Hay una idea del capítulo anterior que me quedó dando vueltas y quiero quedarme un rato ahí, pero ahora desde otro lugar. Porque una cosa es aplicar una manera de investigar a nuestra vida y buscar determinaciones, contradicciones, causas, relaciones, todo eso que estuvimos hablando. Y otra cosa, un poquito diferente, es convertir nuestra propia vida en una investigación que nunca termina. Porque una investigación puede perfectamente cerrar diciendo: “Sobre este tema todavía quedan muchas cosas por investigar”. Bárbaro. Después viene otro investigador, toma el problema y sigue. Pero nuestra vida tiene una dificultad metodológica bastante molesta: mientras investigamos, envejecemos. No hay botón de pausa.
Entonces me empecé a preguntar cuántas veces podemos pasar años diciendo “todavía estoy tratando de entender” sin preguntarnos qué está ocurriendo mientras tanto. Porque capaz realmente estamos tratando de entender. No quiero hacer de cualquier demora una defensa psicológica. Hay cosas que llevan tiempo. Hay decisiones complejas, historias que tardamos años en elaborar, situaciones donde genuinamente todavía no tenemos elementos suficientes. Pero también podría pasar otra cosa: que investigar se convierta en una manera extraordinariamente inteligente, sofisticada y hasta prestigiosa de no cerrar nunca una decisión.
Y acá para mí aparece una diferencia importante con el capítulo anterior. Antes preguntábamos qué pasa cuando buscamos infinitamente las determinaciones de algo. Ahora quiero preguntar otra cosa: ¿qué pasa con el tiempo mientras hacemos eso?
Porque el tiempo también produce realidad.
Supongamos que quiero cambiar de trabajo. Hace tres años que lo pienso. Investigué posibilidades, hice cursos, miré el mercado, comparé salarios, hablé con gente, estudié opciones. Todo eso puede ser fantástico. Pero si después de tres años sigo exactamente en el mismo lugar diciendo “todavía estoy viendo”, apareció un dato nuevo que también forma parte de la investigación: pasaron tres años.
Y ese dato no es menor.
En una relación puede pasar lo mismo. Puedo pasar muchísimo tiempo intentando entender qué siento, qué siente el otro, qué significan determinadas cosas, cuáles serían las consecuencias, si aquello tiene sentido, si debería acercarme o no. Y mientras tanto la relación también está teniendo una historia. Incluso si no pasa nada.
Porque no hacer nada también pasa.
Esto me parece importantísimo. Tenemos una especie de ilusión según la cual mientras no decidimos mantenemos las cosas en suspenso, como cuando dejás un documento abierto en la computadora y volvés después. Pero las personas no somos documentos de Word. El otro sigue viviendo. Yo sigo viviendo. Cambian las circunstancias. Aparecen otras personas. Cambian los deseos. Nos pasan cosas. Nos morimos también, eventualmente, aunque espero que no durante este podcast porque sería bastante incómodo cerrar el episodio.
Entonces la ausencia de decisión también va produciendo consecuencias. Y esto en el trabajo es clarísimo. Si llevo cinco años pensando en lanzar un proyecto y nunca lo hago, no estoy conservando intacta una posibilidad para más adelante. El mercado cambió, yo cambié, las herramientas cambiaron, aparecieron competidores, quizás desaparecieron oportunidades y aparecieron otras. Mis cinco años de investigación son también cinco años en los que el proyecto no existió.
Y con las personas pasa exactamente lo mismo. Si llevo cinco años pensando si quiero construir algo con alguien, esos cinco años no quedaron guardados en una cajita esperando mi conclusión. Forman parte de la historia entre nosotros.
Entonces aparece una pregunta que me parece bastante incómoda: ¿qué consecuencias está teniendo hoy mi decisión de todavía no decidir?
Porque a veces decimos: “Todavía no tomé una decisión”. Bueno… capaz sí. Capaz la decisión hasta ahora fue esperar. No necesariamente está mal. Pero llamémosla por su nombre.
