Hay una diferencia que me parece finita, pero en realidad cambia muchísimo, y quiero detenerme acá porque se conecta directamente con todo lo que venimos hablando del método, de investigar determinaciones y del famoso “qué hacer”. Una cosa es llegar a comprender la necesidad de una acción, y acá estoy usando “necesidad” en el sentido que aclaramos en el primer capítulo, no como carencia, sino como aquello que aparece determinado por ciertas condiciones. Y otra cosa diferente es realizar efectivamente una acción concreta. Porque puedo comprender perfectamente cómo llegué hasta determinado punto, qué contradicciones existen, qué condiciones lo produjeron, incluso puedo llegar a la conclusión de que algo tiene que cambiar. Pero después aparece una instancia bastante molesta que ningún método parece poder hacer desaparecer del todo: alguien tiene que actuar.

Y ahí me pregunto si no confundimos a veces dos operaciones distintas. Investigar puede llevarme a decir “dadas estas condiciones, esta situación ya no puede seguir igual” o “para transformar esto tendría que producirse tal movimiento”. Perfecto. Pero de ahí no se desprende automáticamente que mañana a las cuatro de la tarde yo vaya a levantar el teléfono, presentar la renuncia, iniciar una conversación, cambiar una práctica o decir aquello que llevo años pensando. Entre comprender una determinación y realizar una acción aparece el sujeto concreto, con su historia, sus miedos, sus contradicciones, su cuerpo, los otros y, además, el pequeño detalle de que la realidad nunca se comporta exactamente como el esquema que hicimos antes.

Esto me parece especialmente importante porque intelectualmente podemos llegar muy lejos. Puedo descubrir que determinada manera de vivir ya no me representa. Puedo comprender por qué sigo en un trabajo, qué seguridad me da, qué identidad construí alrededor de él, qué temor aparece cuando imagino irme y qué posibilidades habría afuera. Puedo tener un análisis impecable. Ahora viene la pregunta incómoda: ¿voy a hacer algo con eso? Porque comprender que hay razones para cambiar de trabajo y mandar el primer currículum no son exactamente el mismo acontecimiento. El currículum tiene una cosa bastante antipática: cuando lo mandás entra en la realidad.

En un vínculo pasa exactamente lo mismo. Puedo investigar mis miedos, reconocer mi patrón de acercamiento y distancia, entender qué aprendí sobre la vulnerabilidad, aceptar que determinada persona me importa, descubrir incluso que llevo años protegiéndome de una posible pérdida. Perfecto. Todo eso puede ser verdaderamente transformador. Pero después aparece algo tremendamente poco sofisticado: hay que hablar. Y de pronto todo el análisis de doscientas páginas desemboca en “hola, ¿cómo estás?”. Qué falta de respeto de la vida por nuestro esfuerzo teórico.

Pero justamente ahí está lo interesante. Hay conocimiento que me prepara para actuar y hay conocimiento que solamente se vuelve completo cuando entra en contacto con una práctica. John Dewey, que trabajó muchísimo sobre pensamiento, experiencia e investigación, planteaba una idea que me parece muy pertinente: la investigación no es simplemente contemplar un problema desde afuera, sino un proceso que surge de una situación problemática y busca transformarla. Las ideas funcionan también como hipótesis que se ponen a prueba en la experiencia. A mí esto me interesa porque nos saca de esa fantasía según la cual primero conseguimos un conocimiento absolutamente terminado y después, recién ahí, actuamos. Muchas veces la propia acción forma parte del proceso de conocer.

Es decir, yo puedo investigar hasta cierto punto qué ocurriría si cambio una manera de trabajar, pero una parte de la respuesta aparece cuando pruebo. Puedo pensar qué pasaría si empiezo a poner límites en una relación, pero también voy a descubrir quién soy poniendo el primer límite. Puedo comprender intelectualmente que debería delegar y después descubrir que cuando alguien efectivamente toma una tarea mía me quiero arrancar los pelos. Ahí apareció información nueva. No estaba en el análisis previo porque solamente podía aparecer en la experiencia.

