Hay algo que me parece profundamente humano y que, sin embargo, vivimos tratando como si fuera una falla del sistema: la ambivalencia. Querer algo y al mismo tiempo no quererlo. Tener ganas de acercarnos y también ganas de salir corriendo. Desear un cambio y sentir una enorme tranquilidad cuando todo sigue exactamente igual. Amar nuestra libertad y, al mismo tiempo, querer compartir la vida con alguien. Querer dejar un trabajo que nos tiene podridos y sentir pánico cuando aparece una oportunidad concreta de irnos. Y siempre pensamos que el problema es que todavía no logramos descubrir qué queremos de verdad. Entonces esperamos. Analizamos. Le damos otra vuelta. Porque suponemos que, si pensamos lo suficiente, en algún momento una de las dos voces va a desaparecer y finalmente vamos a poder decir: “Listo, ahora sí sé lo que quiero”. ¿Y si no funciona así?
Porque capaz las dos voces dicen la verdad.
Esto me parece fundamental. A veces pensamos que si quiero dos cosas contradictorias necesariamente una es auténtica y la otra es una defensa, una mentira, una apariencia o vaya uno a saber qué infiltrado psicológico tenemos adentro. Pero puedo querer sinceramente una relación y querer sinceramente conservar mi independencia. Puedo querer profundamente cambiar de trabajo y querer profundamente conservar la estabilidad que tengo. Puedo estar convencida de una idea y, al mismo tiempo, empezar a sentir que hay algo de esa idea que ya no me cierra. No necesariamente hay un verdadero yo escondido en algún sótano esperando que descubramos cuál de las dos opciones era la correcta.
En psicología social se estudia justamente la ambivalencia como la coexistencia de evaluaciones positivas y negativas respecto de una misma persona, situación, objeto o decisión. Frenk van Harreveld y sus colegas estudiaron algo especialmente interesante: la ambivalencia puede resultar bastante más incómoda cuando llega el momento de tomar posición, porque ahí ya no alcanza con convivir tranquilamente con los dos lados. Hay que hacer algo. Y esto me encanta porque explica algo que hacemos muchísimo: mientras la decisión es teórica, puedo convivir perfectamente con mis contradicciones. El problema aparece cuando alguien pregunta: “Bueno, entonces, ¿qué hacemos?”.
Ahí se pudrió todo.
Porque mientras pienso “quiero cambiar de trabajo pero me gusta la estabilidad”, puedo sostener las dos ideas. Ahora aparece una oferta concreta y tengo que contestar el viernes. De repente la contradicción dejó de ser filosófica y tiene fecha de vencimiento. En una relación pasa exactamente lo mismo. Puedo pasar meses diciendo “quiero estar cerca pero también quiero proteger mi espacio”. Todo fantástico hasta que la otra persona pregunta: “¿Querés que construyamos algo o no?”. Qué costumbre horrible tiene la realidad de pedir precisiones.
Y acá aparece algo que ya había pensado Kurt Lewin cuando trabajaba los conflictos motivacionales. Lewin describió situaciones de aproximación y evitación, donde el mismo objetivo tiene aspectos que nos atraen y aspectos que nos generan rechazo o miedo. No es que haya dos objetos diferentes. Es el mismo. Quiero acercarme porque encuentro algo valioso y quiero alejarme porque ese mismo acercamiento tiene un costo, un riesgo o una consecuencia que me asusta. Esa tensión puede aumentar justamente a medida que nos acercamos a aquello que queremos. Y esto, llevado a la vida cotidiana, explica escenas que a veces parecen incomprensibles: mientras algo está lejos lo deseo muchísimo y, cuando finalmente está a mi alcance, empiezo a encontrar cincuenta razones para no hacerlo.
Pensá en un cambio laboral. Durante años digo: “Quiero trabajar por mi cuenta, manejar mis horarios, elegir mis proyectos”. Un día aparece la posibilidad real. Tengo clientes, puedo empezar, tengo cierta estructura. Y de pronto pienso: “Bueno, pero el sueldo fijo, la obra social, las vacaciones, ¿y si un mes no entra plata?, ¿y si me arrepiento?”. ¿Entonces no quería emprender? Sí, probablemente sí. Pero también quería seguridad. Las dos cosas estaban ahí. Lo que cambió es que antes podía fantasear con la libertad sin pagar ninguno de sus costos. Ahora la libertad vino con factura.
Con el amor pasa algo parecido. Puedo querer profundamente encontrar a alguien con quien compartir, sentir intimidad, conocer y ser conocida. Pero cuando aparece alguien que realmente tiene capacidad de entrar en mi vida, aparecen también otras cosas: voy a tener que ceder ciertos espacios, negociar, mostrarme, aceptar que el otro tiene voluntad propia, permitir que me afecte. Entonces puedo querer el vínculo y querer protegerme del vínculo al mismo tiempo. No porque esté loca, sino porque cada opción contiene ganancias y pérdidas.
