Hay una conducta que se desprende bastante de la ambivalencia que veníamos hablando y que me parece particularmente interesante porque, vista desde afuera, puede resultar bastante desconcertante. Es ese movimiento en el que una persona se acerca, disfruta de la cercanía, empieza a sentirse cómoda, aparece algo más íntimo, más profundo, más importante y, justo cuando uno pensaría que va a acercarse todavía más, ocurre lo contrario: retrocede. Toma distancia. Se guarda. Baja la intensidad. Después pasa un tiempo, la distancia empieza a pesar, aparece el deseo de volver a estar cerca y se acerca otra vez. Y entonces uno dice: pará, ¿qué estamos haciendo? ¿Nos estamos vinculando o estamos ensayando una coreografía?
Porque desde afuera parece incoherente. Si querés estar cerca, acercate. Si no querés, alejate. Facilísimo. Gracias por participar, solucionamos los vínculos humanos en siete segundos. Pero ya vimos en el capítulo anterior que podemos querer dos cosas aparentemente contradictorias al mismo tiempo. Entonces capaz este movimiento no sea tan incoherente como parece. Puedo desear profundamente la cercanía y, al mismo tiempo, experimentar esa misma cercanía como una amenaza a algo que quiero proteger.
Y ahí la distancia cumple una función. Esto me parece importante: no siempre nos alejamos porque dejamos de querer estar. A veces nos alejamos porque estar empezó a movilizar demasiado. La distancia puede bajar la intensidad. Me permite volver a un terreno conocido, recuperar cierta sensación de autonomía, ordenar lo que siento, volver a pensar sin tener al otro tan cerca. Y una vez que recupero esa tranquilidad, vuelve a aparecer aquello que me hizo acercarme originalmente. Entonces me acerco otra vez. Y ahí empieza el círculo.
Kim Bartholomew y Leonard Horowitz desarrollaron un modelo muy conocido de apego adulto en el que describieron cuatro patrones generales a partir de cómo una persona se representa a sí misma y a los demás. Uno de ellos, que denominaron temeroso o fearful, resulta especialmente interesante para pensar esta contradicción porque combina el deseo de vínculos cercanos con una dificultad para confiar plenamente o exponerse a ellos. Esto no significa que podamos mirar a alguien desde afuera y decir “listo, éste tiene tal estilo de apego”. No estamos haciendo diagnósticos de sobremesa. Pero el modelo sirve para entender que querer intimidad y protegerse de la intimidad pueden coexistir en una misma persona.
Y además hay algo que me parece buenísimo de los trabajos de Mario Mikulincer y Phillip Shaver sobre apego y regulación emocional. Ellos describen estrategias que algunas personas utilizan para disminuir la activación del sistema de apego cuando la cercanía se vuelve difícil de manejar. Entre ellas aparecen la inhibición de la búsqueda de apoyo, el aumento de la distancia emocional y una fuerte búsqueda de autosuficiencia. Dicho en castellano cotidiano: algo me importa mucho, eso me mueve demasiado, entonces bajo el volumen alejándome.
Y acá me apareció una pregunta que me parece central: ¿qué es exactamente lo que se calma cuando tomo distancia? Porque eso puede contarnos muchísimo.
¿Se calma el miedo a que el otro me rechace? ¿Se calma la sensación de estar demasiado expuesto? ¿Recupero una sensación de control? ¿Dejo de estar tan pendiente de lo que hace el otro? ¿Siento que vuelvo a ser yo? ¿Me tranquiliza comprobar que todavía puedo funcionar perfectamente sin esa persona? ¿Qué cambia adentro mío cuando recupero espacio?
Porque si cada vez que una relación adquiere profundidad siento una especie de pérdida de libertad, capaz la distancia no está diciendo “no quiero a esta persona”. Puede estar diciendo “necesito recuperar una parte de mí que siento amenazada cuando alguien entra demasiado”.
Y acá uso “necesito” en un sentido funcional, no en el de necesidad carencial que hablamos en el primer capítulo. Si esa palabra les hace ruido, vuelvan al capítulo uno porque no pienso explicar el diccionario entero en cada episodio o para el capítulo veinte vamos a necesitar una segunda temporada.
Ahora, ¿de dónde puede venir ese movimiento? Puede haber historias muy distintas.
Y no siempre tenemos que ir a la escena clásica de mamá y papá sentados en el sillón. También aprendemos a relacionarnos con nuestros hermanos, con nuestros compañeros de escuela, con los primeros amigos, con las primeras personas que nos gustaron. Pensemos, por ejemplo, en alguien que de chico mostró mucho entusiasmo por una amistad y después fue dejado de lado por el grupo. O que contó un secreto y terminó circulando por todo el curso. O que confesó quién le gustaba y al día siguiente media escuela lo sabía. Capaz tenía once años. Para un adulto puede parecer una pavada. Para un chico de once años puede ser una exposición gigantesca.
