Hay algo que me parece hermoso y al mismo tiempo bastante tramposo, y es la cantidad de maneras que inventamos los seres humanos para expresar lo que nos pasa sin decir directamente “esto me pasa a mí”. Porque podemos ponerlo en una canción, en un poema, en una pintura, en una clase, en un personaje, en un chiste, en un trabajo, en una teoría, en una película que recomendamos justo en determinado momento, en una lista de reproducción que armamos con una precisión quirúrgica. Y todo eso puede ser genuino, profundo, creativo, incluso sanador. El problema no está ahí. El problema empieza cuando ésas son las únicas formas en las que podemos decir determinadas cosas. Cuando puedo hacerte escuchar veinte canciones sobre algo que siento, pero no puedo sentarme delante tuyo y decirte: “Che, esto que aparece acá también tiene que ver conmigo”.

Y primero quiero separar dos cosas porque no son exactamente lo mismo: comunicación indirecta y sublimación. Pueden encontrarse, pero no son sinónimos. La comunicación indirecta tiene que ver con expresar algo a través de otra cosa: una canción, un texto, un chiste, una recomendación, una película, una historia que cuento aparentemente porque sí. La sublimación es un concepto que viene del psicoanálisis y tiene otro recorrido. Freud planteó que ciertos impulsos podían encontrar una salida transformándose en actividades socialmente valiosas, por ejemplo el arte, el pensamiento, la creación, el trabajo. La definición clásica de la sublimación justamente habla de canalizar determinadas fuerzas internas hacia formas nuevas de expresión, y dentro de los mecanismos de defensa suele considerársela una de las formas más maduras porque no niega necesariamente aquello que nos pasa, sino que logra darle otro destino. (es lo que yo hago con mi arte, mis cuadros, tapices y demases)

Entonces sublimar no es algo que haya que “curar”. Al contrario. Imaginate qué sería del mundo si nadie hubiera hecho nada con el dolor, el deseo, la bronca, la angustia, el amor o las contradicciones que le tocó vivir. Nos quedábamos sin media biblioteca, sin canciones, sin cuadros, sin películas y probablemente sin bastante producción científica también. George Vaillant, que estudió durante décadas los mecanismos de defensa y la adaptación adulta, ubicó justamente la sublimación entre las defensas más maduras, junto con cosas como el humor y el altruismo. Es decir, una persona puede transformar algo emocionalmente muy potente en trabajo, creación, conocimiento o producción cultural y eso puede ser una manera enormemente saludable de tramitarlo.

A mí lo que me interesa preguntar es qué pasa después. Supongamos que estoy atravesando algo fuerte y escribo una canción. Maravilloso. La canción me permitió encontrar palabras que quizás no tenía, ordenar algo, darle forma, sacarlo de un lugar confuso. Ahora bien, ¿esa canción me ayuda después a reconocer lo que me pasa o se convierte en el único lugar donde tengo permiso para decirlo? Porque son dos movimientos completamente diferentes. Puedo escribir una canción para después decir “sí, esto habla de mí”, o puedo esconderme detrás de ella y decir “no sé, es una canción, interpretala como quieras”.

Y esto me parece fascinante porque una obra puede revelar muchísimo y al mismo tiempo proteger muchísimo. La canción habla. El poema habla. La película habla. Pero yo conservo una salida de emergencia. Si el otro entiende algo que me resulta demasiado comprometedor siempre puedo decir: “No, mirá, vos interpretaste cualquiera”. Qué invento espectacular el arte para los emocionalmente cautelosos. Puedo mandarte siete canciones sobre un amor imposible, una sobre el miedo a perder, dos sobre volver a encontrarse y otra que directamente lleva tu nombre, pero si me preguntás qué quiero decir puedo contestarte: “Me gustó la batería”.

Y ojo, no estoy diciendo que cada canción que alguien comparte sea una declaración secreta. Por favor. Si te mando “Persiana americana” no significa automáticamente que esté confesando algo rarísimo. Pero sí creo que vale la pena observar qué función cumple ese lenguaje indirecto para cada uno. ¿Uso la música para compartir algo que después también puedo poner en palabras o la utilizo precisamente porque me permite no asumir personalmente aquello que estoy comunicando? ¿Estoy abriendo una puerta o estoy dejando una pista?