Y acá me acordé de Herbert Simon, que además fue un tipo impresionante porque trabajó entre economía, psicología, ciencia política, organizaciones, inteligencia artificial, un señor bastante poco amigo de quedarse encerrado en una sola cajita. Simon recibió el Nobel de Economía por sus investigaciones sobre los procesos de decisión y planteó algo que me parece especialmente útil para esta conversación: nuestra racionalidad es limitada. No porque seamos tontos, sino porque nunca tenemos toda la información, no podemos conocer todas las alternativas ni calcular completamente todas las consecuencias de cada elección. Por eso desarrolló la idea de satisficing: muchas veces no elegimos la alternativa perfecta, porque ni siquiera tenemos acceso a ella, sino una alternativa suficientemente satisfactoria dados nuestros objetivos y la información disponible.
Y me encanta esto porque destruye un poquito una fantasía que venimos persiguiendo hace varios capítulos: la fantasía del conocimiento completo antes de actuar.
¿Cuándo voy a saber todo? Nunca. Qué alivio y qué desgracia al mismo tiempo. Porque si nunca voy a saber todo, entonces en algún momento tengo que establecer un criterio para decir: “Con esto alcanza para el próximo paso”.
Y me pregunto si hacemos eso en nuestra vida personal. Porque en una investigación seria uno define un objeto, un recorte, una metodología. No investiga “la totalidad de la existencia humana desde el paleolítico hasta ayer a las cinco de la tarde”. Bueno, alguno habrá, seguramente. Pero normalmente existe un límite.
¿Tenemos límites cuando nos investigamos a nosotros mismos? ¿Qué estoy tratando exactamente de descubrir? ¿Qué información considero suficiente? ¿Cuándo voy a decir que esta etapa de reflexión terminó? ¿Existe algún criterio o simplemente sigo hasta que mágicamente aparezca una sensación interna de certeza absoluta?
Porque si mi criterio de finalización es “cuando ya no tenga ninguna duda”, probablemente haya comprado una suscripción vitalicia a la investigación.
Y acá hay algo que me interesa particularmente. A veces uno dice “todavía no estoy preparado”. ¿Qué significa preparado? Parece una pregunta pavota, pero probá responderla.
¿Qué tendría que pasar para que estés preparado? ¿Qué tendrías que saber? ¿Qué capacidad tendría que aparecer? ¿Qué problema tendría que resolverse? ¿Cómo reconocerías concretamente el momento en que pasaste de “todavía no” a “ahora sí”? Porque si no puedo definirlo, “todavía no” puede convertirse en una fecha que se corre permanentemente hacia adelante. Es como esas obras públicas que tienen un cartel que dice “finalización prevista: próximamente”. Sí, fenómeno. ¿Próximamente cuándo?
Y esto puede aparecer en cualquier área. “Cuando tenga más confianza voy a mostrar mi trabajo”. ¿Cuánta confianza? “Cuando esté más segura voy a hablar con esa persona”. ¿Cómo se mide esa seguridad? “Cuando termine de entenderme voy a cambiar esto”. ¿Cuál sería exactamente el certificado que acredita que terminaste de entenderte?
Capaz estamos esperando una sensación que solamente aparece después de empezar a hacer algo. Y esto me parece importante porque muchas veces pensamos que la seguridad tiene que venir antes de la experiencia. Primero me siento preparado y después actúo. Pero a veces funciona al revés: hago una experiencia pequeña, descubro que puedo atravesarla y entonces aparece más confianza.
Nadie aprende a hablar en público esperando primero sentirse completamente cómodo hablando en público. Habla. Le tiembla hasta el apellido. Sobrevive. Vuelve. Y un día tiembla un poquito menos.
Entonces quizás parte del problema de convertir la vida en un proyecto de investigación sea que esperamos adquirir mediante el pensamiento una seguridad que solamente podría construirse mediante la experiencia. Y mirá que me gusta pensar. Pero hay cosas que la cabeza no puede fabricar sola.