Entonces quizás tengamos que abandonar esa estructura tan prolija de “primero comprendo todo, después actúo”. Puede haber un movimiento mucho más circular: comprendo algo, actúo un poco, la acción produce información nueva, vuelvo a pensar, corrijo, actúo nuevamente. Y eso no significa improvisar la vida sin criterio. Significa aceptar que una parte del conocimiento sobre nosotros mismos solamente aparece cuando dejamos de observarnos y entramos en la escena.

Hannah Arendt tiene una idea sobre la acción que a mí me parece preciosa para pensar esto. Para ella actuar implica iniciar algo en un mundo compartido con otros, y precisamente por eso las consecuencias nunca pueden controlarse completamente. Una acción entra en una red de relaciones humanas y produce respuestas que el actor no puede anticipar del todo. Y si lo pensamos, ahí está una de las razones por las cuales puede ser mucho más cómodo comprender que actuar. La comprensión todavía ocurre bastante dentro de mi territorio. La acción sale de mí y entra en un mundo donde los demás también hacen cosas.

Puedo saber perfectamente qué quiero decirle a alguien. Cuando lo digo, esa persona contesta. Puedo comprender qué proyecto quiero construir. Cuando lo lanzo, aparecen clientes, compañeros, críticas, problemas, oportunidades. Puedo elaborar durante años una idea política o filosófica. Cuando intento vivir de acuerdo con ella, la realidad empieza a hacer preguntas que el texto no hacía. Ahí la acción devuelve algo.

Y quizá por eso a veces buscamos una “necesidad” tan perfectamente demostrada que parezca eliminar nuestra participación subjetiva. Si logro demostrar que dadas determinadas condiciones no había otra acción posible, entonces yo prácticamente desaparezco como quien decide. La acción estaba contenida en las condiciones y yo solamente la ejecuté. Qué tranquilidad. Pero en muchísimas situaciones personales las determinaciones no producen una única conducta obligatoria. Pueden explicar por qué cierto movimiento tiene sentido, por qué determinada situación se volvió insostenible o qué alternativas son viables, pero todavía pueden quedar varias maneras concretas de responder.

Entonces me aparece una pregunta que me parece central: ¿estoy intentando descubrir las determinaciones de una acción o estoy esperando que esas determinaciones decidan por mí? Porque son dos cosas muy distintas. Una investigación puede mostrarme que estoy agotada porque trabajo catorce horas, no delego, cobro poco y tengo una estructura imposible de sostener. Muy bien. De ahí pueden surgir varias acciones: subir precios, reducir servicios, contratar a alguien, cambiar de modelo, cerrar una parte del negocio, buscar otro trabajo. La necesidad de transformar la situación puede estar bastante clara. La acción concreta todavía hay que elegirla.

En una relación sucede algo parecido. Puedo comprender que existe una distancia que me hace mal, que la comunicación indirecta está generando confusión o que un vínculo necesita alguna definición para poder avanzar. Eso no me dice exactamente qué frase utilizar, cuándo hablar, cuánto exponer ni qué voy a hacer después según la respuesta. La comprensión abre el problema de la acción. No necesariamente lo cierra.

Y esto me parece muy importante porque a veces uno llega a una conclusión y siente: “Bueno, ahora tendría que estar actuando”. Y si no actúa, aparece frustración. “Pero si ya entendí, ¿por qué sigo haciendo lo mismo?”. Justamente porque entender no instala automáticamente una conducta nueva. Entre el conocimiento y la acción existen hábitos, emociones, aprendizajes, habilidades y experiencias que también tienen que modificarse.

Yo puedo comprender perfectamente que tengo derecho a decir que no y seguir diciendo que sí. Puedo saber que no tengo por qué mostrarme perfecta en el trabajo y seguir revisando una presentación treinta veces. Puedo reconocer que quiero acercarme a alguien y seguir sin hacerlo. No significa que el conocimiento sea falso. Significa que todavía no se transformó completamente en una capacidad práctica.

