Hay algo que me parece muy interesante porque, en principio, suena completamente saludable: no hacer siempre lo primero que se nos ocurre. Pensar en los demás, preguntarnos por las consecuencias de nuestros actos, asumir responsabilidades, tratar de actuar de acuerdo con determinados valores. Todo eso forma parte de vivir con otros. El problema aparece cuando esa pregunta razonable, “¿qué corresponde que haga?”, empieza a ocupar tanto espacio que la otra, “¿qué quiero?”, casi ni llega a declarar. Porque ahí podemos terminar organizando nuestra vida alrededor de una especie de tribunal interno que evalúa cada deseo antes de permitirle siquiera sentarse en el banquillo. Quiero algo y enseguida aparece la fiscalía: ¿por qué lo querés?, ¿está bien quererlo?, ¿a quién podría afectar?, ¿es coherente con lo que pensás?, ¿qué consecuencias tendría?, ¿qué van a pensar?, ¿qué dice esto sobre vos?, ¿estás siendo egoísta?, ¿seguro que no estás confundido? Y el pobre deseo entró diciendo “me gustaría hacer esto” y dos horas después ya pidió un abogado.
Y quiero hacer una distinción desde el principio porque para mí es fundamental. La responsabilidad no es el problema. La ética tampoco. De hecho, una persona que jamás se pregunta cómo afectan sus actos a los demás probablemente tenga otro problema bastante más serio. Vivimos en sociedad, nuestras decisiones tienen consecuencias y no somos el único personaje de la película. El asunto es qué pasa cuando la consideración por los otros se convierte en una vigilancia permanente sobre nosotros mismos, cuando todo lo que sentimos tiene que demostrar previamente que es correcto antes de que podamos reconocerlo como propio. Ahí ya no estamos solamente diciendo “quiero esto y voy a pensar responsablemente qué hago con ello”. Capaz estamos diciendo “si esto que quiero no supera todos los controles morales, entonces ni siquiera debería quererlo”.
Y eso cambia muchísimo, porque sentir algo y actuar sobre eso son dos cosas diferentes. Yo puedo sentir bronca y elegir no lastimar a nadie. Puedo desear algo que no voy a hacer. Puedo sentir atracción por una persona y decidir que no corresponde iniciar una relación por determinadas circunstancias. Puedo querer mandar a mi jefe al demonio y optar, con enorme elegancia y conveniencia previsional, por no hacerlo. Pero si cada vez que aparece una emoción incómoda necesito demostrarme que no debería existir, entonces no estoy regulando una conducta. Estoy intentando regular mi mundo interno como si también tuviera que cumplir un código de convivencia.
Freud habló del superyó justamente para pensar, entre otras cosas, cómo las prohibiciones, exigencias e ideales que inicialmente encontramos afuera van siendo incorporados y pueden transformarse en una instancia interna que observa, juzga y sanciona. No hace falta tomar todo el modelo freudiano como una verdad revelada para que esta idea resulte interesante: llega un momento en que ya no hace falta que alguien esté parado al lado diciéndonos “eso está mal”, “eso no se hace”, “eso no corresponde”. La voz puede quedar instalada adentro. Y lo más curioso es que con los años puede volverse incluso más severa que las personas de las que originalmente aprendimos esas reglas.
Entonces me pregunto cómo se forma ese juez. Porque no necesariamente viene solamente de padres particularmente estrictos. Puede construirse de maneras muchísimo más sutiles. Quizá de chico recibías mucho reconocimiento por ser “responsable”, por no generar problemas, por pensar en los demás, por hacer siempre lo que correspondía. Tal vez eras el que entendía que mamá estaba cansada y entonces no pedía. El que veía que había problemas en casa y trataba de no agregar ninguno más. El que se portaba espectacular porque sabía que los adultos ya tenían suficiente encima. Y eso puede ser hasta muy tierno. El problema sería que de ahí quedara una conclusión parecida a ésta: ser bueno significa molestar lo menos posible con lo que yo quiero.