Y con las amistades también. Quiero decirle a una amiga que algo que hizo me dolió porque me importa la relación y quiero que podamos hablarlo. Pero también quiero evitar una discusión. Quiero sinceridad y quiero conservar la armonía. ¿Cuál de las dos cosas quiero realmente? Las dos. El asunto es que tal vez no pueda conservarlas exactamente de la misma manera.
Y ahí creo que aparece uno de los grandes problemas de la ambivalencia: esperamos que elegir signifique dejar de sentir el conflicto. Capaz no. Capaz elegir significa hacer algo mientras el conflicto todavía existe.
Eso cambia muchísimo.
Porque entonces ya no tengo que esperar a sentir “cero dudas”. Puedo decir: “Quiero hacer esto y hay una parte de mí que no quiere”. Y después preguntarme algo diferente: ¿a cuál de esas dos partes voy a darle dirección en este momento?
No cuál es verdadera. Cuál va a orientar mi acción. Esta diferencia me parece enorme. Y acá, mientras pensaba esto, me fui un poco para atrás y empecé a preguntarme qué aprendemos de chicos acerca de estar divididos. Porque los chicos también son ambivalentes. Quieren crecer y quieren que los cuiden. Quieren irse a dormir a lo de un amigo y cuando llega la noche quieren volver a casa. Quieren ir al primer día de clases y cuando están en la puerta se agarran de la madre como koala. Quieren tener novia a los doce y si alguien descubre quién les gusta quieren mudarse de continente.
¿Qué hacen los adultos frente a esas contradicciones? ¿Nos permiten decir “quiero ir pero también tengo miedo”? ¿O enseguida tenemos que elegir una emoción?
“Pero vos querías venir.”
Sí.
Y ahora quiero irme.
Las dos cosas pueden ser verdad.
¿Aprendimos que cambiar de opinión era válido o que era ser incoherentes? ¿Nos dejaban probar algo y después decir “no me gusta”? ¿Qué pasaba cuando decíamos que queríamos una cosa y cinco minutos después queríamos otra? ¿Nos ayudaban a ponerle palabras a esa contradicción o rápidamente aparecía “decidite de una vez”?
Y en la escuela también aprendemos cosas. ¿Qué pasa cuando una persona es identificada como “la responsable”, “el inteligente”, “la tranquila”, “el rebelde”? Capaz empieza a sentir cosas que contradicen ese personaje y no sabe muy bien dónde ponerlas. Si soy el responsable, ¿puedo tener ganas de mandar todo al demonio? Si soy el independiente, ¿puedo querer que alguien me cuide? Si soy el racional, ¿puedo sentir algo que no me resulta razonable?
Quizá una parte de la ambivalencia se vuelve especialmente difícil cuando uno de los dos lados contradice la identidad que construimos sobre nosotros mismos. Y esto también pasa con nuestras ideas. Puedo haber defendido durante veinte años una determinada concepción del mundo y encontrar algo que me obliga a revisarla. Una parte mía siente curiosidad. “Qué interesante, quizá haya algo acá que no había visto”. Otra piensa: “Pará, si acepto esto, ¿qué pasa con todo lo que pensé antes?”. Entonces puedo querer conocer y querer no conocer demasiado. Querer transformar una idea y querer conservarla intacta.
Y me parece que esto es muy importante porque solemos atribuir la ambivalencia solamente a la inseguridad. Pero a veces es exactamente lo contrario: es la capacidad de ver que una situación tiene más de una dimensión.
Naomi Rothman y otros investigadores estudiaron la ambivalencia en organizaciones y encontraron justamente que no siempre produce consecuencias negativas. En determinadas condiciones puede relacionarse con mayor flexibilidad, adaptación e incluso creatividad, porque permite mantener simultáneamente perspectivas diferentes en lugar de cerrar demasiado rápido una interpretación. Entonces ser ambivalente no necesariamente significa “no sé nada”. Capaz significa que veo razones reales a favor y razones reales en contra.
El problema aparece cuando esa complejidad nos deja inmóviles. Porque podemos volvernos expertos en argumentar las dos posiciones. Si me preguntás por qué debería cambiar de trabajo, te doy veinte razones. Si me preguntás por qué debería quedarme, te doy otras veinte. Si me preguntás por qué tendría que acercarme a alguien, preparo una conferencia. Si me preguntás por qué sería mejor alejarme, también.
