Hay algo que me parece bastante central en toda esta historia de la indecisión y que merece un capítulo aparte porque, cuando lo miramos bien, explica un montón de vueltas que damos antes de elegir: el miedo al error. Pero no estoy hablando solamente de que a nadie le encanta equivocarse. Obvio que si puedo elegir entre tomar una buena decisión y una pésima, prefiero la buena. El problema aparece cuando el error deja de ser simplemente información sobre una decisión y empieza a sentirse como información sobre quién soy yo. Ya no es “elegí algo que no funcionó”. Es “fallé”. Y si además doy un pasito más, puede convertirse en algo todavía peor: “soy un fracaso”. Ahí la decisión empieza a cargar un peso que no tenía, porque ya no estoy eligiendo solamente qué hacer. Siento que también estoy rindiendo examen sobre mi inteligencia, mi coherencia, mi capacidad, mi valor o la imagen que tengo de mí misma.
Y entonces aparece una estrategia bastante lógica: si equivocarme puede decir algo tan grave sobre mí, mejor no equivocarme. Hasta ahí parecería razonable. El pequeño inconveniente es cómo hacemos para garantizarlo. Entonces empiezo a pensar más, revisar más, preguntar más, esperar más información, imaginar escenarios, buscar contradicciones y tratar de llegar a un grado de seguridad tan alto que el error quede prácticamente eliminado. Pero esa seguridad absoluta no llega. Nunca. Y ahí puedo pasar de querer tomar una buena decisión a no poder cerrar ninguna decisión porque sigo esperando una certeza imposible.
Carol Dweck trabajó durante décadas sobre algo que me parece muy útil para entender esto: la diferencia entre concebir nuestras capacidades como algo fijo y entenderlas como algo que puede desarrollarse. Cuando creemos que determinadas capacidades dicen quiénes somos de una manera casi definitiva, equivocarnos puede volverse amenazante porque el error parece revelar una verdad sobre nosotros. Si soy “la inteligente”, no entender algo puede poner en peligro esa identidad. Si soy “el responsable”, una mala decisión puede sentirse como una falla personal. Si soy “el que siempre sabe”, decir “no sé” puede resultar muchísimo más difícil de lo que parece. En cambio, cuando el error forma parte de aprender, cambia el significado. No necesariamente me encanta, pero deja de ser una sentencia.
Y esto me hace pensar cuánto aprendemos sobre equivocarnos mucho antes de tomar las grandes decisiones de la vida. No hace falta imaginar una infancia dramática. Pensemos en la escuela, por ejemplo. ¿Qué pasaba cuando respondíamos algo mal delante de todos? ¿La maestra decía “bueno, probemos de nuevo” o sentíamos que acabábamos de protagonizar una tragedia nacional? ¿Los compañeros se reían? ¿Nos daba vergüenza levantar la mano si no estábamos seguros? ¿Éramos de esos chicos que sabían la respuesta pero igual esperaban que hablara otro primero para comprobarla? Porque ahí ya se empieza a construir algo: quizá no me molesta no saber, lo que me molesta es que los demás vean que no sé.
Y también está el reconocimiento. ¿Por qué cosas nos felicitaban? ¿Por intentar? ¿Por aprender? ¿Por resolver? ¿Por sacar diez? ¿Qué pasaba cuando sacábamos un siete después de haber sacado siempre diez? ¿Se vivía como “bueno, esta vez fue un siete” o parecía que la Bolsa de Nueva York acababa de caer por nuestra culpa? Capaz nadie nos dijo literalmente “solo valés si hacés todo bien”, pero uno puede ir armando asociaciones mucho más finas. Cuando acierto recibo aprobación, cuando fallo siento decepción, entonces lentamente puedo aprender que hacer las cosas bien no es solamente un resultado deseable: también es una forma de sentirme seguro respecto de quién soy.