También puede aprenderse con otros chicos. Capaz un día hiciste algo espontáneo y te cargaron durante seis meses. Tal vez mostraste mucho entusiasmo por algo y te dijeron “qué pesado”. Quizá dijiste lo que pensabas y el grupo te dejó afuera. O fuiste el que hacía siempre lo correcto mientras mirabas cómo otros parecían vivir bastante más relajados y además se divertían muchísimo. Y ahí también vamos construyendo reglas. ¿Cuánto de mí puedo mostrar sin quedar en ridículo? ¿Qué deseos son aceptables? ¿Qué tengo que hacer para pertenecer? ¿Hasta dónde puedo salirme del personaje que los demás conocen de mí?
Karen Horney tiene una idea que a mí me parece espectacular para pensar esto: habló de la “tiranía de los deberías”, esa cantidad de exigencias internas sobre cómo deberíamos ser, sentir, actuar y hasta reaccionar. Debería ser más fuerte. Debería ser más generoso. No debería sentir esto. Debería haber superado aquello. A esta edad tendría que tener resuelto tal cosa. Si soy buena persona tendría que reaccionar de esta manera. Y lo tremendo de esos “debería” es que pueden sonar tremendamente virtuosos mientras nos van alejando cada vez más de lo que efectivamente nos pasa.
Porque podemos tener una vida enteramente gobernada por “lo que corresponde” y no saber demasiado bien qué queremos nosotros. Y ojo, a veces ambas cosas coinciden. Quiero hacer algo y además considero que es correcto. Fantástico. El conflicto aparece cuando no coinciden. Ahí empieza la verdadera conversación. ¿Qué hago si quiero algo que contradice una expectativa familiar? ¿Qué pasa si una decisión que considero legítima decepciona a alguien? ¿Qué pasa si aquello que me hace bien no coincide con la imagen que construí de mí mismo durante treinta años? ¿Qué pasa si mi deseo contradice una idea que yo mismo defendí públicamente?
Esta última me parece especialmente interesante, porque la vigilancia interna no cuida solamente la moral. También puede cuidar la coherencia de nuestra identidad. Si durante años dije “yo jamás haría esto”, ¿qué pasa si un día quiero hacerlo? Si enseñé determinada idea, si defendí una concepción de la vida, si construí una identidad alrededor de ciertos valores, puede resultar extremadamente difícil admitir una experiencia que no encaja. Y entonces tengo dos posibilidades: revisar algo de lo que pensaba o intentar que la experiencia se comporte de manera más conveniente.
Qué desubicadas son las experiencias, realmente. Uno pasa treinta años construyendo un sistema conceptual impecable y de repente aparece una emoción que no leyó el programa de la materia.
En el amor esto puede ser tremendo. Capaz me gusta alguien y, antes de preguntarme qué siento realmente, empiezo a analizar qué debería sentir. ¿Es correcto? ¿Es prudente? ¿Qué consecuencias tendría? ¿Qué responsabilidad tengo frente al otro? Todas preguntas válidas. Pero me interesa agregar una anterior que muchas veces desaparece: ¿qué quiero yo? No para obedecer automáticamente ese deseo, sino para que por lo menos exista en la conversación. Porque si no lo reconozco, ¿qué estoy evaluando? Para tomar una decisión ética necesito conocer también aquello sobre lo que estoy decidiendo. Si mi deseo tiene prohibido hablar, mi deliberación moral empieza con un expediente incompleto.
Entonces podría decir: “Quiero esto. Ahora veamos qué hago con ello”. Para mí esa frase cambia muchísimo respecto de “no debería querer esto”. En la primera puedo asumir responsabilidad. En la segunda ya empecé castigándome por sentir.
Y también puede pasar lo contrario. Capaz hay una relación que ya no quiero y sigo porque siento que irme sería hacer sufrir a alguien. Entonces aparece “lo correcto”, “la responsabilidad”, “no puedo hacerle esto”. Y sí, por supuesto que tenemos responsabilidad sobre cómo tratamos a las personas. Pero me pregunto: ¿es responsable permanecer en un vínculo que no quiero solamente para evitar que el otro atraviese un dolor? ¿O a veces confundimos responsabilidad con hacernos cargo de todas las emociones que nuestras decisiones puedan producir en otros?
Esa diferencia me parece enorme. Yo soy responsable de hablar con respeto, de no manipular, de no engañar, de tratar de no dañar innecesariamente. No puedo ser responsable de conseguir que nadie sufra nunca por una decisión mía. Porque entonces la única forma de no decepcionar jamás a nadie sería vivir exactamente como todos esperan. Y necesitaríamos un calendario bastante grande para coordinar expectativas.
