Hay una pregunta que viene apareciendo desde el primer capítulo y que, si lo pienso, estuvo dando vueltas por prácticamente todos los temas que fuimos tocando: “¿qué hacer?”. Parece una pregunta completamente práctica. Tengo un problema, descubro algo sobre mí, encuentro una contradicción y entonces pregunto qué hago con eso. Hasta ahí no habría ningún misterio. Pero después de todo lo que venimos preguntando, ya no estoy tan segura de que cada vez que decimos “¿qué hago?” estemos preguntando solamente por una acción. Capaz adentro de esas tres palabras hay unas cuantas preguntas escondidas haciendo ruido.

Porque “¿qué hago?” puede querer decir realmente “¿cuál es la mejor opción?”. Pero también puede significar “¿quién me dice que esto está bien?”, “¿cómo sé que no me voy a equivocar?”, “¿qué decisión me garantiza que no voy a sufrir?”, “¿cómo hago para que nadie salga lastimado?”, “¿qué elegiría una persona verdaderamente responsable?”, “¿cuál de todas estas opciones es objetivamente correcta?”. Y de pronto una pregunta que parecía bastante sencilla se convirtió en una licitación pública de la existencia.

Entonces me pregunto si a veces no estamos esperando que alguien nos entregue una respuesta que quite de la decisión justamente aquello que la convierte en una decisión: que somos nosotros quienes tenemos que elegir sin conocer completamente el resultado. Porque si hubiera una única respuesta objetivamente correcta y yo pudiera descubrirla, en realidad no tendría demasiado que decidir. Tendría que identificarla y obedecerla. Se acabó el problema. El médico encuentra la bacteria, da el antibiótico indicado y listo. Pero una buena parte de las decisiones personales no funcionan así.

Pensemos en algo cotidiano. Me ofrecen dos trabajos. Uno tiene mejor sueldo y más estabilidad, pero el otro me entusiasma mucho más y abre posibilidades que me interesan. ¿Cuál es el correcto? Podemos conseguir información. Podemos mirar horarios, dinero, posibilidades de crecimiento, distancia, condiciones, riesgos. Todo eso ayuda. Pero en algún momento aparece algo que ningún Excel puede resolver: ¿qué estoy dispuesto a priorizar en este momento de mi vida? Porque probablemente ninguna de las dos opciones gane en todas las categorías.

En una relación pasa igual. Me gusta alguien y quiero acercarme, pero también tengo miedo, dudas o circunstancias que tengo que considerar. Puedo pensar muchísimo, hablar con amigos, revisar mi historia, preguntarme qué estoy proyectando, mirar qué señales hay. Todo eso puede ayudarme. Pero probablemente no exista un autor en la biblioteca que pueda abrir en la página 247 y encontrar: “Romi, martes 14, 18:32, mandá el mensaje”. Una falta total de servicio por parte de la filosofía, dicho sea de paso.

Entonces quizás el famoso “¿qué hacer?” se vuelve especialmente difícil cuando creemos que decidir bien significa eliminar previamente toda posibilidad de equivocarnos. Y eso conecta directamente con el capítulo anterior. Si una equivocación pone en cuestión mi identidad, si siento que elegir algo que después no funciona demuestra que soy incoherente, irresponsable o poco inteligente, voy a intentar que la decisión venga con certificado de garantía. Y cuando nadie puede dármelo, vuelvo a preguntar. “¿Pero vos qué harías?” “¿Seguro?” “¿Y si pasa esto?” “¿Y si después…?” Entonces el problema ya no es que no tenga información. Capaz estoy tratando de conseguir autorización.

Y esto no aparece de la nada. Podemos aprender desde bastante chicos a buscar afuera la respuesta correcta. En la escuela había respuestas que efectivamente eran correctas o incorrectas. Dos más dos no era una cuestión de posicionamiento subjetivo. Si ponías cinco, estaba mal. Además había una maestra que sabía cuál era la respuesta antes de que vos levantaras la mano. Y eso está perfecto para aprender matemática. El tema es qué pasa si llevamos esa misma lógica a toda la vida: “Debe existir alguien que sabe la respuesta y mi tarea consiste en descubrir qué diría”.

También puede pasar en la familia. ¿Qué ocurría cuando decíamos “quiero hacer esto”? ¿Nos preguntaban por qué, nos ayudaban a pensar y después nos dejaban probar? ¿O aparecía rápidamente “hacé esto”, “eso no te conviene”, “yo que vos haría…”? ¿Qué aprendimos cuando elegíamos algo que los adultos no recomendaban y salía mal? ¿Podíamos decir “bueno, probé” o aparecía el glorioso “viste que te dije”? Porque después de suficientes “viste que te dije” uno desarrolla una afición bastante comprensible por consultar antes de moverse.