Martin Covington desarrolló una teoría muy interesante sobre la relación entre rendimiento y autoestima que va bastante por ahí. Estudió cómo, especialmente en contextos donde el rendimiento importa mucho, podemos intentar proteger nuestro sentido de valor evitando situaciones que podrían demostrar incapacidad. Y acá aparece una paradoja preciosa porque el miedo a fracasar puede generar conductas que desde afuera parecen no tener nada que ver con el miedo. Postergar, no intentarlo del todo, dejar opciones abiertas o prepararse infinitamente pueden funcionar como maneras de evitar una prueba definitiva. Porque mientras no cierro la decisión, todavía puedo pensar que habría elegido perfectamente si hubiese tenido un poquito más de tiempo.
Es fantástico para proteger la autoestima. Malísimo para vivir.
Por ejemplo, quiero presentarme a un trabajo. Cumplo bastante con lo que piden, pero veo tres requisitos donde no soy perfecta. Entonces sigo formándome. Hago un curso. Después otro. Después pienso que debería mejorar el inglés. Después que quizás primero tendría que actualizar LinkedIn. Después descubro otra certificación. Dos años después soy prácticamente astronauta, pero todavía no mandé el currículum. ¿Realmente me faltaba preparación o había algo en mí que no quería escuchar un posible “no”?
Porque el “no” podría significar simplemente “eligieron a otra persona”. Pero si yo lo traduzco como “no soy suficientemente buena”, el riesgo emocional cambia completamente.
Y esto en el trabajo aparece de mil maneras. ¿Cuántas veces no pedimos un aumento porque primero queremos tener un argumento absolutamente imposible de rechazar? ¿Cuántas veces no presentamos una idea hasta que está perfecta? ¿Cuántas veces seguimos revisando una propuesta porque sentimos que si hay un error van a descubrir que en realidad no somos tan buenos como creen? ¿Cuánto de nuestro perfeccionismo realmente mejora nuestro trabajo y cuánto intenta impedir que alguien tenga algo para cuestionarnos?
Incluso podemos volvernos bastante creativos para protegernos. Si entrego algo tarde porque “todavía lo estaba mejorando”, siempre puedo decirme que el resultado no refleja completamente lo que habría sido capaz de hacer. Si no lanzo un proyecto, nunca descubro si funcionaba o no. Si no me postulo, nadie me rechaza. Si no pregunto, nadie me dice que no. Una maravilla: conseguimos una tasa de fracaso del cero por ciento. También una tasa de éxito bastante parecida.
En los vínculos pasa algo muy parecido, aunque las notas no vienen con boletín. Capaz quiero acercarme a alguien y empiezo a preguntarme si es una buena idea, si interpreté correctamente, si la otra persona siente lo mismo, si estoy confundiendo algo, si debería esperar. Y puede haber preguntas reales ahí. El asunto es cuándo empiezo a pedirle a toda esa investigación una garantía: quiero saber que si me acerco no voy a quedar en ridículo, que no me van a rechazar, que después no voy a arrepentirme. Porque si recibo un “no”, ¿qué significa para mí? ¿“Esta persona no quiere lo mismo que yo”? ¿O “fui un idiota por haberme expuesto”?
No es lo mismo. Una respuesta habla del encuentro entre dos personas. La otra convierte el resultado en juicio sobre mí.
Y ahí quizás aparezca una pregunta bastante útil: ¿qué creo que demuestra un error sobre mí? Porque muchas veces el miedo se vuelve muchísimo más comprensible cuando terminamos esa frase. Si me equivoco, significa que soy… ¿qué? ¿Tonto? ¿Irresponsable? ¿Incoherente? ¿Débil? ¿Ingenuo? ¿Que no aprendí nada? ¿Que después de tantos años todavía no debería estar cometiendo estos errores?
Esta última tiene veneno. “Yo a esta altura ya debería saber.” ¿A qué altura? ¿Hay una edad en la que nos entregan el manual definitivo para no equivocarnos más y yo falté ese día?
Porque además podemos ser muy indulgentes con el aprendizaje de los demás y bastante salvajes con el propio. Una amiga cambia de trabajo, no funciona y le decimos: “Bueno, probaste, ahora sabés algo que antes no sabías”. Nos pasa a nosotros y empezamos: “¿Cómo no me di cuenta? Era obvio. Tendría que haberlo previsto”. Claro, con el resultado puesto casi todo parece obvio. La retrospectiva es una señora insoportable.