Y acá me interesa mirar hacia atrás, pero desde otro lugar. Pensemos cómo aprendíamos a actuar cuando éramos chicos. ¿Nos daban oportunidades de descubrir algo y después decidir qué hacer con eso? ¿O el descubrimiento venía acompañado inmediatamente por una instrucción? “¿Viste lo que pasó? Entonces ahora hacé esto”. Porque quizá aprendimos a reconocer problemas, pero no necesariamente a construir respuestas propias. Incluso en la escuela muchas veces aprender significaba encontrar la respuesta esperada. Había una consigna, un procedimiento y un resultado. La vida adulta después tiene la poca delicadeza de presentar problemas sin solucionario al final del libro.

También podemos pensar en esos primeros problemas sociales que parecen mínimos. Me peleé con un amigo. Entendí que estaba enojado porque hizo determinada cosa. ¿Qué hacía después? ¿Un adulto intervenía y nos decía que teníamos que pedirnos perdón? ¿Nos dejaban conversar? ¿Podíamos decidir no seguir siendo amigos? ¿Qué pasaba con la primera persona que nos gustaba? Una cosa era descubrir “me gusta”. Después había que decidir si acercarse, no acercarse, decirlo, callarlo. Y ahí quizás empezamos a experimentar muy temprano que saber qué nos pasa no nos dice automáticamente qué hacer con lo que nos pasa.

Esto es precioso porque también nos saca un poco de la obsesión con encontrar la causa perfecta. Capaz ya descubrí la causa. ¿Y ahora? Puedo seguir profundizando, claro, pero en determinado momento necesito desarrollar otra capacidad: elegir una respuesta.

Y no cualquier respuesta. Una que tome en cuenta lo descubierto. Porque tampoco estamos diciendo que conocer nuestras determinaciones da lo mismo. Al contrario. Si descubro que cada vez que alguien se acerca mucho yo desaparezco por miedo a quedar expuesta, ese conocimiento puede ayudarme a no interpretar automáticamente las ganas de huir como “ya no quiero este vínculo”. Puedo hacer una pausa y decir: “Pará, ya conozco este movimiento. ¿Quiero realmente irme o estoy regulando otra cosa?”. Eso modifica la calidad de mi decisión. Pero sigue sin decidir por mí.

Tal vez el conocimiento nos dé más libertad para elegir, no porque elimine nuestras determinaciones, sino porque las vuelve más visibles. Si no veo el patrón, lo repito automáticamente. Si lo veo, puedo repetirlo igual, pero ahora existe la posibilidad de hacer otra cosa.

Y ahí aparece una diferencia enorme entre determinación y destino. Entender qué me determinó no significa descubrir una sentencia sobre lo que inevitablemente voy a hacer. Puede significar justamente descubrir las condiciones desde las cuales estoy actuando para poder intervenir sobre ellas.

Entonces podríamos preguntarnos: ¿qué hago normalmente cuando descubro algo importante sobre mí? ¿Lo convierto rápidamente en una nueva explicación o pruebo alguna conducta distinta? ¿Qué descubrimientos llevo años comprendiendo sin traducir en una experiencia nueva? ¿Qué sé perfectamente que debería modificar en mi trabajo, mis vínculos o mi forma de cuidarme y sigo haciendo exactamente igual? ¿Qué me falta ahí: más conocimiento o una práctica diferente?

Esta última me parece especialmente importante: ¿qué me falta saber y qué me falta practicar? Porque pueden ser cosas completamente diferentes.

Supongamos que me cuesta hablar en público. Puedo estudiar durante meses por qué me da vergüenza, qué experiencias anteriores influyeron, qué expectativas tengo, cómo funciona la ansiedad. Puede ser muy útil. Pero probablemente también necesite hablar frente a cinco personas, después frente a diez, equivocarme, escuchar mi propia voz temblando y descubrir que no me morí. Ahí no faltaba explicación. Faltaba experiencia.