Porque las pistas tienen una ventaja enorme: hacen trabajar al otro. Yo no digo. Vos interpretás. Y si interpretás bien, quizá nos entendemos. Pero si interpretás mal, técnicamente yo nunca afirmé nada. Entonces la comunicación queda en un territorio bastante particular donde puede circular muchísima emoción y muy poca responsabilidad sobre el significado.

Y ahí me pregunto: ¿por qué a veces resulta mucho más fácil elegir una canción perfecta que escribir una frase simple? Capaz porque la canción ya hizo el trabajo emocional. Otro encontró las palabras. Otro puso la voz. Otro asumió la exposición. Yo solamente digo “escuchá esto”.

Y la canción puede decir “te extraño”. Pero yo no dije “te extraño”.

Puede decir “quiero volver”. Pero yo no dije “quiero volver”.

Puede decir “me da miedo perderte”. Pero técnicamente yo solo compartí Spotify.

Es brillante. Y agotador.

Porque el otro termina convertido en detective de homicidios musicales. “A ver, puso esta canción después de aquella, la letra dice esto, pero el disco salió en 1994…”. Pará un poco, Colombo.

Y esto no sucede solamente con la música. El humor puede cumplir exactamente la misma función. Decimos algo completamente verdadero en forma de chiste y esperamos. Si el otro responde bien, avanzamos. Si responde mal, “era un chiste”. Entonces el humor puede ser una de las formas más lindas de conexión, pero también puede ser una cobertura espectacular. Y como yo uso muchísimo el humor, me interesa especialmente esta pregunta: ¿estoy haciendo un chiste porque me divierte lo que estoy diciendo o porque necesito una salida por si la verdad que hay adentro del chiste no es bien recibida?

También pasa con la escritura. Hay personas que pueden escribir textos de veinte páginas sobre algo tremendamente íntimo y, sin embargo, frente a frente se les hace imposible decir cuatro palabras. Y esto no tiene por qué significar falsedad. Quizá escribiendo encuentran su mejor forma de pensar (Esa soy YO en determinadas circunstancias). Hay gente que necesita tiempo, silencio, volver sobre una frase. El papel permite ordenar. Pero podría preguntarme: ¿la escritura es un puente hacia el vínculo o termina reemplazándolo? ¿Puedo escribir “esto me pasa” y después sostener lo que escribí cuando tengo a la persona adelante? ¿O escribo precisamente porque sé que no voy a tener que soportar en tiempo real la cara del otro mientras lo lee?

Esto en la docencia me parece particularmente interesante. Porque también podemos transformar experiencias personales en preguntas que después ponemos a circular con otros. Algo que vivimos nos lleva a pensar un problema, ese problema se convierte en una clase, en un debate, en una reflexión sobre la sociedad, sobre la historia, sobre la libertad, sobre el amor, sobre el sujeto, sobre lo que sea. Y puede ser extraordinariamente fecundo. Una experiencia íntima termina produciendo conocimiento compartido. ¿Qué podría tener de malo eso? Nada. Pero nuevamente aparece la pregunta: ¿puedo reconocer de qué manera aquello que enseño también me interpela a mí?

Porque una cosa es enseñar sobre libertad y otra preguntarme dónde no soy libre yo. Una cosa es hablar durante dos horas sobre contradicciones y otra reconocer qué contradicción concreta estoy viviendo. Una cosa es pensar la acción humana y otra preguntarme qué acción estoy postergando. Una cosa es enseñar que conocer transforma al sujeto y otra dejar que aquello que conozco me transforme realmente.

Y acá, si alguien está pensando “bueno, pero un profesor no tiene por qué contarle su vida privada a sus alumnos”, completamente de acuerdo. No estoy hablando de convertir el aula en terapia grupal. Estoy hablando de lo que pasa adentro de uno. Puedo utilizar mi trabajo para elaborar cosas sin tener que hacerlas públicas. La pregunta es si yo mismo reconozco la relación o si la producción intelectual se vuelve una manera de desplazar permanentemente la experiencia hacia un territorio donde me resulta más cómoda.