Y también aprendemos con nuestros amigos. Cuando éramos adolescentes, por ejemplo, ¿cuántas decisiones tomábamos realmente solos? “¿Le escribo?”, “¿qué le pongo?”, “¿vos decís que le gusto?”, “mandale vos”, “no, mejor preguntale a fulanita”. Hay historias de amor adolescente en las que participaron más intermediarios que en un tratado internacional. Y eso también nos enseña algo sobre decidir frente a la exposición: si puedo conseguir primero alguna garantía del grupo, me arriesgo un poco menos. El problema aparece si décadas después sigo sintiendo que para tomar determinadas decisiones alguien tiene que decirme primero “sí, está bien”.

Y acá me parece interesante traer a Edward Deci y Richard Ryan, los autores de la teoría de la autodeterminación. Ellos estudiaron durante décadas la autonomía humana y hay algo de su planteo que me parece muy útil: autonomía no significa simplemente hacer todo solo ni ignorar las opiniones ajenas. Tiene mucho más que ver con poder experimentar nuestras acciones como propias, como algo que asumimos y elegimos, incluso cuando recibimos consejos, información o ayuda. O sea, puedo escuchar a veinte personas y seguir tomando una decisión autónoma. El problema aparece si la decisión solamente adquiere legitimidad cuando alguien de afuera la aprueba.

Y eso cambia mucho la pregunta. Porque puedo consultar a alguien y decirle: “Ayudame a pensar”. Eso es completamente distinto de decir: “Decime qué hacer”. En el primer caso sigo siendo autora de la decisión. En el segundo puedo estar intentando alquilarle un rato la autoría a otra persona, preferentemente con cláusula de devolución si sale mal.

Y de ahí sale una pregunta bastante incómoda: ¿qué estoy esperando que haga el otro cuando le pregunto qué hacer? ¿Quiero que vea algo que yo no estoy viendo? ¿Quiero información que tiene y yo no? ¿Quiero pensar en voz alta? ¿Quiero compañía mientras decido? ¿O quiero que me quite de encima una parte del peso de elegir?

Porque cualquiera de las primeras puede ser muy valiosa. Hay decisiones donde consultar es fundamental. No quiero crear una filosofía de “no escuches a nadie y hacé lo que se te canta”. Si estoy por abrir un negocio y un contador me dice que mis números son delirantes, quizás convenga no responderle “estoy trabajando mi autonomía”. Escuchemos al contador. La diferencia está en que el contador puede decirme cuáles son los números. No puede decirme qué vida quiero construir.

Un amigo puede ayudarme a detectar algo raro en una relación. Un terapeuta puede ayudarme a reconocer patrones. Un profesor puede darme herramientas para pensar. Un autor puede enseñarme una manera extraordinaria de investigar un problema. Pero hay una frontera donde todos ellos se detienen.

Después aparezco yo.

Y esta parte me hace acordar a Irvin Yalom, que desde la psicoterapia existencial trabajó muchísimo la cuestión de la libertad, la responsabilidad y la elección. Una de las ideas centrales de esa tradición es que responsabilidad no significa solamente hacerse cargo después de que algo salió bien o mal. Tiene que ver con reconocernos como participantes en la construcción de nuestra propia vida. Y eso puede resultar bastante más angustiante que creer que existe una respuesta correcta esperando ser descubierta, porque si soy yo quien elige ya no tengo detrás una autoridad absoluta que me garantice que acerté.

Quizás por eso a veces buscamos una acción “objetivamente necesaria”. Si logro demostrar que no podía hacer otra cosa, desaparece una parte del conflicto. “Las circunstancias determinaban esto”. “Era lo único posible”. “No había alternativa”. Y algunas veces es verdad. Hay condiciones materiales que limitan muchísimo nuestras opciones. No somos seres mágicos flotando por encima de la realidad. Pero otras veces existen alternativas y lo que nos cuesta es admitir algo mucho más sencillo y mucho más comprometido: “entre varias cosas que podía hacer, elegí ésta”.

Eso en el trabajo es enorme. “No puedo dejar este trabajo”. ¿No podés realmente o elegís quedarte porque hoy priorizás determinada estabilidad? Son situaciones completamente diferentes. Capaz efectivamente no podés porque dependés de ese ingreso y no tenés ninguna alternativa material inmediata. Perfecto. Pero también puede ocurrir que sí existan movimientos posibles y que cada uno tenga un costo que todavía no querés asumir. Entonces “no puedo” a veces evita una frase bastante más incómoda: “por ahora elijo no pagar ese costo”.