Entonces puede aprender algo bastante concreto: mostrar demasiado tiene consecuencias.
La próxima vez no va a dejar de sentir. Va a administrar mejor cuánto muestra. Y ahí me pregunto: ¿qué aprendíamos nosotros cuando nos acercábamos a otros chicos? ¿Podíamos decir “quiero jugar con ustedes” aunque existiera la posibilidad de que nos dijeran que no? ¿Éramos los que nos acercábamos o esperábamos que vinieran? ¿Qué hacíamos cuando alguien que nos gustaba mostraba interés? ¿Nos entusiasmábamos o de pronto perdía parte de su atractivo cuando dejaba de ser inalcanzable? ¿Nos resultaba más cómodo desear a alguien desde lejos que tenerlo realmente cerca?
Esta última me parece buenísima. Porque a veces hay deseos que funcionan perfectamente mientras son imposibles. Qué comodidad.
El otro está lejos, no está disponible, no sabe lo que siento, existe una barrera objetiva. Entonces yo puedo sentir todo tranquilamente porque no hay demasiado que hacer.
Ahora sacame la barrera. Poneme al otro enfrente. Que me diga: “Bueno, yo también”.
Uy.
Pará.
No era tan rápido.
Porque ahora dejamos el territorio de la fantasía y entramos en el de la reciprocidad. Y la reciprocidad puede dar bastante más miedo que el deseo unilateral. Porque cuando el otro responde, aparece una relación posible. Y una relación posible tiene consecuencias concretas: voy a ser visto, voy a tener que responder, el otro va a conocer cosas mías, probablemente se generen expectativas, vamos a tener que negociar tiempos, espacios, diferencias.
Entonces puede ocurrir algo muy loco: mientras más posible se vuelve aquello que quería, más fuerte aparece mi impulso de protegerme de ello.
Pensemos en alguien que desea crecer profesionalmente. Quiere participar más, tener un cargo de responsabilidad, liderar un proyecto. Durante mucho tiempo se queja porque no le dan esa oportunidad. Finalmente llega. Le dicen: “Queremos que conduzcas esto”. Y entonces aparece un movimiento inesperado. Empieza a encontrar razones por las que tal vez no sea el mejor momento, descubre cincuenta problemas que antes no veía, se siente incómodo con la exposición, quiere volver a ocuparse solamente de su trabajo individual.
¿Entonces nunca quería crecer? No necesariamente. Capaz quería el crecimiento, pero cuando llegó apareció también algo que venía incluido en el paquete: ser visto, evaluado, depender de otros, tomar decisiones que afectan a personas, equivocarse públicamente.
Quería una parte. La otra apareció cuando se acercó. Y eso es exactamente lo que ocurre muchas veces con el acercamiento-distancia. Desde lejos veo principalmente lo atractivo. A medida que me acerco también aparecen los costos emocionales.
Con una pareja: quería intimidad, ahora descubro que intimidad implica vulnerabilidad. Con un trabajo: quería reconocimiento, ahora descubro que reconocimiento implica exposición.Con una amistad: quería sentirme importante para alguien, ahora descubro que esa importancia también hace que su ausencia pueda dolerme. Con una idea: quería cuestionar todo, ahora descubro una idea que cuestiona una estructura mía que preferiría no tocar.
Entonces retrocedo.
Y quizás el problema no esté en el retroceso en sí. Todos necesitamos regular distancias. En una relación sana también hay momentos de acercamiento y momentos de espacio personal. Nadie tiene que estar emocionalmente pegado a otra persona veinticuatro horas por día. Eso no es intimidad, es secuestro.
La cuestión está en si existe un patrón repetitivo. Cada vez que algo se vuelve profundo, desaparezco. Cada vez que una persona empieza a conocerme demasiado, encuentro algún motivo para bajar el vínculo. Cada vez que un proyecto empieza a tener visibilidad, pierdo entusiasmo. Cada vez que alguien me demuestra afecto de manera clara, empiezo a dudar de lo que siento. Cada vez que una idea amenaza verdaderamente con modificarme, vuelvo rápidamente a una posición conocida.
Entonces sí vale la pena preguntarse qué está ocurriendo. Y hay algo que me interesa especialmente: la distancia suele funcionar. Por eso repetimos el mecanismo.