Con el trabajo en general pasa muchísimo. Hay personas que cuando les ocurre algo emocionalmente fuerte trabajan más. Producen. Organizan. Crean. Arman proyectos. Se meten en una investigación. Y eso puede ser fantástico. A veces el trabajo nos sostiene cuando todo lo demás parece un caos. Pero también podríamos preguntarnos: ¿estoy transformando esta energía en algo creativo o estoy llenando cada minuto para no encontrarme con aquello que siento cuando se apaga la computadora? Porque desde afuera las dos personas parecen hiperproductivas. Solamente una sabe qué ocurre cuando llega el silencio.

Y también puede pasar con el arte. Pinto algo, escribo, compongo, saco fotografías, actúo. Capaz ahí consigo expresar algo que todavía no puedo decir de ninguna otra manera. Ese es justamente uno de los poderes hermosos del arte: puede darle forma a experiencias que el lenguaje cotidiano no alcanza. No quiero reducir una obra a “esto representa tu trauma número cuatro”, porque además sería espantoso. El arte excede muchísimo cualquier explicación psicológica. Pero yo sí puedo preguntarme a mí misma: ¿qué estoy pudiendo hacer acá que afuera de esta obra no me permito? ¿Qué parte mía aparece en este cuadro, en esta canción, en este personaje, que después vuelve a esconderse cuando termino?

Y capaz la respuesta es preciosa: “Acá puedo jugar”. “Acá puedo ser libre”. “Acá puedo expresar una ternura que me cuesta muchísimo mostrar”. “Acá aparece mi bronca”. “Acá puedo decir algo sobre mi historia”. Fantástico. Entonces la obra está ampliando mi vida.

Pero también podría aparecer otra respuesta: “Solamente acá puedo hacer eso”. Ahí quizá tenemos algo para mirar. Porque si yo puedo ser vulnerable únicamente cuando soy un personaje, amar solamente a través de canciones, enojarme solamente escribiendo poemas, hablar de mis conflictos solamente dando clases sobre ellos o decir verdades únicamente en forma de chiste, entonces quizá esas herramientas extraordinarias se convirtieron también en una especie de intermediario obligatorio entre mi experiencia y el mundo.

Y me pregunto de dónde aprendemos esa forma de decir sin decir. Capaz de chicos había cosas que no podían decirse directamente en casa. No porque alguien hubiera puesto un cartel que dijera “prohibido expresar emociones”, sino porque circulaban de otra manera. Se hacían chistes. Se hablaba de otra persona para hablar de uno mismo. Alguien ponía música cuando estaba triste. Había silencios que todo el mundo entendía perfectamente. Se decía “dejalo tranquilo” en vez de “está angustiado”. Y un chico puede volverse extraordinariamente hábil para leer esos códigos.

Pero también aprendemos eso con nuestros pares. Capaz a los trece años era impensable decirle directamente a alguien “me gustás”, entonces mandábamos a una amiga: “Preguntale si estaría conmigo, pero no le digas que yo pregunté”. La diplomacia adolescente es una obra maestra. Tenemos una negociación bilateral entre dos personas que jamás hablan entre sí y ocho intermediarios que para el segundo recreo ya filtraron la información a Naciones Unidas.

¿Y qué aprendemos ahí? Que hay formas de acercarnos sin exponernos completamente. Mandar señales. Tantear. Preguntar por terceros. Hacer un chiste. Dedicar una canción. Mostrar algo y ver qué pasa. No está mal. Es parte del aprendizaje social. La pregunta es: ¿seguimos necesitando exactamente el mismo dispositivo cuarenta años después? Porque una estrategia puede ser perfecta a los catorce y bastante limitante a los cincuenta.

Y acá aparece algo que conecta con el capítulo anterior sobre vulnerabilidad. Si digo algo indirectamente, disminuyo el riesgo porque no entrego toda la información. Pero también disminuyo la claridad. Entonces puedo protegerme mucho y terminar generando una situación en la que el otro tampoco sabe bien qué hacer.

Imaginemos una amistad. Estoy molesta porque mi amigo no estuvo cuando yo esperaba. En vez de decir “che, me dolió que no estuvieras”, empiezo a mandarle memes sobre amigos ausentes. Él se ríe. Fantástico. Yo ahora estoy todavía más enojada porque “no entendió nada”. Bueno, querida, también le mandaste un meme de un gato. Capaz había margen para la confusión.

O en el trabajo. Quiero que reconozcan determinada tarea que estoy haciendo, pero nunca lo digo. Empiezo a hacer comentarios irónicos: “Sí, porque total esto se hace solo”. Espero que mi jefe capte la indirecta y mágicamente reorganice mi puesto. No pasa. Entonces me siento ignorada.