En las amistades también aparece. ¿Cuántas veces decimos que sí porque “queda mal” decir que no? ¿Cuántas veces vamos a un lugar donde no queremos ir porque “es mi amigo, tengo que estar”? Y puede ser que efectivamente queramos acompañarlo porque valoramos esa amistad. Perfecto. Pero también podemos preguntarnos: ¿estoy eligiendo hacer este esfuerzo o siento que no tengo derecho a negarme? Porque una cosa es responsabilidad afectiva y otra bastante distinta es estar disponible permanentemente para demostrar que somos buenos amigos.
Y el trabajo es un laboratorio espectacular para el “debería”. Tengo que poder con todo. Tengo que contestar rápido. Tengo que hacerlo perfecto. Si alguien me pide algo debería resolverlo. No puedo decir que no sé. No puedo dejar una tarea para mañana. No puedo equivocarme porque se supone que soy bueno en esto. Y muchas veces esas reglas ni siquiera están escritas en ningún lugar. Capaz nadie nos pidió semejante cosa. Somos nosotros los que montamos una AFIP emocional interna y nos hacemos auditorías sorpresa.
Entonces podríamos preguntarnos en el trabajo: ¿qué obligaciones son reales y cuáles me las impuse yo? ¿Mi jefe realmente espera esto o yo creo que debería hacerlo? ¿Alguien me pidió que estuviera disponible a las once de la noche o decidí que ser responsable significa responder siempre? ¿Puedo decir “esto no llego a hacerlo” sin sentir que soy incompetente? ¿Puedo entregar un trabajo bueno sin sentir que si no es extraordinario estoy fallando?
Porque además esta vigilancia puede recibir muchísimo reconocimiento externo. “Siempre cumple”. “Nunca falla”. “Es súper responsable”. “Podés contar con él para todo”. Y debe ser lindo que digan eso de uno. Ahora, ¿qué pasa si para sostener esa imagen no podemos nunca decir “hoy no puedo”? ¿Qué ocurre cuando aquello que los demás admiran empieza a convertirse en una cárcel nuestra?
Y acá me parece importante preguntarnos algo que no siempre hacemos: ¿quién me está mirando cuando nadie me está mirando? Porque ese tribunal funciona aunque no haya público. Terminé una tarea y pienso que podría haberla hecho mejor. Tomé una decisión y paso tres días revisando si fui suficientemente justa. Dije algo y reconstruyo mentalmente la conversación para comprobar si estuve mal. Descansé una tarde y aparece culpa porque podría haber aprovechado el tiempo. ¿Quién está tomando examen?
Y otra pregunta: ¿qué tendría que hacer para finalmente aprobar? Porque ésta es terrible. Si nunca alcanza, si después de cada esfuerzo aparece otro “sí, pero podrías haber…”, quizá el problema no sea nuestra conducta. Capaz construimos un tribunal cuyo sistema está diseñado para no absolver nunca.
Eso también puede pasar con nuestras ideas políticas, filosóficas o morales. Capaz tenemos un marco muy fuerte acerca de cómo debería actuar una persona coherente con determinadas convicciones. Y eso puede orientarnos muchísimo. El problema aparece si cada experiencia personal tiene que demostrar primero que encaja perfectamente con ese marco. ¿Puedo descubrir algo que contradiga parcialmente lo que pienso sin acusarme inmediatamente de incoherencia? ¿Puedo cambiar de posición? ¿Puedo decir “pensé esto durante años y ahora esta experiencia me obliga a revisar algo”? ¿O necesito encontrar una explicación que me permita incorporar la experiencia sin modificar nada?
Porque hay una diferencia enorme entre tener principios y quedar preso de una imagen de coherencia absoluta. Las personas cambiamos. Aprendemos. Aparecen situaciones que no habíamos contemplado. Si una idea no puede ser revisada por ninguna experiencia, ya no sé si la estamos usando para comprender la realidad o para protegernos de ella.
