Hay algo que me parece distinto de todo lo anterior, aunque se conecta con varias cosas que ya venimos hablando. Porque una persona puede saber perfectamente qué siente, puede haberlo pensado, puede haberlo entendido, puede incluso haber dejado de pelearse internamente con eso y decir “sí, esto me pasa”. El problema aparece en el paso siguiente: ¿qué hago cuando eso que me pasa tiene que salir de mí y entrar en la relación con otro? Porque mientras una emoción está adentro mío todavía tengo bastante control sobre ella. Puedo pensarla, escribirla, discutirla conmigo misma, guardarla, cambiarle las palabras. Pero cuando le digo a alguien “esto me pasa con vos”, aparece una variable nueva y bastante inquietante: ahora esa persona tiene información que antes no tenía y yo ya no controlo qué va a hacer con ella.
Y ahí me apareció una pregunta que para mí es el centro de este capítulo: ¿tengo miedo de decir lo que siento o tengo miedo de lo que el otro pueda hacer después con esa información? Capaz puedo decir perfectamente “estoy enamorada”. No tengo ningún problema en reconocerlo conmigo, con una amiga, escribiéndolo en un cuaderno o hablando del tema durante tres horas. Pero decírselo justamente a la persona de la que estoy enamorada es otra historia, porque en ese momento la información deja de ser exclusivamente mía. Ahora el otro puede responder. Puede sentir lo mismo, puede no sentirlo, puede quedarse callado, puede asustarse, puede acercarse, puede alejarse. Y ahí ya no manejo toda la escena.
Brené Brown investigó durante años temas relacionados con vulnerabilidad, vergüenza, pertenencia y conexión, y una de las cosas interesantes de su trabajo es que la vulnerabilidad no aparece como debilidad, sino como una situación donde hay exposición emocional, incertidumbre y riesgo. A mí me interesa especialmente esa palabra, exposición, porque creo que muchas veces cuando decimos “me cuesta mostrarme vulnerable” parece que habláramos solamente de llorar o contar algo doloroso. Pero quedar expuesto puede ser algo muchísimo más simple. Decir “me importás” es exposición. Decir “me gustaría que estuvieras” es exposición. Decir “esto que hiciste me dolió” también. Incluso decir “quiero esto” puede dejarnos tremendamente expuestos porque, después de decirlo, el otro puede contestar que no.
Y no sé por qué tenemos la tendencia a pensar que solamente nos volvemos vulnerables cuando mostramos una debilidad. También somos vulnerables cuando mostramos deseo. Si yo digo “quiero este trabajo”, ahora pueden no elegirme. Si digo “quiero participar de este proyecto”, pueden decirme que no. Si le digo a un amigo “me gustaría verte más”, puede contestarme que para él la relación está bien como está. Si le digo a alguien “te extraño”, puedo descubrir que el otro no me extraña. Es decir, muchas veces lo que estamos protegiendo no es una herida pasada, sino algo que todavía queremos que suceda.
Y eso da un miedo bastante particular porque mientras no digo nada puedo conservar todas las posibilidades. Si no digo que quiero el trabajo, técnicamente todavía no fui rechazada. Si no digo que me gusta alguien, todavía puedo imaginar que quizás siente exactamente lo mismo. Si no le digo a un amigo que algo me molestó, todavía puedo fantasear con que si se lo dijera me entendería perfectamente. La fantasía tiene una ventaja impresionante: el otro todavía no tuvo oportunidad de arruinarnos el guion.
El problema es que tampoco tuvo oportunidad de sorprendernos para bien.
Entonces podríamos preguntarnos: ¿cuántas cosas mantenemos en el territorio de lo posible porque la realidad podría responder algo que no queremos escuchar? ¿Cuántas conversaciones no tenemos no porque no sepamos qué decir, sino porque sabemos perfectamente qué queremos decir y justamente por eso nos da miedo decirlo? ¿Cuántas veces decimos “todavía estoy pensando cómo plantearlo” cuando el problema real es que no encontramos ninguna forma de plantearlo que nos garantice una respuesta favorable?
