Hay algo que me parece bastante lógico después de todo lo que venimos preguntando en estos capítulos. Si durante años aprendimos a resolver las cosas pensando, explicando, buscando causas, controlando lo que mostramos, investigando contradicciones y tratando de encontrar la mejor decisión posible, puede pasar que terminemos desarrollando una relación espectacular con nuestra cabeza y bastante más pobre con el resto del cuerpo. Y entonces alguien nos pregunta “¿qué sentís?” y nosotros contestamos con una explicación de cuarenta minutos. Sabemos qué pensamos sobre lo que sentimos, sabemos por qué creemos que lo sentimos, sabemos de dónde podría venir, incluso podemos explicar qué teoría lo describe mejor, pero sigue faltando una pregunta bastante básica: ¿qué está pasando ahora mismo adentro mío mientras hablo de esto?
Porque el cuerpo no es solamente el vehículo que transporta la cabeza de una reunión a otra. Está participando todo el tiempo de nuestra experiencia. A veces pensamos en una persona y se nos acelera el corazón. Imaginamos una conversación y se nos cierra el estómago. Entramos a determinado lugar de trabajo y sentimos una tensión que conocemos perfectamente. Escuchamos una propuesta y aparece entusiasmo antes de que podamos explicar por qué. Recordamos algo y se nos hace un nudo en la garganta. Y muchas veces la respuesta inmediata es analizarlo. “Esto seguramente se debe a…”. Pará un segundo. Capaz sí. Después vemos. Pero antes de convertirlo en una hipótesis, ¿podemos quedarnos cinco minutos con la experiencia?
Esto para personas muy racionales puede ser desesperante porque el cuerpo tiene una metodología bastante cuestionable. No presenta bibliografía, no cita fuentes, no avisa de dónde sacó el dato y encima a veces se contradice. Pensás en hacer algo que querés muchísimo y sentís miedo. Fantástico. Gracias por la claridad, organismo. Te gustaba una opción, ahora tenés taquicardia. ¿Eso significa que no la querés? No necesariamente. Y esto me parece importantísimo porque recuperar el cuerpo no significa convertirlo en un oráculo. No quiero pasar de “solamente confío en mi cabeza” a “si tengo mariposas en el estómago el universo me está diciendo que venda la casa”. Tampoco.
El psicólogo y filósofo Eugene Gendlin trabajó durante años sobre algo que llamó felt sense, que podríamos traducir aproximadamente como una sensación sentida, una percepción corporal global de una situación que todavía no está completamente formulada en palabras. Gendlin observaba que muchas veces sabemos algo de una experiencia antes de poder explicarlo claramente. No es una emoción perfectamente identificada ni una conclusión racional. Es más parecido a ese “hay algo acá que me hace ruido” o “no sé por qué, pero cuando pienso en esto siento una cosa rara”. Su propuesta con el Focusing justamente invitaba a prestar atención a esa experiencia sin obligarla inmediatamente a convertirse en una explicación. Y esto a mí me encanta porque estamos tan acostumbrados a preguntar “¿por qué me pasa?” que a veces nos olvidamos de preguntar primero “¿cómo me pasa?”.
Supongamos que estoy pensando en cambiar de trabajo. Puedo hacer todo el análisis racional y está perfecto: sueldo, horarios, posibilidades, estabilidad, crecimiento, condiciones. Pero además podría cerrar un segundo los ojos y pensar en la posibilidad de quedarme donde estoy. ¿Qué aparece? ¿Alivio? ¿Pesadez? ¿Tensión? ¿Tranquilidad? Después imagino aceptar el otro trabajo. ¿Qué pasa ahora? ¿Hay miedo y entusiasmo juntos? ¿Aparece una sensación de expansión o de encierro? No estoy diciendo que una contractura decida nuestra carrera laboral. Estoy diciendo que esa experiencia también es información y quizás convenga escucharla antes de descartarla porque no viene en formato Excel.
En una relación pasa muchísimo. Puedo estar meses tratando de decidir qué significa determinado vínculo y, sin embargo, quizás nunca me pregunté algo bastante sencillo: ¿qué me pasa corporalmente cuando estoy realmente con esta persona? ¿Estoy relajada? ¿Estoy permanentemente alerta? ¿Siento que puedo respirar o estoy midiendo todo lo que hago? ¿Qué ocurre cuando recibo un mensaje suyo? ¿Qué pasa cuando imagino acercarme? ¿Y cuando imagino alejarme definitivamente? Capaz aparecen respuestas contradictorias. Perfecto. Ya vimos que la ambivalencia existe. No tenemos que agarrar cada sensación y convertirla enseguida en una orden.
Porque además el miedo y el deseo pueden sentirse bastante parecidos corporalmente. El corazón se acelera en los dos. La anticipación puede producir tensión. Una oportunidad laboral soñada puede darnos exactamente la misma sensación en el estómago que una amenaza. Entonces decir “mi cuerpo me dice que no” puede ser tan simplificador como decir “mi razón me dice que sí”. La pregunta tendría que ser más curiosa: ¿qué está apareciendo acá y qué historia tiene esta sensación?