Y reconocerlo no es maltratarnos. Al contrario. Devuelve capacidad de acción. Si digo “no puedo”, el tema quedó cerrado. Si digo “hoy elijo quedarme porque priorizo esto”, mañana puedo volver a evaluar esa elección.

Con los vínculos ocurre exactamente lo mismo. “No puedo hablarle”. Bueno, ¿qué significa “no puedo”? ¿Hay una situación que realmente lo impide? ¿O puedo técnicamente hacerlo pero tengo miedo del resultado? Porque ahí la frase real podría ser “puedo, pero no quiero enfrentar todavía lo que podría pasar después”. Duele un poquito más, pero también es bastante más precisa.

Y esta diferencia entre no poder y no querer asumir un costo me parece una de esas preguntas que podemos empezar a usar en un montón de situaciones. No para acusarnos. Para aclarar el problema. ¿Qué puedo hacer concretamente? ¿Qué estoy eligiendo no hacer? ¿Qué costo tendría hacerlo? ¿Qué costo está teniendo no hacerlo? ¿Cuál de esos costos prefiero asumir? Porque a veces estamos esperando una opción sin costo. Y ésa sí que tarda.

Quiero cambiar de trabajo, pero sin perder estabilidad. Quiero una relación profunda, pero sin volverme vulnerable. Quiero cambiar de opinión, pero sin que nadie cuestione mi coherencia. Quiero mostrar mi trabajo, pero sin posibilidad de crítica. Quiero decidir, pero sin renunciar a ninguna de las otras alternativas. El menú que estamos pidiendo está complicado.

Capaz decidir no consiste en encontrar la opción donde no perdemos nada. Capaz consiste en preguntarnos qué pérdida, qué riesgo o qué incomodidad estamos dispuestos a asumir por algo que consideramos valioso. Y ahí el “¿qué hacer?” cambia bastante. Porque ya no pregunto “¿cuál es la opción perfecta?”. Pregunto: “¿Qué quiero priorizar?”.

También podría preguntar: “¿Qué valor estoy cuidando con esta decisión? ¿Qué miedo está hablando? ¿Qué parte de mí quiere esto y qué parte se resiste? ¿Qué consecuencias reales puedo prever y cuáles estoy imaginando? ¿Qué información me falta verdaderamente? ¿Hay algo que todavía tenga que averiguar o ya tengo elementos suficientes y simplemente no quiero cerrar?”.

Y hay una pregunta que me parece especialmente importante después de todos los capítulos anteriores: ¿qué estoy esperando que desaparezca antes de actuar? ¿El miedo? ¿La contradicción? ¿La incertidumbre? ¿La posibilidad de arrepentirme? ¿La desaprobación de alguien? ¿El deseo contrario? Porque capaz estamos poniendo como condición para decidir que desaparezca algo que forma parte inevitable de decidir. Puedo elegir con miedo. Puedo elegir estando ambivalente. Puedo elegir sin certeza. Puedo elegir sabiendo que alguien no está de acuerdo. Puedo elegir algo que después revise. Y esto no convierte la decisión en irresponsable. De hecho, podría volverla más responsable porque estoy dejando de fingir que existe una seguridad que no tengo.

Hay otra pregunta que me parece muy buena para esos momentos donde llevamos meses diciendo “no sé qué hacer”: si nadie pudiera aconsejarme, ¿qué haría con la información que ya tengo? No significa que eso sea automáticamente lo correcto. Pero revela algo sobre nuestra propia posición antes de que entren las voces ajenas.

Y después podemos agregar otras. Si hago A, ¿qué estoy eligiendo? ¿Qué estoy dejando afuera? Si hago B, lo mismo. ¿Cuál de las dos decisiones se parece más a la vida que quiero construir? ¿Qué elección podría mirar dentro de cinco años y decir, aunque no haya salido bien, “entiendo por qué decidí esto”? Ésta me parece mucho más interesante que preguntar cuál garantiza el mejor resultado.

Porque quizá una buena decisión no sea solamente aquella que termina bien. También puede ser una decisión que, con la información disponible y los valores que teníamos en ese momento, podemos reconocer como nuestra. Y si después descubrimos que no funcionó, volvemos a elegir.

Esto parece bastante sencillo cuando hablamos de decisiones pequeñas, pero puede resultar aterrador en las grandes. Y por eso quizá convenga practicar en miniatura. ¿Qué pasa si durante una semana observo cuántas veces pregunto “¿qué hago?”? No tengo que dejar de preguntarlo. Simplemente puedo agregar detrás: “Antes de escuchar tu respuesta, te digo qué estoy pensando yo”. Eso cambia completamente la conversación.