Y ahí aparece otra cosa que me parece importante: podemos intentar controlar la vulnerabilidad a través del lenguaje. No miento, pero tampoco digo completamente. Insinúo. Sugiero. Dejo algo flotando. Digo una parte y miro qué pasa. Si la respuesta parece segura, avanzo un poco. Si no, siempre puedo retroceder y decir “no, no era eso lo que quería decir”. Es una especie de salida de emergencia emocional.
Todos hacemos eso alguna vez. El problema sería que solamente pudiéramos comunicarnos de esa manera. Porque entonces el otro siempre tiene que interpretar. Y además nosotros conservamos una ventaja: si la interpretación no nos gusta, podemos negar que ése era el mensaje. Es bastante eficiente para protegernos, pero puede ser bastante malo para construir intimidad.
Porque la intimidad necesita, en algún momento, algo de claridad. No necesariamente una confesión cinematográfica bajo la lluvia. A veces basta con decir “me pasa esto”. Nada más. Y qué difícil puede ser.
Esto me hace pensar en Carl Rogers, uno de los grandes nombres de la psicología humanista. Rogers hablaba mucho de congruencia, de la posibilidad de que exista una relación menos dividida entre lo que experimentamos internamente y aquello que podemos reconocer y expresar en una relación genuina. No significa decir absolutamente todo lo que se nos cruza por la cabeza. Eso no sería congruencia, sería una pesadilla para cualquiera que tenga que compartir un ascensor con nosotros. Tiene que ver con no vivir permanentemente separados entre una experiencia interna muy intensa y un personaje externo que no deja ver nada de ella.
Y acá me interesa mucho preguntarnos cómo aprendimos a exponernos, porque no todo se aprende en esas grandes escenas familiares que parecen hechas para un documental psicológico. También aprendemos en lugares chiquitos y bastante crueles, como el patio de la escuela. ¿Qué pasó la primera vez que dijiste quién te gustaba? ¿Qué hicieron tus amigos? ¿Te cargaron? ¿Le fueron a contar? ¿Te sentiste ridículo? ¿Alguna vez confiaste un secreto y terminó sabiendo todo el curso? ¿Le mostraste a alguien un dibujo, una canción, algo que habías escrito y se rieron? ¿Te presentaste voluntariamente para algo y salió mal delante de todos?
Son experiencias pequeñas vistas desde los ojos adultos, pero cuando tenés ocho, diez o doce años el mundo entero entra en ese aula. Una carcajada puede sentirse gigantesca. Entonces quizá aprendemos algo sin formularlo con palabras: “si muestro algo muy mío, quedo a merced de lo que otros hagan con eso”.
Y a partir de ahí podemos desarrollar estrategias bastante inteligentes. No mostrar primero. Esperar a ver qué hace el otro. Hacer un chiste antes de que alguien pueda reírse de nosotros. Decir algo serio con tono irónico para poder retirarlo si no cae bien. Hacernos los indiferentes cuando en realidad estamos esperando desesperadamente una respuesta. Somos capaces de construir una ingeniería impresionante para decir “me importás” sin decir jamás “me importás”.
Y el humor, que a mí me encanta y uso todo el tiempo, también puede hacer las dos cosas. Puede ser una forma hermosa de conexión y puede ser un escondite. Capaz digo una verdad enorme y enseguida hago un chiste para bajar la intensidad. Y no está mal. El tema es preguntarme: ¿estoy usando el chiste para acompañar lo que dije o para desmentirlo antes de que el otro pueda responder?
Esta pregunta me gusta porque a veces terminamos retirando emocionalmente una frase dos segundos después de haberla dicho. “Te extrañé… ja, tampoco tanto, no te agrandes”. Bueno, decidite, criatura. El pobre otro ya no sabe si abrazarte o pedir un peritaje lingüístico.