Supongamos que estoy muy movilizada por alguien. Pienso demasiado, siento demasiado, estoy pendiente, me siento vulnerable. Entonces tomo distancia. No escribo. Me ocupo de otras cosas. Vuelvo a mis rutinas. Poco a poco baja la intensidad.
Qué alivio.
Mi cerebro registra: “Excelente. Alejarnos funcionó”. El problema es que después de un tiempo aparece otra cosa.
Lo extraño. Extraño hablar. Extraño lo que sentía. Empiezo a recordar principalmente lo lindo. Entonces vuelve el deseo de acercarme. Y me acerco. Hasta que la cercanía vuelve a activar aquello que la distancia había apagado.
Y otra vez. Por eso es circular. No es necesariamente que la persona cambia de opinión cada quince minutos. Puede estar usando la distancia para regular lo que la cercanía despierta.
Ahora bien, acá aparece una pregunta que para mí es fundamental: ¿qué tendría que pasar para poder permanecer cerca sin sentir que tengo que desaparecer para volver a estar bien?
No “¿cómo hago para no alejarme nunca?”. Eso sería otra rigidez. ¿Qué me permitiría quedarme un poquito más? Capaz necesito aprender a decir “esto me está movilizando” en vez de desaparecer. Capaz necesito conservar espacios propios dentro de un vínculo para no sentir que acercarme significa perder autonomía. Capaz tengo que comprobar que puedo ser visto sin que eso me destruya. Capaz tengo que aprender que no toda intimidad implica invasión. Capaz tengo que distinguir una señal real de peligro de la incomodidad de estar vulnerable.
Son cosas distintas.
Y esta diferencia es enorme porque a veces el cuerpo dice “peligro” frente a algo que en realidad es simplemente nuevo. Pensemos en alguien acostumbrado durante décadas a resolver todo solo. Un día empieza a trabajar en un equipo donde verdaderamente tiene que confiar en otros. Le incomoda. ¿Eso significa que el equipo es malo? No necesariamente.
Puede significar que colaborar activa una sensación que no está acostumbrado a manejar. Lo mismo con una amistad. Estoy acostumbrado a escuchar a todos y no contar nada mío. Un día un amigo me pregunta en serio cómo estoy y no acepta el “todo bien”. Me incomoda muchísimo. ¿El amigo invadió? Capaz sí. O capaz hizo una pregunta bastante normal y soy yo el que siente como invasión que alguien atraviese una pared que llevo veinte años construyendo.
Por eso necesitamos preguntas, no respuestas automáticas.
¿Qué ocurrió concretamente antes de que yo tomara distancia? ¿Qué sentí? ¿Qué pensé que podía pasar? ¿Qué parte de la situación cambió? ¿El otro hizo algo realmente problemático o simplemente se volvió más cercano? ¿Apareció una demanda concreta o la imaginé? ¿Sentí que perdía libertad? ¿Qué hice después? ¿Cuánto tardé en volver a querer cercanía? ¿Qué me dijo mi cuerpo?
Incluso podríamos mirar nuestros propios ciclos. Esto me parece un ejercicio buenísimo. Pensá en tres situaciones importantes de tu vida en las que te hayas alejado de alguien, de un proyecto, de un grupo o incluso de una idea. ¿Qué estaba pasando justo antes del alejamiento? No seis meses antes. Justo antes. ¿Había aumentado la intimidad? ¿Te habían reconocido? ¿Te habían pedido mayor compromiso? ¿Alguien había mostrado mucho interés? ¿Habías contado algo muy personal? ¿El proyecto estaba por hacerse público? ¿La situación empezaba a volverse real? Porque puede aparecer un patrón que no habíamos visto.
Y otra pregunta: ¿qué explicación me di en ese momento para alejarme? Capaz dije “perdí interés”. “Esto no era para mí.” “Estoy muy ocupado.” “Quiero concentrarme en otras cosas.” “Encontré contradicciones.” Perfecto.
Ahora, con el tiempo, ¿esa explicación sigue pareciendo completa? No digo falsa. Completa. Porque podemos tener razones verdaderas para alejarnos y, además, estar regulando algo emocional. Las dos cosas pueden coexistir.
Y esto es importante porque tampoco tenemos que caer en el extremo de interpretar todo alejamiento como defensa. Si un trabajo es horrible, andate. Si una persona te trata mal, tomar distancia puede ser lo más sano del mundo. Si una amistad te hace daño, no te quedes para demostrar que superaste tu apego evitativo. Tampoco hagamos estupideces en nombre de la psicología.
La cuestión es otra: cuando no existe un peligro claro, ¿qué parte de la cercanía me resulta difícil de sostener?