Entonces otra pregunta importante podría ser: ¿estoy juzgando la decisión que tomé con la información que tenía entonces o con la información que tengo ahora? Porque no vale hacer trampa. Si algo solamente se volvió evidente después, no puedo acusar a mi yo anterior de no haber viajado al futuro para averiguarlo.
Y esto me lleva a algo que me parece fundamental: una mala consecuencia no demuestra necesariamente una mala decisión. Puedo tomar una decisión muy razonable con los datos disponibles y que salga mal. Y puedo tomar una decisión bastante irresponsable y que salga espectacularmente por casualidad. Si cruzo una avenida con los ojos cerrados y llego viva, no desarrollé una nueva técnica de seguridad vial. Tuve suerte.
Entonces quizá aprender a decidir implique también aprender a evaluar el proceso y no solamente el resultado. ¿Qué sabía cuando elegí? ¿Qué alternativas tenía? ¿Qué riesgos evalué? ¿Actué de acuerdo con lo que consideraba importante? ¿Había información que deliberadamente ignoré? ¿O estoy llamando “error” a algo que simplemente no produjo el resultado que esperaba?
Porque si cada resultado negativo se convierte automáticamente en una prueba de que elegimos mal, vamos a terminar intentando controlar variables que ninguna persona puede controlar.
Y acá también aparece la familia, pero de otra manera. ¿Cómo se manejaban los errores en casa? ¿Había lugar para decir “me equivoqué” sin que se armara un juicio oral? ¿Los adultos podían reconocer sus propios errores? ¿Alguna vez escuchábamos “tenías razón, yo estaba equivocado”? Porque eso también enseña muchísimo. Un adulto que puede decir “me equivoqué” le está mostrando a un chico que reconocer un error no destruye la autoridad, la dignidad ni la identidad. En cambio, si nadie puede equivocarse, todos tenemos que desarrollar un departamento de prensa para justificar cada decisión.
También podemos aprender algo del famoso “viste que te dije”. Ya apareció antes, pero acá tiene otro sentido. Si cada vez que elegíamos algo y salía mal aparecía “yo sabía”, quizá el error deja de ser simplemente una experiencia y se convierte en una confirmación de que deberíamos haber obedecido. Entonces después, antes de elegir solos, podemos escuchar internamente esa voz: “¿Y si después resulta que tenían razón?”. Y otra vez aparece la tentación de consultar, esperar, seguir revisando, porque quizá alguien sepa mejor.
Esto también puede ocurrir con nuestras ideas. Si yo construí durante años una posición intelectual y descubro que estaba equivocada en algo, ¿qué hago? ¿Puedo decir “bueno, esto que pensaba necesita revisión”? ¿O siento que reconocer un error pone en cuestión todo mi recorrido? Porque cuanto más prestigio, tiempo o identidad invertimos en una idea, más caro puede sentirse modificarla. Y entonces podemos defender no solamente una conclusión, sino nuestra propia historia.
Ahí aparece una pregunta que me parece bastante incómoda: ¿prefiero descubrir que estoy equivocado o conservar la tranquilidad de sentir que siempre fui coherente? Porque decimos que queremos conocer la verdad, pero la verdad a veces tiene una pésima costumbre de contradecirnos. Y una cosa es reivindicar el pensamiento crítico cuando cuestionamos a otros. Otra bastante más deportiva es usarlo contra una idea nuestra que nos encanta.
Con las relaciones pasa igual. ¿Puedo admitir “me equivoqué con esta persona”? ¿O necesito convertir lo sucedido en una teoría donde, de alguna manera, mi decisión original siga estando completamente justificada? ¿Puedo reconocer “pensé que quería esto y después descubrí que no”? Porque también existe el derecho a descubrirnos durante la experiencia. No todo cambio de opinión significa que antes éramos falsos. A veces simplemente sabemos algo ahora que antes no sabíamos.
Entonces quizás una de las cosas que tenemos que revisar sea la relación entre error e identidad. Yo cometo errores. No soy un error. Tomo decisiones que pueden salir mal. Eso no convierte automáticamente mi capacidad de decidir en defectuosa. Y parece una diferencia semántica chiquita, pero psicológicamente puede ser enorme.