En las relaciones amorosas esto se vuelve particularmente fuerte porque decir lo que siento modifica la relación. Mientras yo pienso algo, el vínculo puede seguir exactamente como estaba. Si digo “me estoy enamorando de vos”, algo cambia aunque el otro no responda nada. Ya sabe. Y no puedo hacerlo desconocerlo. No existe Ctrl+Z afectivo.
Entonces quizá una parte de nosotros piense: “si no digo, todavía conservo control sobre la relación”. Y es verdad, hasta cierto punto. Pero también estoy controlando la posibilidad de que la relación evolucione hacia algún lado. Ahí aparece el costo. Me protejo de una respuesta dolorosa, pero también me privo de una respuesta deseada.
Y esto no pasa solamente en el amor. Pensemos en el trabajo. Capaz tengo una idea que me encanta y durante meses la sigo perfeccionando, pero no la presento. Digo que todavía le falta una vuelta. ¿Qué pasa si en realidad está lista y lo que me cuesta es que alguien la evalúe? Porque mientras está en mi computadora puede ser brillante. El día que la muestro, otra persona puede decir “esto no funciona”. Y no solamente está juzgando la idea. Si yo estoy demasiado fusionada con aquello que hice, puedo sentir que me está juzgando a mí.
Entonces podría preguntarme: cuando alguien critica mi trabajo, ¿siento que está evaluando algo que produje o siento que está diciendo algo sobre mi valor como persona? ¿Puedo mostrar algo que todavía no es perfecto? ¿Puedo compartir una idea sabiendo que alguien puede modificarla? ¿Me resulta más cómodo trabajar sola porque realmente trabajo mejor o porque así nadie ve el proceso antes de que esté impecable?
Y con la amistad pasa otra cosa muy interesante. A veces podemos hablar durante horas de nuestros problemas y, sin embargo, seguir siendo muy poco vulnerables. Porque contar problemas no necesariamente significa exponernos. Puedo contarte todas las desgracias de mi vida con un nivel de distancia extraordinario. La pregunta sería: ¿puedo decirte qué me está pasando ahora conmigo y con vos?
Porque decir “tuve una infancia difícil” puede ser profundamente íntimo. Pero decirle a un amigo “me dolió que no me llamaras cuando me estaba pasando esto” puede resultar muchísimo más difícil. En la primera estoy contando mi historia. En la segunda te estoy diciendo que vos tenés una importancia emocional para mí. Eso expone.
Y también podemos hacer algo parecido con el conocimiento. Podemos mostrar ideas complejísimas y esconder opiniones que realmente nos comprometen. Porque una idea teórica siempre permite cierto desplazamiento: “estoy analizando esto”. Pero decir “yo pienso esto”, “yo quiero esto”, “esto me conmovió”, “esto me hizo cambiar de opinión” puede tener un costo identitario mucho mayor.
Entonces preguntaría: ¿qué cosas puedo decir tranquilamente mientras hablo en general y cuáles se vuelven difíciles cuando tengo que poner la primera persona?
“El amor puede generar vulnerabilidad.” Perfecto.
“Yo soy vulnerable frente a vos.” Otra conversación.
“La gente puede sentirse herida cuando no recibe respuesta.” Muy interesante.
“A mí me dolió que no me respondieras.” Cambio de temperatura.
Y quizá este mecanismo también tenga algo que ver con lo que aprendimos sobre mostrar emociones en nuestra familia, pero quisiera mirarlo desde un lugar un poquito distinto. No solamente si se podía llorar o no. ¿Qué hacían los adultos con la información emocional que recibían? Si contábamos un miedo, ¿lo respetaban o después lo utilizaban para cargarnos? Si decíamos que alguien nos gustaba, ¿lo mantenían en privado o se lo contaban a toda la familia durante el asado del domingo? Si reconocíamos una inseguridad, ¿nos acompañaban o rápidamente nos decían “no seas tonto”? Porque de ahí también aprendemos algo fundamental: ¿es seguro que otro conozca mis puntos sensibles? Capaz el problema no fue aprender que sentir estaba mal. Capaz aprendimos que mostrar lo que sentimos tenía consecuencias. Y eso cambia la historia.