Ahora, mientras pensaba todo esto, también me fui a otro lugar. Porque no creo que esta forma de postergar aparezca recién cuando somos adultos. Podemos haber aprendido desde muy chicos que estar preparado tiene muchísimo valor. Pensemos no solamente en nuestros padres. Pensemos en la escuela. ¿Qué chico/a éramos? ¿El que levantaba la mano solamente cuando estaba seguro de la respuesta? ¿El que prefería quedarse callado antes que equivocarse delante de todos? ¿Qué pasaba si decíamos una barbaridad y nuestros compañeros se reían? ¿Qué aprendimos cuando llevábamos una tarea que no estaba perfecta? ¿Ser “el inteligente”, “el responsable”, “el que sabe” y eso ¿se volvió una parte importante de nuestra identidad?
Porque si durante muchos años recibí reconocimiento por estar preparado, saber, anticiparme y responder correctamente, puede resultarme bastante difícil entrar en situaciones donde no puedo preparar la respuesta.
Y también están esas primeras experiencias sociales que parecen pavadas pero dejan información. La primera vez que te gustó alguien en la escuela. ¿Lo dijiste? ¿Mandaste a una amiga a averiguar? ¿Lo negaste hasta que la criatura cumplió treinta y ocho años? ¿Te cargaron alguna vez porque se enteraron de quién te gustaba? ¿Alguna vez mostraste algo tuyo y te sentiste expuesto frente al grupo?
Porque también aprendemos con nuestros pares. Aprendemos cuándo mostrar. Cuándo esperar. Cuándo conviene estar seguros antes de exponernos. Capaz mandaste una cartita de amor en quinto grado, la leyó medio curso y decidiste internamente que la próxima declaración afectiva requeriría comité de ética, doble ciego y aprobación de la ANMAT.
Y nos reímos, pero esas experiencias pequeñas también van formando maneras de relacionarnos con el riesgo. Entonces quizá investigar mucho antes de actuar no sea solamente amor por el conocimiento. Puede ser también una forma de proteger una identidad que aprendió: “Antes de exponerme, mejor estar muy seguro.”
Y acá quiero traer a Timothy Pychyl y Fuschia Sirois porque investigaron algo que me parece muy útil para este punto. Ellos trabajan la procrastinación no simplemente como un problema de administración del tiempo o de pereza, sino muchas veces como una forma de regulación emocional a corto plazo. Postergamos una tarea que nos genera una experiencia incómoda y, al postergarla, sentimos un alivio inmediato. El problema es que ese alivio lo paga nuestro “yo futuro”, que después recibe la tarea, las consecuencias y probablemente un poquito más de estrés.
Y esto me hizo pensar: ¿puede la investigación funcionar también como una forma de procrastinación emocional?
Porque ni siquiera tengo que sentir que estoy postergando. Al contrario. Estoy haciendo cosas. Leo. Pienso. Anoto. Busco información. Hablo con gente. Comparo posibilidades. Tengo veintisiete pestañas abiertas. Soy una máquina. ¿Cómo voy a estar procrastinando si estoy trabajando tanto? Bueno… depende.
¿Qué acción supuestamente estaba preparando todo ese trabajo? Porque si llevo seis meses “preparándome para empezar” y todavía no empecé, capaz tengo que revisar qué significa trabajar sobre algo. Puedo pasar diez horas investigando cámaras para empezar a hacer videos y no grabar nunca uno. Puedo hacer cinco cursos sobre emprendimiento y no vender nada. Puedo leer treinta libros sobre vínculos y no tener una conversación. Puedo investigar durante años qué significa una determinada emoción sin permitir que nadie sepa que la siento.
Entonces quizá no toda actividad alrededor de un problema significa que estamos avanzando hacia resolverlo. Hay actividad que también puede ser circular. Y me hago una pregunta que me parece brutalmente sencilla: ¿qué cambió en la realidad desde que empecé a investigar esto? No qué cambió en mi comprensión. Eso también importa. ¿Qué cambió afuera? ¿Hice algo diferente? ¿Probé algo? ¿Tuve una conversación? ¿Mostré el proyecto? ¿Pregunté? ¿Puse un límite? ¿Cambié una conducta? ¿O soy exactamente la misma persona haciendo exactamente lo mismo, pero ahora puedo explicarlo con mucha más bibliografía? Porque esa posibilidad existe. Podemos convertirnos en expertos en nuestros propios problemas. Y ser expertos no significa haberlos transformado.