Porque si cada error amenaza quién soy, voy a defenderme muchísimo de la posibilidad de cometerlo. Pero si el error puede incorporarse a mi historia como información, entonces quizá pueda empezar a arriesgar un poco más. No a hacer cualquier cosa. A arriesgarme a no saber.
Y acá aparece un ejercicio que me parece bastante útil. Pensar en alguna decisión que llevemos mucho tiempo postergando y preguntarnos: ¿qué es exactamente lo que temo que ocurra si elijo mal? Después seguir un poco más. Supongamos que ocurre. ¿Qué significaría para mí? ¿Tendría consecuencias concretas que realmente son graves o principalmente sentiría vergüenza, culpa o decepción conmigo? ¿La decisión es reversible? ¿Qué podría hacer para reparar si no funciona? ¿Qué aprendería? ¿Estoy tratando todas las decisiones como si fueran irreversibles cuando muchas permiten corregir el rumbo?
Porque también hacemos eso. Elegir restaurante un sábado se transforma en la Conferencia de Yalta. “¿Y si no nos gusta?”. Bueno, comemos una pizza mediocre y volvemos a casa. No redefinimos Europa.
Entonces quizá podemos empezar a clasificar mentalmente las decisiones según su reversibilidad. Hay decisiones que efectivamente tienen consecuencias enormes y merecen muchísimo análisis. Pero hay otras en las que podemos probar. Podemos hacer una versión pequeña. Podemos corregir. Podemos volver atrás. Podemos aprender durante el recorrido. Y si tratamos todas como si fueran cirugía cardíaca, la vida se vuelve bastante lenta.
En el trabajo, puedo probar un nuevo servicio con cinco clientes antes de reorganizar toda mi empresa. Puedo postularme a un puesto sin estar obligada a aceptarlo después. Puedo pedir una reunión antes de decidir renunciar. En una relación, puedo decirle a alguien “me gustaría conocerte más” sin estar proponiendo pasar juntos los próximos sesenta años. Puedo iniciar una conversación y después ver qué aparece. Muchas veces nuestra cabeza convierte un pequeño movimiento en una decisión definitiva y después se asusta del monstruo que ella misma fabricó.
Otra pregunta que me parece buenísima es: ¿qué aprendí gracias a equivocaciones que nunca habría aprendido si hubiese seguido esperando? Porque solemos llevar una contabilidad bastante injusta. Recordamos los errores como pérdidas, pero rara vez calculamos todo lo que produjeron. ¿Qué persona conocí por haber tomado un camino que después abandoné? ¿Qué habilidad desarrollé en un trabajo que no resultó ser para mí? ¿Qué descubrí sobre mis límites en una relación que terminó? ¿Qué idea tuve que revisar porque una experiencia me contradijo?
No estoy romantizando el error. Algunos errores son dolorosos y algunos tienen consecuencias muy serias. No hace falta ponerles glitter y decir “todo pasa por algo”. Hay cosas que preferiríamos no haber vivido. La cuestión es qué hacemos una vez que sucedieron. ¿Los convertimos en condena o en información?
Y quizá también tengamos que revisar cómo hablamos con nosotros cuando nos equivocamos. Porque a veces tenemos un pequeño instructor militar interno que aparece inmediatamente: “¿Cómo pudiste hacer esto?”. Podemos probar con una pregunta muchísimo más útil: “¿Qué no sabía cuando decidí?”. O “¿qué dato subestimé?”. O “¿qué parte de mí estaba decidiendo?”. O “¿qué haría diferente si volviera a encontrarme con algo parecido?”. Eso produce aprendizaje. “Soy un pelotudo” produce poco conocimiento nuevo, aunque tenga una enorme popularidad metodológica.