Y uno termina pensando: “Bueno, cuando termine de resolver la contradicción decido”. ¿Qué pasa si la contradicción no se resuelve antes de decidir? ¿Qué pasa si la decisión es justamente una manera de atravesarla?
Supongamos que quiero empezar un proyecto propio. Una parte dice: “Esto me entusiasma, quiero probar”. Otra dice: “Tengo miedo de perder estabilidad”. No necesariamente tengo que matar a la segunda voz. Podría decir: “Bien, te escuché. ¿Qué información me estás dando?”. Quizá me está diciendo que necesito construir un colchón económico antes de renunciar. Perfecto. Entonces el miedo no decidió por mí, pero tampoco lo ignoré.
En una relación podría pasar lo mismo. “Quiero acercarme y tengo miedo de quedar vulnerable”. Bueno, ¿qué me informa ese miedo? Quizá que quiero ir despacio. Quizá que necesito observar reciprocidad. Quizá que hay determinadas condiciones que para mí son importantes. Perfecto. Ahora, ¿ese miedo me está ayudando a cuidar cómo me acerco o se convirtió en una orden que dice “no te acerques nunca”?
Ahí aparece una pregunta que me parece buenísima: ¿qué función cumple cada una de mis dos voces?
No “¿cuál tengo que eliminar?”. ¿Qué protege una? ¿Qué busca la otra? ¿Qué valora cada una? ¿Qué teme perder? Porque capaz la contradicción no es “una parte sana y una parte enferma”. Puede ser una discusión entre dos valores legítimos.
Quiero intimidad y autonomía. Quiero estabilidad y crecimiento. Quiero pertenecer y conservar mi individualidad. Quiero coherencia y apertura a cambiar de ideas. Quiero cuidar un vínculo y también cuidar mis límites.
La cuestión es que a veces esos valores no pueden maximizarse todos al mismo tiempo. Y ahí aparece una palabra bastante antipática: renuncia. Elegir algo implica que alguna posibilidad queda afuera, por lo menos por ahora. Y creo que muchas veces no es la decisión lo que nos paraliza, sino la renuncia asociada a la decisión. Mientras no elijo, mantengo todas las posibilidades vivas. Puedo imaginar que voy a cambiar de trabajo y conservar la seguridad del trabajo actual. Puedo imaginar la relación y conservar intacta mi vida de soltero. Puedo imaginar una transformación profunda de mis ideas sin abandonar ninguna de las anteriores.
Pero cuando hago algo, alguna posibilidad empieza a cerrarse. Entonces podríamos preguntarnos: ¿estoy esperando estar seguro o estoy evitando aceptar aquello a lo que voy a tener que renunciar si elijo? Porque capaz ya sé bastante bien qué quiero. Lo que no quiero es perder lo otro. Eso me parece muy diferente.
Y acá puede servir un ejercicio que no intenta resolver mágicamente nada. Imaginemos las dos posiciones sin tratar de convencer a ninguna. Supongamos: “Quiero irme de este trabajo / quiero quedarme”. En vez de hacer solamente la típica lista de pros y contras, que está buenísima pero a veces terminamos con una planilla Excel que necesita terapia propia, podemos preguntarle algo a cada lado: ¿qué querés proteger? ¿Qué temés? ¿Qué valor hay detrás de vos? ¿Qué pasaría si no te escuchara nunca? ¿Qué parte de la otra posición te resulta intolerable?
Después hacemos lo mismo con la otra. Quizá la parte que quiere quedarse no sea cobarde. Capaz está protegiendo estabilidad, vínculos, historia, reconocimiento. Y la que quiere irse no es irresponsable. Quizá está protegiendo crecimiento, libertad, curiosidad.
Ahora tengo información bastante más rica. La pregunta siguiente ya no es “¿cuál de las dos es correcta?”.
Puede ser: “¿Qué valor quiero priorizar en esta etapa de mi vida y qué costo estoy dispuesta a asumir por priorizarlo?”
Porque toda decisión tiene costos. Incluso no decidir.
Esto conecta muchísimo con lo que veníamos hablando del tiempo. Si llevo cinco años diciendo “quiero irme pero quiero quedarme”, esos cinco años fueron una elección práctica a favor de quedarme, aunque internamente haya estado completamente dividida.
Y esto en los vínculos es brutal. Alguien puede pasar años diciendo “quiero acercarme pero tengo miedo”. Bueno, comprendo perfectamente las dos partes. Pero mientras tanto, en la realidad, ¿qué conducta predominó? ¿Me acerqué o no? Porque nuestra vida también se va construyendo con aquello que hacemos mientras todavía no resolvimos lo que sentimos.
Entonces hay una pregunta que me parece especialmente importante: si no decido conscientemente, ¿cuál de mis dos posiciones está decidiendo de hecho por mí?