Otra vez: quizá la comunicación indirecta está intentando conseguir un resultado sin correr el riesgo de formular un pedido claro.

Y esto nos lleva nuevamente a la palabra responsabilidad, que para mí atraviesa toda la serie. No responsabilidad como culpa. Responsabilidad como poder decir: “Esto que estoy poniendo afuera también es mío”.

Puedo compartir una canción y decir: “Escuchala porque hay algo de esto que me pasa”.

Mirá qué diferencia. No tengo que explicar cada verso. No tengo que matar el misterio. No tengo que transformar la música en declaración jurada. Simplemente estoy asumiendo mi parte.

Puedo escribir un texto y decir: “Esto surgió de algo que estoy atravesando”. Puedo hacer un chiste y después agregar: “Igual, fuera de joda, esto sí me importa”. Puedo dar una clase y después preguntarme en privado: “¿Por qué este tema me está movilizando tanto justamente ahora?”. Puedo trabajar muchísimo y también preguntarme: “¿Qué ocurre cuando dejo de trabajar?”.

Entonces la solución no sería abandonar esas formas indirectas. ¡Al contrario! Sería tristísimo. No quiero un mundo donde dejemos de mandar canciones, escribir poemas, hacer arte, enseñar, pensar y cagarnos de risa porque ahora todo tiene que ser una conversación terapéutica explícita. Qué embole.

Quizá se trate de sumar una segunda capacidad: poder utilizar todos esos lenguajes y, cuando haga falta, poder asumir personalmente algo de aquello que estamos expresando a través de ellos.

Y ahí podemos hacernos preguntas bastante concretas. ¿Qué cosas me resulta muchísimo más fácil decir a través de una canción que con mis propias palabras? ¿Qué sentimientos aparecen repetidamente en las obras, películas, libros o músicas que elijo compartir? ¿Qué temas aparecen una y otra vez en mi trabajo, mis clases, mis escritos o mis chistes? ¿Hay alguna conversación directa que esos lenguajes estén reemplazando? ¿Espero que alguien entienda algo que nunca le dije claramente? ¿Me enojo cuando no lo entiende? ¿Dejo suficientes elementos para que realmente pueda entenderlo o estoy esperando una telepatía bastante optimista?

Y otra pregunta que me gusta muchísimo: si la persona entendiera exactamente el mensaje que estoy transmitiendo indirectamente y me preguntara “¿esto tiene que ver con vos?”, ¿qué haría yo?

¿Podría decir que sí? ¿Cambiaría de tema? ¿Haría un chiste? ¿Diría “bueno, cada uno interpreta lo que quiere”? ¿Me sentiría descubierto? Porque esa reacción puede decirnos bastante sobre la función que estaba cumpliendo el intermediario.

También podemos probar un ejercicio muy simple. Elegir algo que solemos expresar indirectamente y traducirlo a una frase en primera persona. No hace falta mandársela a nadie. Primero solamente escribirla. Si elegí una canción, preguntarme: “¿Qué dice esta canción que yo podría decir empezando con ‘yo’?”. Si hice un chiste recurrente, preguntarme qué frase seria hay abajo. Si estoy obsesionada con determinado tema en el trabajo o en mis lecturas, preguntarme qué pregunta personal podría haber escondida ahí.

Por ejemplo, una canción puede decir un montón de cosas y mi traducción personal ser simplemente: “Tengo miedo de que esta persona se vaya”. O “me gustaría volver a verla”. O “todavía estoy enojada”. O “esto me importa más de lo que muestro”.

Ahora mirá la frase. ¿Qué te pasa cuando queda así, desnuda, sin guitarra? Capaz nada. Capaz te da una vergüenza espantosa. Bueno, interesante. No significa que tengas que salir corriendo a comunicarla. Significa que encontraste una diferencia entre poder expresarlo simbólicamente y poder reconocerlo como propio.

Y con el trabajo podríamos hacer algo parecido. Si determinada preocupación aparece constantemente en mis clases, proyectos o investigaciones, preguntarme: “¿Qué parte de esto me concierne personalmente?”. No para psicologizar todo lo que hago. Capaz estudio la Revolución Francesa porque me interesa la Revolución Francesa, punto. Tampoco toda elección bibliográfica es un mensaje del inconsciente. Pero si un tema vuelve durante años y me conmueve particularmente, por lo menos puedo hacerme la pregunta.