Esto no es una crítica a la terapia, al análisis, a estudiar, a leer, a pensar. Al contrario. Todo eso puede ser profundamente transformador. El asunto es preguntarnos qué relación hay entre aquello que comprendemos y aquello que hacemos.
Pongamos un ejemplo. Quiero ofrecer un servicio nuevo. Llevo meses investigando. ¿Cómo sé si la investigación todavía está cumpliendo una función real? Podría preguntarme: ¿qué decisión concreta depende de esta información? Si estoy investigando precios porque todavía no sé cuánto cobrar, perfecto. Pero después encuentro un rango razonable. Listo. ¿Qué sigue?
Si mi respuesta es “voy a investigar otros quince competidores”, bueno, ¿por qué? ¿Hay algo que realmente no sé? ¿O mandar el primer presupuesto me da miedo? Porque quizá el objeto aparente de la investigación sea “precios de mercado”, pero el verdadero problema sea “no quiero que alguien evalúe cuánto vale mi trabajo”. Y mirá cómo cambió todo.
En una relación puede ocurrir algo parecido. Capaz digo que estoy intentando entender qué pasa con otra persona. Bien. ¿Qué información podría resolver realmente esa pregunta? Porque quizás exista una fuente bastante directa. La persona. Qué método revolucionario! Podría hablarle.
Ahora, si hablarle implica escuchar una respuesta que no puedo controlar, puedo encontrar muchísimas investigaciones alternativas antes de llegar a esa fuente primaria.Y acá uno podría hacerse otra pregunta: ¿estoy investigando porque todavía no puedo conocer la respuesta o porque existe una manera de conocerla que me da miedo utilizar? Esta también es venenosa. Porque capaz el dato existe. Lo que no quiero es la experiencia necesaria para obtenerlo.
¿Estoy intentando entender durante meses por qué un amigo se comportó de determinada manera o podría decirle “che, esto que pasó me hizo ruido, ¿qué pasó?”. Capaz la conversación no resuelve nada. Capaz sí. Pero por lo menos incorporé realidad.
Podemos investigar eternamente una contradicción intelectual sin permitir que esa contradicción modifique nada de nuestra práctica. Leo, discuto, estudio, descubro cosas que cuestionan lo que pensaba, pero sigo organizando mi vida exactamente igual. Entonces aparece otra pregunta: ¿para qué quiero conocer algo si ninguna conclusión posible tiene permitido transformarme? Porque también podemos investigar con una condición secreta: descubrir, sí, pero siempre que el descubrimiento no cambie demasiado.
Y eso ya es otra cosa.
Hay algo del tiempo que me interesa especialmente en este capítulo. Porque cuando uno posterga una decisión solemos pensar en lo que “todavía no hizo”. Pero también habría que mirar qué estamos haciendo con el tiempo que ocupa esa postergación.
Supongamos que tengo cincuenta años y llevo diez diciendo “algún día quiero dedicarme a esto”. No quiero hacer dramatismo barato con la edad. Pero diez años son diez años.
¿Qué espero que ocurra en los próximos diez que no ocurrió en los anteriores? Esta pregunta puede ser útil para cualquier edad. Si sigo exactamente con este proceso durante seis meses más, ¿dónde voy a estar? ¿Y dentro de tres años? ¿Me parecería bien? ¿Estoy eligiendo ese futuro o simplemente va a ocurrir porque nunca elegí otro?
Y ojo, puede aparecer una respuesta perfectamente válida: “Sí, quiero seguir investigando tres años porque esto es realmente importante para mí y no tengo apuro”. Fantástico.
Entonces ya no estoy postergando inconscientemente. Estoy eligiendo un proceso. La diferencia es enorme. El problema no es tardar. El problema es no saber que estamos eligiendo tardar.
Y quizá por eso uno de los ejercicios que podríamos hacer es ponerle un límite concreto a determinada investigación personal. No una fecha arbitraria para obligarnos a tomar una decisión gigantesca, sino un criterio.
“Durante este mes voy a obtener estos tres datos.” “Después voy a hacer una prueba.” “Voy a tener esta conversación.” “Voy a mandar una propuesta.” “Voy a observar durante dos semanas qué pasa.” Eso convierte la investigación en un proceso que produce experiencia, no solamente pensamiento.
