrí?”.

Y ahí, para mí, empieza otra conversación completamente distinta.

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Peter Gollwitzer y Paschal Sheeran Gollwitzer & Sheeran, Implementation Intentions and Goal Achievement

James Prochaska y Carlo DiClemente Prochaska & DiClemente, Stages and Processes of Self-Change

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