Y acá también entra la culpa. No quiero meterme todavía en un capítulo entero sobre culpa porque nos vamos a otra selva, pero sí preguntarnos algo: ¿qué pasa inmediatamente después de hacer algo que queremos? ¿Podemos disfrutarlo o enseguida empieza la auditoría? ¿Estuve bien? ¿Fui egoísta? ¿Tendría que haber pensado más en los demás? ¿Qué significa esto de mí? Hay personas que antes de tomar una decisión sienten angustia y, una vez tomada, sienten culpa. O sea, la decisión está en sandwich emocional. Hermoso negocio.
Entonces quizá haya que empezar a diferenciar culpa útil de culpa automática. Si hice algo que efectivamente dañó a alguien de una manera que considero injusta, la culpa puede darme información. Puedo reparar, pedir disculpas, aprender. Pero si siento culpa cada vez que elijo algo que no coincide con lo que alguien esperaba de mí, capaz esa emoción ya no está funcionando solamente como brújula ética. También puede estar custodiando obediencias antiguas.
Y ahí volvemos a aquellas primeras experiencias, pero sin buscar culpables. ¿Qué pasaba cuando decepcionábamos a alguien importante? ¿Era tolerable? ¿Podíamos decir “no quiero”? ¿Qué reacción recibíamos cuando elegíamos algo distinto? ¿Había caras largas, silencios, enojo, decepción? ¿Aprendimos que hacer lo que queríamos podía lastimar a quien nos quería? ¿Éramos chicos particularmente atentos al estado emocional de los adultos y tratábamos de no preocuparlos? ¿Aprendimos que ser responsables también significaba cuidar emocionalmente a todos alrededor?
Capaz de ahí queda algo muy fuerte: “Si el otro está mal por algo que hice, yo hice algo mal.” Pero no siempre es así. Puedo poner un límite y alguien puede enojarse. Puedo rechazar una propuesta laboral y mi jefe puede decepcionarse. Puedo no querer una relación y el otro puede entristecerse. Puedo cambiar una idea y alguien puede sentirse traicionado. La emoción del otro es información que debo considerar. No siempre es un veredicto sobre mi conducta. Esto, para mí, es dificilísimo y fundamental.
Entonces una pregunta que podríamos empezar a usar es: ¿soy responsable de haber actuado de determinada manera o me estoy sintiendo responsable de controlar cómo se siente el otro frente a mi decisión? Porque en la segunda tarea estamos fritos. No podemos.
Y quizás otra distinción importante sea entre responsabilidad y obediencia. Ser responsable implica poder explicar una decisión, asumir sus consecuencias, reparar cuando corresponde y reconocer al otro como alguien con derechos y deseos propios. Obedecer es otra cosa. Puedo obedecer perfectamente una regla y no haber pensado nada. De hecho, a veces la ética empieza precisamente cuando las reglas no alcanzan y tenemos que tomar posición.
Entonces quizá la pregunta “¿qué corresponde?” necesite algunas compañeras. ¿Qué quiero? ¿A quién afecta? ¿Qué responsabilidad tengo realmente? ¿Qué parte depende de mí y cuál pertenece a los demás? ¿Qué valor estoy intentando cuidar? ¿Qué costo tiene para mí esta decisión? ¿Estoy evitando hacer daño o evitando que alguien se incomode? ¿Hay una norma concreta que estoy respetando o una voz interna que simplemente dice “esto no se hace”? ¿De dónde aprendí esa voz? ¿Todavía estoy de acuerdo con ella?
Esta última me parece central: ¿estoy de acuerdo hoy con las reglas internas que sigo obedeciendo? Porque algunas las incorporamos cuando teníamos seis años. O doce. O veinte. Y capaz nadie volvió a actualizar el reglamento.
Podemos tener un código interno escrito por personas que ya ni siquiera están, por una escuela que dejamos hace cuarenta años, por una cultura que nosotros mismos cuestionamos o por una versión nuestra que ya cambió. Entonces quizás de vez en cuando haya que hacer una reforma constitucional interna. No para eliminar todas las leyes y vivir como salvajes. Para revisar cuáles siguen teniendo sentido.
Podemos hacer un ejercicio con algún “debería” que aparezca mucho. “Debería poder solo”, “debería hacerme cargo”, “no debería sentir esto”, “debería estar disponible”, “debería decidir de determinada manera”. Y preguntarnos: ¿quién me enseñó esto? ¿Para qué servía originalmente? ¿Qué valor intenta proteger? ¿Sigo compartiendo ese valor? ¿Existe otra manera de cuidarlo que no implique exigirme esto? ¿Qué pasaría si no cumpliera esta regla una vez? ¿A quién decepcionaría? ¿Qué temo que esa decepción diga sobre mí?