Herbert Simon hablaba justamente de la necesidad de detener la búsqueda cuando encontramos una alternativa que cumple suficientemente con ciertos criterios, porque buscar indefinidamente también tiene costos. Nuestra capacidad de información, tiempo y cálculo es limitada. Y esto, llevado a la vida cotidiana, me parece casi liberador: no necesito encontrar la decisión perfecta, necesito definir qué sería una decisión suficientemente buena con lo que sé hoy. Esto es muy distinto de conformarse. No es “bueno, cualquier cosa”. Es establecer criterios reales.
Por ejemplo, si quiero cambiar de trabajo, ¿qué condiciones mínimas tendría que cumplir una alternativa para que yo la considere? Si quiero empezar un vínculo, ¿qué condiciones considero importantes para explorar esa relación? Si quiero cambiar una idea que sostuve durante años, ¿qué evidencia me resultaría suficiente para admitir que tengo que revisarla? Porque si no definimos ningún criterio, podemos mover permanentemente el arco. Cuando aparece la evidencia que pedíamos, pedimos otra. Cuando conseguimos la seguridad que queríamos, aparece otra condición. Y nunca llegamos.
Entonces me parece que podemos preguntarnos cosas bastante concretas: ¿cuál era mi pregunta original cuando empecé esta investigación? ¿Sigue siendo la misma o se fue transformando para mantener el proceso abierto? ¿Qué respuestas ya tengo? ¿Qué datos realmente me faltan? ¿Puedo obtenerlos? ¿Hay alguna experiencia que estoy evitando porque podría darme una respuesta demasiado definitiva? ¿Qué costo está teniendo seguir esperando? ¿Quién soy mientras espero?
Esta última me gusta mucho. ¿Quién estoy siendo mientras espero? Porque no somos solamente la persona que algún día va a tomar una decisión. También somos la persona que durante todos estos años no la tomó. Y eso también construye identidad. Si paso veinte años diciendo “algún día voy a escribir”, una parte de mi identidad puede convertirse en “soy alguien que quiere escribir”. Y empezar a escribir pone en riesgo esa identidad. Porque ahora ya no puedo imaginar que sería una escritora espectacular. Tengo que enfrentarme a una página bastante mediocre a las nueve de la mañana. Terrible. La fantasía siempre tiene mejor edición.
Y con los vínculos pasa igual. Mientras una relación permanece en el terreno de lo posible, puede ser perfecta. La relación imaginaria no deja la tapa del inodoro levantada, no llega tarde, no tiene mal humor y jamás contesta “ok”. La relación real sí.
La vida posible tiene una ventaja enorme: todavía no fracasó. Pero tampoco ocurrió.
Entonces capaz hay algo seductor en mantener ciertas cosas como proyecto. “Algún día”. “Más adelante”. “Cuando esté preparado”. Porque mientras están ahí conservan toda su potencialidad. El día que entran en la realidad se vuelven concretas. Y lo concreto siempre pierde algunas posibilidades. Si elijo una cosa, dejo otras. Si empiezo un trabajo real, deja de ser el trabajo perfecto de mi imaginación. Si conozco realmente a alguien, esa persona deja de ser todas las personas que podría haber sido. Si termino de escribir un libro, deja de contener todos los libros posibles. Eso también puede explicar por qué cuesta tanto cerrar. No solamente por miedo a equivocarnos. También porque cerrar una posibilidad significa aceptar un límite.
Y capaz esta dificultad también tiene historias más viejas. ¿Qué aprendimos sobre terminar cosas? ¿Éramos chicos que entregaban el examen rápidamente o revisábamos hasta que la maestra prácticamente nos arrancaba la hoja? ¿Podíamos mostrar un dibujo sin seguir corrigiéndolo? ¿Qué pasaba cuando hacíamos algo y un compañero lo criticaba? ¿Cuánto dependía nuestro reconocimiento de ser “los que hacían todo bien”? ¿Aprendimos que el resultado importaba más que el proceso? ¿Nos permitíamos probar actividades y abandonarlas si no nos gustaban o había que terminarlas sí o sí para no ser “inconstantes”?