¿Qué busco acá? ¿Qué estoy elaborando? ¿Qué conversación mantengo conmigo a través de este trabajo? Y con el humor igual. ¿De qué hago siempre chistes? ¿Qué verdad puedo decir riéndome que me costaría decir seriamente? ¿Qué pasa si alguna vez, después de reírme, dejo tres segundos de silencio y digo “igual esto es verdad”?

Capaz ahí aparece algo.

Y acá me parece importante volver a la sublimación porque no quiero que se confunda con esconderse. Sublimar puede ser una transformación creativa extraordinaria. Vaillant incluso la estudió como parte de formas maduras de adaptación, justamente porque podemos hacer algo productivo con tensiones internas en lugar de quedar aplastados por ellas. Entonces el problema no sería que alguien convierta dolor en arte, deseo en trabajo, conflicto en pensamiento o angustia en humor. El problema aparecería si la transformación fuera tan completa que después ya no pudiéramos reconocer la experiencia que la puso en movimiento.

Es decir, puedo transformar. Pero también puedo apropiarme de lo transformado. “Sí, esto es una obra.” Y también: “Sí, algo mío está acá.” No necesito explicar cuánto. No necesito entregárselo a nadie. Pero puedo saberlo. Y quizá después pueda decidir si quiero compartir alguna parte directamente.

Porque además hay algo muy hermoso cuando esas dos formas conviven. Puedo dedicarte una canción y decirte por qué. Puedo escribirte algo y después sostener una conversación. Puedo usar el humor para hacer más llevadera una verdad sin convertir el chiste en una manera de negarla. Puedo transformar una experiencia en trabajo y al mismo tiempo permitir que esa experiencia me transforme a mí.

Ahí ya no hay una pelea entre lo simbólico y lo directo. Hay más lenguajes. Y eso para mí sería justamente lo contrario de empobrecernos.

Entonces quizá no tengamos que preguntarnos si expresarnos indirectamente está bien o mal. Esa pregunta es demasiado pobre. Yo preguntaría otra cosa: ¿tengo libertad para elegir cómo comunicarme o hay ciertas cosas que solamente pueden salir de mí si las disfrazo de otra cosa?

Porque ahí aparece la diferencia. Si puedo decir algo directamente y elijo una canción porque me parece más hermosa, genial. Si la canción es la única manera en la que puedo acercarme a ese territorio, tal vez tenga algo para explorar.

Y hay otra pregunta todavía más incómoda: ¿qué responsabilidad le estoy dejando al otro cuando comunico solamente mediante señales? Porque quizás yo siento que expresé muchísimo. Y efectivamente expresé muchísimo. Pero el otro puede seguir sin saber qué parte era para él, qué parte era mía, qué quería que hiciera con eso o si simplemente estaba compartiendo algo que me gustó.

Entonces puedo terminar sintiendo: “¿Cómo no entendió?”. Y capaz la respuesta es bastante sencilla: Porque nunca se lo dije.

Y mirá dónde terminé, porque empecé pensando en la música, el arte y todas esas formas preciosas que inventamos para tramitar lo que nos pasa y terminé encontrando una contradicción bastante interesante: podemos expresarnos muchísimo y, al mismo tiempo, seguir escondidos.

No porque la expresión sea falsa. Puede ser completamente verdadera. Lo que puede faltar es otra cosa: asumir la autoría emocional. Decir: “Esto que escuchaste, esto que escribí, esto que enseñé, esto que estoy pensando, esto que convertí en un chiste… tiene algo que ver conmigo”. Y quizá el ejercicio más difícil no sea crear la canción. Capaz sea soportar el silencio que queda después de que termina y decir, con nuestras propias palabras:

“Sí. Algo de todo esto que acabás de escuchar soy yo.”

Ok, genial, ¿y siempre la comunicación con un otro va a ser así?, acaso me quedo en la comodidad en vez de aprender a ir más allá? ¿aprender a poner en palabras escritas y luego habladas?.. esto sin dudas, es para otro capítulo…

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Freud: Sublimación en la obra freudiana, SciELO
George Vaillant: Adaptation to Life, . Fuente de Vaillant, Harvard University Press

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