Porque una persona puede tener una vida emocional riquísima, conocer perfectamente sus sentimientos y seguir siendo tremendamente reservada sobre aquello que la vuelve vulnerable frente a otros. No es falta de emoción. No es necesariamente intelectualización. Es una estrategia interpersonal: yo decido qué información emocional sale y cuál queda protegida.
Entonces podríamos hacer un ejercicio bastante simple. Pensá en algo que estés sintiendo respecto de una persona y que todavía no hayas dicho. No tiene que ser “estoy enamorado desde 1997”. Puede ser cualquier cosa. “Me molestó esto”, “me gustaría verte más”, “me hizo bien que estuvieras”, “me sentí orgullosa cuando me dijiste aquello”. Y preguntate: ¿qué temo exactamente que pase si lo digo?
No! “me da miedo”. ¿Qué miedo? ¿Que se ría? ¿Que no responda igual? ¿Que me vea débil? ¿Que ahora sepa cuánto me importa? ¿Que tenga poder para lastimarme? ¿Que cambie la relación? ¿Que me pida algo que yo no quiero dar? ¿Que después no pueda volver atrás? ¿Que yo mismo tenga que hacerme cargo de haber reconocido ese sentimiento?
Porque a veces el miedo no está solamente en la reacción del otro. También puede estar en lo que decir algo vuelve real para nosotros mismos.
Mientras pienso “capaz quiero cambiar de trabajo”, sigue siendo una posibilidad. Cuando voy y digo “quiero postularme para esta posición”, ya me estoy posicionando. Mientras pienso “esta relación me hace mal”, puedo seguir analizando. Cuando digo “no quiero seguir así”, algo empieza a moverse. Mientras sé internamente que amo a alguien, todavía puedo administrar eso de mil maneras. Cuando se lo digo, también me escucho decirlo. Y eso puede ser fuerte. Por eso otra pregunta podría ser: ¿qué cosas no digo porque temo la reacción del otro y cuáles no digo porque temo escucharme a mí mismo diciéndolas?
Capaz al pronunciar algo ya no puedo hacer como si no existiera. Y también habría que distinguir vulnerabilidad de exposición indiscriminada. No tenemos que contarle nuestra vida a cualquiera. No todo el mundo merece acceso a nuestro mundo íntimo. Si alguien utiliza lo que le contamos para manipularnos, ridiculizarnos o lastimarnos, poner límites es completamente sano. Mostrar vulnerabilidad no significa perder criterio. La pregunta no es “¿por qué no le cuento todo a todos?”. Sería más bien: ¿puedo elegir con quién mostrarme o mi sistema de protección responde siempre que nadie es suficientemente seguro?
Porque si la respuesta termina siendo “no puedo confiarle esto a nadie”, quizás la fortaleza dejó de proteger nuestra intimidad y empezó a aislarnos.
Y acá aparece algo que me parece importante para las soluciones. Yo no creo que una persona que tiene muchísimo miedo a quedar expuesta tenga que levantarse mañana y confesar todo lo que siente. Sería una locura. Podemos empezar muchísimo más chico.
Capaz decir una frase un diez por ciento más clara de lo habitual. Si siempre digo “todo bien”, probar con “la verdad, esto me afectó”. Si normalmente espero que otro adivine que lo extraño, decir “me dieron ganas de hablar con vos”. Si tengo una idea laboral y suelo mostrarla solamente cuando está terminada, compartir una versión preliminar con alguien en quien confío. Si un amigo hizo algo que me dolió, decirlo antes de convertirlo en resentimiento arqueológico y sacarlo dentro de ocho años en una discusión sobre quién trae el postre.