Y acá aparece también algo muy interesante sobre la exposición. Porque a veces podemos acercarnos muchísimo mientras conservamos determinado control. Hablo durante horas, comparto ideas, discuto, escucho, incluso cuento historias personales. Pero hay ciertos territorios que siguen completamente protegidos.
Entonces alguien podría pensar que existe una enorme intimidad. Y tal vez existe. Pero también puede haber una frontera muy precisa. Puedo contarte lo que me pasó. Otra cosa es decirte qué significás vos para mí. Puedo hablar de mis miedos. Otra cosa es reconocer que vos podés despertarlos. Puedo hablar durante tres horas sobre el amor. Otra cosa es mirarte y decirte “te amo”.
Porque ahí ya no estoy compartiendo conocimiento sobre mí. Estoy modificando la relación entre nosotros. Y quizá ése sea el momento donde aparece el movimiento de retirada. Mientras lo que digo no cambia demasiado la relación, puedo hablar. Cuando una palabra puede producir una consecuencia real, aparece el freno.
Entonces preguntaría: ¿me resulta más fácil hablar de mí que mostrarme frente al otro? ¿Puedo contar experiencias íntimas siempre que estén cerradas y procesadas? ¿Qué pasa cuando tengo que hablar de algo que está ocurriendo ahora mismo entre nosotros?
Porque no es igual contar una vulnerabilidad pasada que estar vulnerable en presente.
En el trabajo aparece una versión parecida. Puedo enseñar perfectamente lo que ya domino. ¿Pero puedo presentar una idea que todavía está en construcción? ¿Puedo decir “esto es una hipótesis y quiero escuchar qué ven ustedes”? ¿Puedo permitir que alguien modifique algo mío? ¿O solamente muestro cuando todo está tan terminado que ya no existe demasiado riesgo de interacción?
Capaz el acercamiento-distancia también aparece ahí: busco colaboración, cuando la colaboración implica que otro realmente intervenga en lo mío, recupero terreno. “Sí, trabajemos juntos.” “Perfecto, yo cambiaría esto.” “No, pará, tampoco tanto.”
Y con las ideas ocurre igual. Puedo buscar discusiones, debate, contradicción. Pero ¿qué pasa cuando la contradicción realmente toca algo central? ¿Me acerco para comprender y después vuelvo rápidamente a lo conocido? ¿Cuánto dejo entrar una idea antes de empezar a defenderme de ella?
Porque hay aproximaciones intelectuales también. Me acerco a algo nuevo. Me fascina. Empieza a cuestionarme demasiado. Retrocedo. Lo critico. Pasa un tiempo. Me vuelve a interesar. Vuelvo. No somos tan diferentes según el territorio.
Y acá hay algo que me parece importante para buscar alguna salida sin convertir esto en “cinco pasos para curarte mientras desayunás”. Si el patrón funciona porque la distancia baja la activación emocional, tal vez podamos empezar a introducir distancias más pequeñas en vez de desapariciones completas.
Es decir: en vez de ir de cien a cero, aprender a ir de cien a setenta.
En un vínculo podría ser decir: “Estoy medio abrumado y necesito un par de días para ordenar esto, pero no me estoy yendo”. En una amistad: “Esto que hablamos me movilizó bastante, después seguimos”. En el trabajo: “Quiero participar de este proyecto, pero necesito definir bien cuál va a ser mi responsabilidad”. No desaparezco. Regulo.
Eso me parece muchísimo más interesante. Porque conserva las dos cosas: cercanía y protección. Y después observar. ¿Qué pasa si me quedo un poquito más cerca de lo que haría habitualmente? No diez años. Cinco minutos. Una conversación. Un mensaje un poco más claro. Una reunión donde digo algo que normalmente escondería.
¿La ansiedad sube? ¿Después baja sola? ¿Realmente ocurre aquello que temía? ¿Puedo descubrir que no necesito retirarme completamente para recuperar mi equilibrio? Y también podemos probar el movimiento contrario. Cuando siento unas ganas enormes de volver después de haberme alejado, preguntarme: ¿qué cambió realmente?
¿Cambió la persona? ¿Cambió el proyecto? ¿Cambió la situación? ¿O simplemente bajó mi miedo porque recuperé distancia? Esto es buenísimo para detectar el ciclo. Porque si cada vez que estoy lejos todo me parece precioso y cada vez que estoy cerca encuentro problemas, quizá haya algo ahí para mirar. No significa que los problemas sean imaginarios.
Pero sí podemos preguntarnos por qué se vuelven tan visibles exactamente cuando aparece intimidad. Y acá hay una pregunta un poquito venenosa que me gusta mucho: ¿amo más tranquilamente cuando el otro está suficientemente lejos?