Y hay otra cosa que me interesa muchísimo: el miedo al error puede disfrazarse de prudencia. Podemos decir “estoy siendo cuidadoso” cuando en realidad estamos esperando eliminar todo margen de equivocación. Entonces podríamos preguntarnos: ¿esta reflexión está mejorando mi decisión o simplemente está retrasando el momento en que voy a tener que asumir que no existe garantía? ¿Apareció alguna información nueva durante las últimas cinco vueltas? ¿Qué tendría que saber para considerar suficiente lo que sé? ¿Tengo un criterio real de cierre o solamente voy a parar cuando deje de tener miedo?
Porque si espero no tener miedo, capaz nunca cierro.
Y la paradoja es que no decidir tampoco nos protege del error. Podemos equivocarnos por hacer algo y podemos equivocarnos por no hacerlo. Podemos arrepentirnos de haber cambiado de trabajo y también de habernos quedado. Podemos lamentar haber hablado y también haber callado. Podemos sufrir por una relación que iniciamos y por una que jamás nos permitimos explorar.
Entonces aparece una pregunta un poquito incómoda: ¿por qué tratamos el error de actuar como un error verdadero y el error de no actuar como si no contara?
Si no mando el proyecto y cinco años después descubro que había una oportunidad, eso también tuvo un costo. Si nunca digo algo y después la situación cambia, eso también forma parte de mi elección. La omisión no viene con inmunidad moral simplemente porque no hicimos ruido.
Y esto conecta con algo que venimos trabajando desde el comienzo: si necesito estar absolutamente seguro antes de cerrar una decisión, puedo pasar años pensando. El pensamiento me da una sensación de actividad y al mismo tiempo mantiene abierta la posibilidad de no equivocarme. Mientras no cierro, todavía no fallé.
Pero tampoco avancé.
Entonces quizá haya un momento en que tengamos que aceptar una verdad bastante poco glamorosa: ser autónomos también significa tener derecho a equivocarnos. No solamente derecho a elegir bien. Derecho a elegir con información incompleta, descubrir algo nuevo, revisar y volver a elegir. Eso no elimina la responsabilidad. Al contrario. Ser responsable también implica poder decir: “Tomé esta decisión. No funcionó como esperaba. ¿Qué hago ahora?”. No necesito negar el error ni destruirme por haberlo cometido.
Quizás a veces no nos asusta tanto que una elección salga mal. Nos asusta lo que creemos que ese resultado va a decir sobre nosotros.
Entonces algunas preguntas que me llevaría de este capítulo serían éstas: ¿qué significa para mí equivocarme? ¿Cómo reaccionaban los adultos y mis compañeros cuando me equivocaba de chico? ¿Qué identidades construí alrededor de hacer las cosas bien? ¿Hay áreas donde me permito experimentar y otras donde siento que tengo que acertar a la primera? ¿Qué decisión estoy retrasando porque temo quedar en evidencia? ¿Qué es lo peor que pienso sobre mí cuando algo no funciona? ¿Le hablaría de la misma manera a alguien que quiero? ¿Qué decisiones estoy tratando como irreversibles aunque no lo sean? ¿Qué información real me falta y qué parte de mí simplemente quiere una garantía? ¿Estoy tratando de evitar un problema concreto o de evitar sentirme equivocado?
Y agregaría una última porque me parece particularmente importante: ¿qué elegiría si supiera que equivocarme no me convierte en alguien equivocado? No significa que esa respuesta sea automáticamente lo que tengamos que hacer. Pero capaz nos muestra algo.
Porque quizá la seguridad que estamos buscando no consista en aprender a tomar decisiones sin errores. Eso no existe. Tal vez consista en construir suficiente confianza como para saber que, si una decisión no funciona, no tengo que destruirme para poder corregirla.
Puedo decir: “Esto no salió como esperaba. Veamos qué aprendí, qué puedo reparar y qué quiero elegir ahora”.Y seguir. Porque una vida en la que nunca nos equivocamos probablemente no sea una vida extraordinariamente sabia. Probablemente sea una vida en la que intentamos muy pocas cosas.
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Carol Dweck: perfil académico de Stanford con su línea de investigación sobre autoconceptos, motivación y autorregulación. Investigación de Carol Dweck, Stanford
Martin Covington: explicación de su trabajo sobre miedo al fracaso, competencia y autovalor. Martin Covington, UC Berkeley