En una relación podría decir: “Ya sé que me cuesta expresar afecto porque siento que quedar expuesto me vuelve vulnerable”. Excelente descubrimiento. ¿Qué práctica correspondería a esa comprensión? Quizá empezar con algo mínimo: expresar un poco más claramente que alguien me importa. No hace falta declarar un amor shakespeariano desde un balcón. Puede ser “me gustó verte”, “te extrañé”, “esto que hiciste me importó”. Después observo qué aparece en mí.

En el trabajo: “Sé que no delego porque siento que si no controlo todo puede salir mal”. Perfecto. ¿Qué hago con eso? Tal vez delego una tarea pequeña y observo qué me pasa mientras otro la hace. Ahí probablemente aparezca material muchísimo más interesante que otras veinte horas pensando sobre mi dificultad para delegar.

Y con nuestras ideas también sucede. Puedo descubrir intelectualmente que una posición mía tiene una contradicción. ¿Qué hago después? ¿La sigo defendiendo exactamente igual mientras continúo estudiando la contradicción durante quince años? ¿O permito que ese descubrimiento produzca alguna modificación, aunque sea provisoria, en mi forma de pensar, enseñar o actuar? Porque si ninguna conclusión posible puede modificar mi práctica, entonces habría que preguntarse qué lugar real tiene la investigación.

Y acá aparece otra pregunta que me encanta: ¿qué tendría que ocurrir en mi conducta para poder decir que este descubrimiento realmente me transformó? No “¿qué tendría que sentir?”. ¿Qué haría diferente?

Si descubrí que busco demasiado la aprobación de otros, tal vez una señal sería tomar una decisión pequeña sin consultar. Si comprendí que me protejo mucho de la intimidad, quizá intentar sostener una conversación que normalmente evitaría. Si descubrí que trabajo permanentemente para demostrar mi valor, capaz tomarme una tarde libre sin justificar mi existencia ante el Tribunal Internacional de la Productividad. Es decir, podemos empezar a ponerle indicadores concretos a nuestros descubrimientos. No como obligación, sino para que la reflexión no quede flotando.

¿Qué cambiaría en mi manera de relacionarme si realmente integrara esto que comprendí? ¿Qué haría diferente esta semana? ¿Qué pequeña situación podría utilizar para probarlo? ¿Qué emoción aparecería y cómo podría acompañarla sin volver automáticamente a lo conocido?

Porque tampoco se trata de descubrir algo el lunes y cambiar treinta años de historia el martes. La acción también tiene escala. Puedo hacer experimentos.

Y esto me gusta porque vuelve a Dewey: la experiencia no llega solamente después del conocimiento como si fuera una aplicación. También pone a prueba nuestras propias conclusiones. Capaz creo que no digo algo porque tengo miedo al rechazo, lo digo y descubro que en realidad lo que me daba terror era perder control. Información nueva. Capaz creo que odio mi trabajo, pruebo otra modalidad y descubro que no odiaba la profesión, sino las condiciones en las que la ejercía. Información nueva.

La acción puede corregir la teoría sobre nosotros mismos. Eso me parece fundamental. Porque si solamente nos conocemos pensando, podemos construir explicaciones muy coherentes que jamás fueron contrastadas con nada. «Soy así porque…» «Nunca podría…» «Esto siempre me pasa porque…» Bueno. Probemos algo. Qué sé yo, capaz tenés razón o capaz la realidad viene y te dice: “Mirá, era bastante distinto”.

Y entonces volvemos a investigar.

Por eso no creo que tengamos que elegir entre pensar y actuar. Creo que hay un diálogo. La reflexión orienta la acción y la acción devuelve información a la reflexión. El problema aparece cuando una de las dos partes queda suspendida indefinidamente.

Y acá también puede haber una cuestión ética. A veces comprendemos que determinada acción sería responsable y aun así no la hacemos. Eso también merece preguntas, no castigo. ¿Qué me frena? ¿Qué costo tendría actuar? ¿Qué parte de mí quedaría expuesta? ¿Qué tendría que perder? ¿Estoy esperando sentir ganas de hacer algo que racionalmente considero importante? Porque no siempre sentimos ganas de realizar aquello que consideramos correcto.