Capaz digo que estoy dividido entre seguridad y cambio, pero llevo diez años eligiendo seguridad. Capaz digo que estoy entre cercanía y distancia, pero siempre que aparece cercanía retrocedo. Capaz digo que estoy abierto a cuestionar una idea, pero cada vez que aparece algo que la contradice encuentro inmediatamente una manera de descartarlo.
Entonces no es que no haya decisión. Hay una conducta repetida. Y esa conducta también dice algo.
Ahora, tampoco quiero convertir esto en “si dudás, actuá ya”. No. La ambivalencia puede estar avisándonos que hay algo que merece reflexión. A veces todavía no tenemos información suficiente. A veces hay riesgos reales. A veces necesitamos tiempo. La pregunta no es cómo dejar de dudar. Es cómo distinguir una duda que está elaborando algo, de una duda que se convirtió en residencia permanente.
Podría preguntarme: ¿apareció información nueva durante los últimos meses o sigo pensando exactamente lo mismo? ¿Mis dos posiciones cambiaron con lo que fui viviendo o están congeladas? ¿Hay una conversación que podría aportar realidad? ¿Hay una prueba pequeña que podría hacer? ¿Puedo acercarme un paso sin decidir toda mi vida? ¿Puedo experimentar una alternativa sin convertirla inmediatamente en definitiva?
Esta última me parece especialmente útil porque a veces la ambivalencia crece cuando creemos que toda decisión es absoluta.
Quiero conocer a alguien. Bueno, conozcámoslo. No estoy firmando un contrato matrimonial por setenta años. Quiero explorar otra forma de trabajo. Bueno, puedo probar un proyecto, reducir horas, hacer una experiencia piloto. No tengo que dinamitar la oficina e irme caminando hacia el horizonte.
Quiero revisar una idea. Perfecto. Puedo permitirme pensar algo diferente sin incendiar inmediatamente mi biblioteca.
A veces podemos tomar decisiones experimentales. Movimientos que producen información. Eso baja bastante la exigencia de tener que solucionar la contradicción completa antes de empezar. Y hay otra pregunta que me resulta especialmente interesante: ¿qué pasaría si aceptara que probablemente voy a seguir sintiendo algo de la opción que no elija?
Porque elegimos un camino y después aparece nostalgia por el otro. Es normal. Puedo cambiar de trabajo y extrañar cosas del anterior. Puedo entrar en una relación maravillosa y extrañar determinados aspectos de estar sola. Puedo terminar una relación que ya no quería y, aun así, llorarla. Puedo cambiar de pensamiento y seguir sintiendo afecto por autores, personas o espacios que fueron importantes para mí.
Eso no demuestra que decidí mal. Demuestra que las decisiones humanas no vienen con borrador automático de todo lo anterior. Y esto me parece precioso porque a mí me sacó de esa fantasía de coherencia absoluta. No tengo que convertirme en una persona que solamente siente una cosa cada vez.
Puedo decir: “Elegí esto y una parte de mí todavía extraña aquello.” No pasa nada. La contradicción puede seguir viviendo adentro sin dirigir el volante. Capaz el problema no es tener dos voces, sino creer que tenemos que esperar a que una se muera para empezar a vivir. Tal vez madurar no consista en volvernos completamente coherentes. Capaz consiste en aprender a escuchar nuestras contradicciones sin entregarles indefinidamente la decisión.
Entonces, cuando aparezca ese “quiero pero…”, podríamos empezar a preguntarnos: ¿qué quiere cada parte de mí? ¿Qué intenta proteger? ¿Qué perdería con cada opción? ¿Qué valor hay detrás de cada lado? ¿Cuál de las dos posiciones viene decidiendo de hecho mientras yo digo que todavía estoy pensando? ¿Estoy esperando más información o esperando dejar de sentir contradicción? ¿Qué pequeño movimiento podría hacer sin exigir resolver toda mi vida? ¿Y qué estoy dispuesto a perder para poder elegir algo de verdad?
Porque quizás nunca llegue ese momento fantástico en el que una voz diga “ganaste, me retiro, hacé lo que quieras”. Capaz siguen hablando las dos. Y en algún momento somos nosotros quienes tenemos que decir:
“Las escuché. Entiendo a las dos. Y aun así voy a elegir.” Eso no elimina la ambivalencia. Pero evita que la ambivalencia elija por nosotros.
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Van Harreveld et al. (2009): Ambivalence and decisional conflict as a cause of psychological discomfort. Artículo, ScienceDirect
Kurt Lewin: A Dynamic Theory of Personality. Fuente de Lewin
Naomi Rothman: investigación sobre ambivalencia, flexibilidad cognitiva, creatividad y toma de decisiones. Investigación de Rothman, Lehigh University