Pensala. Estoy segura de que te va a sorprender lo que encuentres ahí.
Porque hay personas con las que resulta facilísimo sentir un amor enorme siempre que no haya que construir demasiado en la realidad. No hay negociación cotidiana. No hay exposición permanente. No hay diferencias concretas. No hay riesgo de que el otro nos conozca completamente. La distancia preserva algo. Y entonces el problema no sería amar. Sería sostener la cercanía que ese amor produce.
En el trabajo podría preguntarme algo equivalente: ¿me entusiasman muchísimo los proyectos mientras están en etapa de idea y pierdo entusiasmo cuando empiezan a demandarme compromiso real? ¿Deseo reconocimiento pero me retraigo cuando me vuelvo visible? ¿Quiero trabajar con otros, pero cuando empiezan a influir realmente recupero el control? En las amistades: ¿quiero amigos profundamente cercanos pero desaparezco cuando estoy vulnerable? ¿Me gusta que confíen en mí, pero me incomoda confiar en ellos? Y con nuestras ideas: ¿me gusta cuestionarme siempre que el cuestionamiento no modifique demasiado quién creo que soy?
No hace falta responder todo ahora. Pero sí mirar. Porque los patrones circulares tienen algo tramposo: desde adentro cada episodio parece independiente.
“Esta vez me alejé por esto.” “La anterior fue por aquello.” “Este proyecto no me interesaba tanto.” “Con aquella persona simplemente necesitaba espacio.” Puede ser.
Pero cuando miramos veinte años completos desde arriba quizá aparece un dibujo. Y ahí la pregunta deja de ser “¿por qué hice esto esta vez?”. Puede pasar a ser: “¿en qué momento del acercamiento suelo empezar a retirarme?”
Eso ya es otra cosa.
¿Cuando empiezo a depender un poco del otro? ¿Cuando me siento demasiado visto? ¿Cuando aparece reciprocidad? ¿Cuando me piden una definición? ¿Cuando algo empieza a funcionar? ¿Cuando me elogian? ¿Cuando descubro que realmente podría conseguir aquello que decía querer? Porque a veces tenemos mucho más estudiado nuestro miedo al fracaso que nuestro miedo a que algo funcione.
Si algo funciona, tengo que vivirlo. (Y demás puede estar desbaratando la idea estructural que me armé!!! Ohh nooo la sociedad ahora dice que las relaciones tienen que ser líquidas!!!) Y eso puede ser bastante más comprometido que seguir deseándolo desde lejos. Entonces quizá la salida no sea obligarnos a quedarnos ni prohibirnos alejarnos. Puede ser empezar a hacer consciente el momento en que aparece el movimiento.
“Estoy queriendo tomar distancia.”Bien. Antes de hacerlo, ¿qué pasó? ¿Qué estoy sintiendo? ¿Qué creo que voy a recuperar alejándome? ¿Existe otra manera de recuperar eso sin desaparecer? ¿Puedo hablarlo? ¿Puedo pedir espacio sin romper el puente? ¿Puedo sostener un poquito de incomodidad antes de actuar? Y si finalmente quiero irme, me voy.
Pero ahora estoy eligiendo. No estoy simplemente repitiendo.
La cercanía produce algo deseado y también algo difícil. La distancia resuelve momentáneamente lo difícil, pero también elimina algo deseado. Entonces cada posición crea las condiciones para querer volver a la otra.
Me acerco porque te extraño. Me alejo porque me siento expuesto. Me tranquilizo. Te extraño otra vez. Y vuelve a empezar.
Quizá romper el círculo no signifique elegir para siempre cercanía o distancia. Capaz signifique aprender a regular sin desaparecer. Poder decir “esto me importa y por eso me mueve”. Poder acercarme sin sentir que tengo que entregarme entero. Poder tomar aire sin convertir ese aire en meses de silencio, asma o ataques de pánico. Poder dejar que alguien se acerque sin interpretar automáticamente la vulnerabilidad como peligro.
Y sobre todo preguntarme: ¿qué parte de mí estoy intentando proteger cada vez que recupero distancia, y hay alguna manera de protegerla sin perder aquello a lo que también quiero acercarme?
Porque capaz el verdadero desafío no sea aprender a acercarnos, sino aprender a quedarnos un poquito cuando aparecen las ganas de salir corriendo. Y ver qué pasa.
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Bartholomew y Horowitz (1991): Attachment styles among young adults: a test of a four-category model. Artículo en PubMed
Mikulincer y Shaver: Attachment in Adulthood: Structure, Dynamics, and Change. Fuente, Guilford Press