Entonces incluso comprender “la necesidad de actuar” no significa que el impulso aparezca mágicamente. Podemos elegir una acción sin sentirnos completamente alineados con ella.

Puedo saber que tengo que poner un límite y sentir culpa cuando lo pongo. Puedo reconocer que necesito, en sentido concreto, cuidar mi salud y seguir teniendo ganas de hacer exactamente lo contrario. Puedo considerar que tengo que cambiar una dinámica laboral y sentir miedo de hacerlo. La acción no necesita esperar a que desaparezcan todas las emociones que la dificultan.

Y esto vuelve a la ambivalencia. Muchas veces parece que queremos que todo esté resuelto internamente antes de movernos. Pero quizá una parte del movimiento consiste justamente en actuar mientras todavía estamos procesando.

Entonces yo me preguntaría: ¿estoy esperando que mi comprensión elimine mi conflicto emocional antes de actuar? Porque quizá le estamos pidiendo al conocimiento un trabajo que no puede hacer. Puede ayudarme a entender el miedo. No necesariamente va a quitarlo. Y ahí aparece algo bastante adulto y bastante incómodo: puedo elegir mientras tengo miedo. Puedo elegir mientras hay dudas. Puedo elegir sin terminar de conocer todas las consecuencias. Puedo elegir y después revisar. No porque las determinaciones no importen.

Sino porque yo también formo parte de las determinaciones que van a producir lo que venga después. Mi acción modifica la situación. Mi silencio también. Mi espera también.

Y por eso me parece tan importante no pensar la acción como algo que viene al final de la investigación, una vez que todo está completamente explicado. La acción puede ser una nueva determinación del proceso. Si hablo, cambia el vínculo. Si no hablo, también. Si lanzo un proyecto, aparecen condiciones nuevas. Si no lo lanzo, el tiempo cambia el contexto igualmente. No existe un lugar completamente neutral donde podamos quedarnos observando sin participar.

Y mirá qué loco, porque arrancamos intentando distinguir dos cosas bastante técnicas, comprender una necesidad y elegir una acción, y terminamos llegando otra vez al sujeto. Capaz ése sea justamente el punto que ningún método puede borrar completamente. Podemos comprender muchísimo sobre por qué algo se volvió necesario, qué condiciones existen y qué contradicciones están empujando un movimiento. Pero finalmente hay una pregunta que no desaparece: “¿Qué voy a hacer yo con eso?”

Y quizás podamos trabajarla con preguntas más concretas: ¿qué descubrí exactamente? ¿Qué acción posible se desprende de ese descubrimiento? ¿Hay una sola o varias? ¿Qué información me falta realmente para elegir entre ellas? ¿Qué parte puedo conocer solamente mediante una experiencia? ¿Qué estoy esperando sentir antes de actuar? ¿Qué pequeño movimiento podría hacer sin convertirlo en una decisión irreversible? ¿Cómo sabría dentro de un mes que aquello que comprendí empezó realmente a transformar mi vida?

Y agregaría una que para mí resume todo este capítulo: ¿estoy intentando comprender para poder actuar mejor o sigo comprendiendo porque actuar me obligaría a entrar en una realidad que ya no puedo controlar completamente?

Porque capaz podemos descubrir perfectamente la necesidad de abrir una puerta. Podemos estudiar la puerta, su historia, la cerradura, las razones por las que estuvo cerrada, lo que hay probablemente del otro lado y hasta las determinaciones sociales de la industria de las bisagras. Todo muy interesante. Pero en algún momento queda una operación que ningún marco teórico puede realizar en nuestro lugar. Hay que girar el picaporte. Y después ver.

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John Dewey: Logic: The Theory of Inquiry. Fuente de Dewey
Hannah Arendt: The Human Condition, especialmente las secciones sobre acción, irreversibilidad e imprevisibilidad. Fuente de Arendt, University of Chicago Press

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