Pequeñas exposiciones. Y después mirar qué ocurre. ¿Qué imaginaba que iba a pasar? ¿Qué pasó realmente? ¿Cómo me sentí después? ¿El otro cuidó lo que le mostré? ¿Me arrepiento de haber hablado o simplemente estoy incómodo porque hice algo nuevo? ¿Puedo tolerar esa incomodidad sin interpretar automáticamente que fue un error?
Esta última me parece especialmente importante porque a veces después de mostrarnos aparece algo parecido a una resaca emocional. “¿Para qué dije eso? Hablé demasiado. Tendría que haberme callado”. No necesariamente porque haya ocurrido algo malo, sino porque volvimos a casa y nuestro sistema de protección dice: “¡Alerta! ¡Información confidencial liberada!”.
Entonces, antes de salir corriendo a borrar el mensaje, pedir disculpas por existir o aclarar “igual no era tan importante”, podríamos esperar un poco.
¿Realmente hice algo incorrecto? ¿O simplemente quedé expuesto? Porque no son lo mismo. Y también podemos preguntarnos algo bastante incómodo cuando somos nosotros quienes recibimos la vulnerabilidad ajena: ¿qué hacemos con ella? Porque queremos personas que se abran con nosotros, pero cuando alguien finalmente dice algo muy íntimo podemos asustarnos, minimizarlo, cambiar de tema o responder con una teoría.
¿Cómo reacciono cuando alguien me dice “te quiero”? ¿Puedo recibirlo aunque no sepa inmediatamente qué contestar? ¿Qué hago cuando un amigo me dice “me lastimaste”? ¿Me defiendo enseguida o puedo escuchar? ¿Cómo trato la información delicada que alguien me confía? Porque para construir vínculos donde podamos exponernos también tenemos que convertirnos en personas relativamente seguras para la vulnerabilidad de otros.
Empecé preguntándome por qué cuesta decir “esto me pasa” y terminé pensando que quizá la pregunta no sea solamente si somos capaces de sentir o incluso de reconocer lo que sentimos. Capaz la cuestión aparece un segundo después, cuando tenemos que decidir si dejamos que eso que sentimos exista también entre nosotros y otra persona.
Ahí perdemos una parte del control. El otro entra en escena. Y no sabemos exactamente qué hará.Entonces podemos seguir protegiéndonos, por supuesto. Todos tenemos derecho a nuestra intimidad. Pero quizá valga la pena preguntarnos qué precio estamos pagando por esa protección: ¿qué vínculos no pueden profundizarse porque nadie sabe realmente cuánto nos importan? ¿Qué oportunidades laborales no aparecen porque nunca mostramos aquello que queremos? ¿Qué conflictos se acumulan porque jamás decimos que algo nos dolió? ¿Qué partes nuestras permanecen perfectamente protegidas pero también completamente solas?
Y vuelvo a la pregunta con la que empezamos, porque ahora me parece todavía más interesante: ¿tengo miedo de decir lo que siento o tengo miedo de lo que el otro pueda hacer después con esa información? Y agregaría algunas más: ¿qué aprendí sobre mostrar mis puntos sensibles? ¿A quién puedo decirle algo sin tener previamente preparada una salida? ¿Qué parte de mí intento proteger cuando hablo a medias? ¿Cuánto control quiero conservar sobre la imagen que otro tiene de mí? ¿Qué pasaría si mostrara solamente un diez por ciento más? ¿Estoy cuidando mi intimidad o impidiendo que alguien pueda conocerme de verdad?
¿Quién sabe? quizás ser vulnerable sea también poder elegir a quién abrirle una puerta, abrirla un poquito y soportar que, durante un momento, ya no controlemos completamente lo que va a pasar del otro lado.
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Brené Brown: Investigación de Brené Brown
Carl Rogers: On Becoming a Person. Fuente de Rogers