Por ejemplo: “Estoy pensando en aceptar este trabajo porque tiene estas ventajas, pero me preocupa esto. ¿Qué ves vos?”. Ahí no llegué vacío. Tengo una posición. O: “Quiero hablar con esta persona, pero me da miedo tal cosa. ¿Hay algo que no esté considerando?”. De nuevo, no entregué el volante. Estoy invitando a alguien a mirar el mapa.

También podemos probar otra cosa. Cada vez que aparezca “¿qué tengo que hacer?”, reemplazarlo durante un momento por “¿qué elijo hacer?” y observar qué sensación produce. Capaz irritación. Capaz miedo. Capaz enseguida aparece “no sé”. Perfecto. Entonces podemos seguir: “¿Qué elegiría si no existiera una respuesta objetivamente correcta? ¿Qué elegiría si aceptara que puedo corregir después? ¿Qué elegiría si nadie fuera a felicitarme ni a reprocharme? ¿Qué elegiría si supiera que la responsabilidad de la decisión sigue siendo mía aunque consulte a otras personas?”. No estamos buscando una varita mágica. Estamos cambiando el tipo de pregunta.

Porque “¿qué tengo que hacer?” mira hacia una regla, una autoridad, una determinación que debería encontrar. “¿Qué elijo hacer?” me obliga a mirar también hacia adentro y asumir que yo estoy participando.

Y acá quiero volver a algo que fuimos construyendo desde el primer episodio. Todo este recorrido empezó con personas que pueden comprender muchísimo lo que les ocurre y aun así preguntarse qué hacer. Pasamos por la sobreprotección, el reaseguro, el control, el miedo a perder, la contradependencia, la intelectualización, el sobrecontrol emocional, la investigación infinita, la ambivalencia, el acercamiento y la distancia, la vulnerabilidad, la comunicación indirecta, el deber, el miedo al error. Si uno mira todo junto, empieza a aparecer algo.

Capaz el famoso “¿qué hacer?” no es una pregunta. Es una puerta donde llegan todas las demás.

Porque detrás puede estar el chico que aprendió que otro sabía mejor. Puede estar el adulto que teme equivocarse. Puede estar la persona que quiere controlar el resultado. Puede estar alguien que no quiere decepcionar. Puede estar el investigador que sigue buscando una determinación más. Puede estar quien quiere acercarse pero teme quedar expuesto. Puede estar quien sabe exactamente qué desea pero todavía está intentando conseguir permiso para desearlo.

Y entonces quizá no tengamos que contestar tan rápidamente cada vez que aparece “¿qué hago?”. Capaz tenemos que devolver una pregunta. “¿Qué estás preguntando realmente cuando preguntás qué hacer?”. ¿Querés información? ¿Querés aprobación? ¿Querés protección? ¿Querés compañía? ¿Querés que alguien comparta la responsabilidad? ¿Querés una garantía? ¿Querés evitar algo? ¿Querés que una teoría convierta una elección en obligación? Porque según cuál sea la pregunta escondida, cambia completamente lo que estamos buscando.

Y mirá qué raro, porque capaz después de tantos capítulos la respuesta al “¿qué hacer?” termina siendo algo bastante menos espectacular de lo que esperábamos. No una fórmula. No un autor. No una conclusión indiscutible.

Capaz empieza con poder decir: “Esto es lo que quiero. Esto es lo que temo. Esto es lo que sé. Esto es lo que todavía no sé. Éstas son las consecuencias que puedo prever. Éstas son las que no controlo. Escuché a otros. Pensé. Dudé. Y con todo eso, elijo.”

Después puede salir bien. Puede salir mal. Puede salir de una manera que ni siquiera habíamos imaginado. Y si hace falta, volvemos a pensar. Volvemos a elegir. Porque quizás autonomía no sea llegar a un punto de nuestra vida donde ya sepamos siempre qué hacer. Eso sería bastante sospechoso. Capaz autonomía es algo mucho menos glamoroso y bastante más difícil: dejar de esperar que exista alguien, algo o alguna teoría capaz de vivir nuestra vida en nuestro lugar.

Y entonces el “¿qué tengo que hacer?” puede empezar a aflojar un poquito y dejar espacio para otra pregunta que no promete certezas, pero por lo menos nos devuelve al centro de nuestra propia vida: “Con todo esto que descubrí, ¿qué elijo hacer yo ahora?”

Ahí nadie nos garantiza nada. Pero por primera vez la respuesta empieza a ser nuestra.

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Deci y Ryan (2000): The “What” and “Why” of Goal Pursuits: Human Needs and the Self-Determination of Behavior. Artículo de Deci y Ryan
Irvin Yalom: Existential Psychotherapy. Fuente oficial de Yalom

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