Y otra pregunta que me gusta muchísimo: si otra persona que quiero estuviera exactamente en mi situación, ¿le exigiría lo mismo que me estoy exigiendo yo? Porque somos fenómenos increíbles. Un amigo viene destruido y le decimos: “Che, hacé lo que puedas, sos humano, descansá”. Nosotros tenemos fiebre de cuarenta y pensamos: “Podría adelantar un par de mails”.
¿De dónde salió esa diferencia?
También podríamos probar algo muy concreto: antes de decidir, poner en la conversación tres voces en vez de una. “¿Qué quiero?”, “¿qué considero responsable?” y “¿qué temo que ocurra si hago lo que quiero?”. Porque muchas veces el miedo se disfraza de responsabilidad. No digo lo que siento “porque no quiero complicar al otro”. Perfecto. ¿Seguro que es solamente por él? ¿O también me da terror la respuesta? No pido un aumento “porque la empresa está complicada”. Puede ser. ¿O también temo que me digan que no? No reviso determinada idea “por coherencia”. Puede ser. ¿O tengo miedo de perder algo de mi identidad?
No se trata de desconfiar de todos nuestros principios. Se trata de hacerlos conversar también con nuestras emociones, nuestros deseos y nuestros miedos. Y quizá ahí aparece una responsabilidad mucho más interesante. No la del sujeto que cumple perfectamente todas las reglas internas, sino la de alguien que puede mirar una situación compleja y decir: “Quiero esto. Entiendo que tiene estas consecuencias. Hay otras personas involucradas. Tengo estos límites. Hay cosas que me dan miedo. Con todo eso voy a decidir”.
A mí eso me parece bastante más adulto que esperar una autorización moral absoluta. Porque a veces el famoso “¿qué corresponde hacer?” puede esconder una fantasía parecida a las que venimos viendo: que exista una respuesta tan correcta que nos quite de encima el peso de elegir.
Pero la ética no siempre nos ahorra la decisión. A veces la vuelve más difícil. Puedo tener dos opciones legítimas. Puedo hacer algo responsable que igualmente lastime a alguien. Puedo elegir algo para mí sin que eso sea egoísmo. Puedo incluso equivocarme intentando hacer lo correcto. Y ahí aparece una pregunta que me parece preciosa: ¿puedo ser una buena persona sin hacer siempre aquello que los demás esperan de mí? Porque si la respuesta es no, estamos complicados. Y otra todavía más difícil: ¿puedo hacer algo que considero correcto aunque alguien importante para mí piense que estoy equivocado?
Ahí se prueba bastante nuestra autonomía. No cuando hacemos lo que queremos y todos aplauden. Cuando elegimos sabiendo que alguien puede no entender.
Quizás hemos aquí encontrando la posibilidad de que esa virtud se vuelva una forma de vigilancia interna cuando cada deseo tiene que presentarse ante un tribunal para justificar por qué merece existir. Quizá la salida no sea dejar de preguntarnos “¿qué corresponde?”. Yo no quiero dejar de hacerme esa pregunta. Me importa. La salida podría ser no dejarla sola. Que se siente a conversar con “¿qué quiero?”, con “¿qué siento?”, con “¿qué temo?”, con “¿qué consecuencias reales tiene esto?” y con “¿qué estoy eligiendo yo?”.
Y entonces, cuando aparezca esa voz que dice “esto no deberías sentirlo”, quizá podamos responderle algo bastante simple: “No estoy decidiendo todavía qué voy a hacer. Estoy reconociendo lo que me pasa”.
Porque tener un deseo no es cometer un delito. Sentir una emoción no es tomar una decisión. Y quizás solamente cuando dejamos de juzgarnos por lo que sentimos podemos empezar a responsabilizarnos verdaderamente por lo que hacemos. Ahí el tribunal puede seguir existiendo. Pero por lo menos, de vez en cuando, levanta la sesión.
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Freud: The Ego and the Id. Fuente de Freud sobre yo, ello y superyó
Karen Horney: Neurosis and Human Growth, capítulo “The Tyranny of the Should”. Fuente de Horney