Y también, al revés: ¿qué pasaba cuando empezábamos algo nuevo sin saber? ¿Era divertido? ¿O daba vergüenza no ser buenos enseguida? Porque si aprendí que mi valor está muy ligado a saber, puede resultar bastante duro entrar a una experiencia donde voy a ser principiante. Entonces sigo estudiando. Mientras estudio todavía puedo sentir que sé. El día que hago, la realidad puede demostrarme todo lo que no sé. Y eso pica.
En el amor también podemos ser principiantes con cincuenta años. Porque cada persona es nueva. No importa cuántas relaciones hayamos tenido. No existe un doctorado que nos permita saber de antemano cómo se construye un vínculo con esa persona. Y eso quizá dé un vértigo enorme a alguien acostumbrado a dominar intelectualmente aquello que hace.
No hay manual. Hay que ir viendo. Qué falta de seriedad, realmente. Pero así funciona.
Entonces, ¿qué hacemos con todo esto? No creo que la solución sea dejar de investigar. Sería ridículo que después de diez capítulos de preguntas yo dijera “bueno, basta de pensar”. La propuesta sería hacer que la investigación tenga movimiento.
Que cada etapa de comprensión abra alguna experiencia nueva. Si descubro algo sobre mí, ¿qué pequeña cosa podría hacer para poner ese descubrimiento en juego? Si tengo una hipótesis sobre un vínculo, ¿hay alguna conversación o conducta que pueda aportar realidad? Si tengo una idea laboral, ¿qué prueba pequeña podría hacer? Si cuestiono una creencia, ¿qué experiencia permitiría ver qué pasa si vivo un poquito distinto?
No hay varita mágica. Pero podemos dejar de exigirle a la cabeza que haga el trabajo completo. Y también podríamos incorporar algo que me parece fundamental: preguntarnos cuál es el costo de seguir investigando. Porque investigar tiene beneficios, pero también consume tiempo. Y el tiempo es uno de los pocos recursos que no podemos recuperar.
¿Esta investigación me está dando algo nuevo? ¿O me está dando permiso para no entrar todavía? ¿Estoy esperando porque realmente falta algo? ¿O porque todavía me tranquiliza más el problema abierto que una respuesta concreta? ¿Prefiero una posibilidad infinita a una realidad imperfecta? ¿Hay algo que temo perder si finalmente decido? ¿Mi imagen de mí? ¿Una fantasía? ¿Una alternativa? ¿La posibilidad de seguir diciendo “algún día”?
Y hay una pregunta que para mí resume bastante este episodio: si dentro de cinco años sigo exactamente investigando esto, ¿voy a sentir que utilicé esos cinco años para comprender algo importante o voy a lamentar no haber probado?
No sé cuál es la respuesta. Justamente. Cada uno tendrá la suya. Capaz en algún caso la respuesta sea: “Sí, quiero tomarme esos cinco años”. Bueno. Eso también es elegir. Pero que no sea por default. Porque creo que hay una diferencia enorme entre decir “decidí esperar” y descubrir cinco años después que esperé porque nunca decidí nada.
Quizá uno de los criterios más importantes para saber si seguimos investigando de verdad es mirar si aquello que descubrimos produce algún movimiento en nuestra manera de vivir.
No tiene que ser enorme. No hay que renunciar mañana, casarse el jueves y mudarse a Nepal el viernes porque escuchaste un podcast. Un movimiento. Una conversación. Una prueba. Una pequeña decisión. Algo que permita que la realidad también participe de nuestra investigación.
Porque hay un momento en el que la pregunta “¿qué más me falta entender?” quizá tenga que compartir la mesa con otra:
“¿Qué estoy dejando de vivir mientras intento entenderlo?”
Y esa pregunta, por lo menos a mí, me parece bastante difícil de esquivar.
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Herbert Simon: trabajo sobre los procesos reales de decisión y los límites de la racionalidad. Herbert Simon, Nobel Prize
Sirois y Pychyl (2013): Procrastination and the Priority of Short-Term Mood Regulation. Artículo de Sirois y Pychyl, Wiley