Lisa Feldman Barrett, una de las investigadoras contemporáneas más importantes sobre emoción, trabaja justamente con la idea de que las emociones no son paquetitos completamente terminados que simplemente aparecen desde algún rincón oculto, sino experiencias en las que intervienen señales corporales, contexto, aprendizaje y los conceptos con los que hemos aprendido a interpretar lo que nos sucede. Me interesa esta perspectiva porque evita dos extremos. Ni el cuerpo es una máquina muda que la razón tiene que dominar, ni cada sensación corporal contiene una verdad secreta que debemos obedecer. Cuerpo, historia, contexto y pensamiento están conversando todo el tiempo.
Y eso me lleva inevitablemente a preguntarme cómo aprendimos a relacionarnos con nuestro cuerpo. Porque también hay educación corporal, aunque nadie la llame así. De chicos nos decían “quedate quieto”, “no llores”, “no es para tanto”, “no tengas miedo”, “comé un poquito más”, “terminá el plato”, “andá a dormir aunque no tengas sueño”, “levantate aunque estés cansado”. Muchas de esas cosas forman parte simplemente de criar a un chico, no hay que transformar cada “terminá la sopa” en el origen de una desconexión somática irreversible. Pero sí podemos preguntarnos qué lugar tenían nuestras sensaciones en las decisiones cotidianas. ¿Podíamos decir “esto me da miedo” y alguien nos ayudaba a reconocer ese miedo? ¿O rápidamente nos explicaban por qué no había motivo para sentirlo? ¿Podíamos decir “no quiero darle un beso a esta persona” o había que saludar igual porque quedaba mal? ¿Aprendimos a registrar el cansancio o a seguir porque había que cumplir?
Y también aprendemos muchísimo en la escuela y con otros chicos. ¿Qué hacíamos si nos poníamos colorados cuando nos cargaban? ¿Intentábamos esconderlo? ¿Qué pasaba cuando nos temblaba la voz al hablar frente al curso? ¿Nos reíamos de nosotros mismos antes de que se rieran los demás? ¿Qué aprendimos sobre llorar delante de amigos? ¿Qué emociones corporales empezamos a asociar con vergüenza? Porque quizás el cuerpo no desapareció nunca. Capaz simplemente aprendimos que hay que lograr que no se note.
Después uno crece y puede ser espectacularmente eficiente para desconectarse de ciertas señales. Está agotado y sigue. Está angustiado y trabaja. Está incómodo en una conversación y empieza a explicar. Tiene miedo y analiza. Siente deseo y se pone a investigar qué significa el deseo. El cuerpo golpea la puerta y desde la cabeza gritamos “¡estamos en reunión!”. Y a veces el cuerpo sube el volumen.
No quiero decir con esto que cada síntoma físico sea psicológico, porque eso sería irresponsable. Si algo duele, persiste o preocupa, corresponde evaluar también causas médicas. Pero dentro de una experiencia emocional ordinaria sí podemos observar cómo aparecen cambios corporales. Tensión, respiración corta, calor, frío, aceleración, cansancio, inquietud. La pregunta no sería “¿qué enfermedad emocional tengo?”, sino simplemente “¿qué estaba ocurriendo cuando apareció esto?”.
Y hay algo todavía más interesante: a veces nos damos cuenta de lo que sentimos después de observar lo que hacemos. Estamos hablando con alguien y empezamos a cambiar de tema cada vez que aparece determinada cuestión. Nos cruzamos con una persona y automáticamente acomodamos el cuerpo. Entramos a una reunión y nos endurecemos. Salimos de un encuentro y recién caminando dos cuadras sentimos un alivio enorme. ¿Qué pasó ahí? Capaz mientras estábamos en la situación la cabeza estaba completamente ocupada administrándola y el cuerpo recién pudo mostrarnos algo después.
Entonces podríamos empezar a hacer una cosa bastante sencilla y, para algunos, probablemente bastante irritante: dejar de explicar durante cinco minutos. Cinco. No nos vamos a convertir en plantas. La razón va a sobrevivir. Si aparece una situación que nos mueve, en vez de empezar inmediatamente con “esto ocurre porque…”, podríamos preguntar: ¿qué siento ahora? ¿Dónde? ¿Tiene temperatura? ¿Es tensión, presión, movimiento, vacío, ganas de salir, ganas de acercarme? ¿Qué pasa si no le pongo un nombre perfecto todavía?
Porque también tenemos esta manía de querer identificar correctamente la emoción. “¿Es miedo o angustia? ¿Es tristeza o melancolía? ¿Es deseo o apego?”. Capaz durante un rato puede ser simplemente “hay algo acá”. Después lo vamos entendiendo.
En el trabajo esto puede ser enormemente útil porque muchas veces el cuerpo registra dinámicas que racionalmente justificamos durante años. Llega el domingo a la tarde y empieza determinada sensación. Suena el mensaje de cierta persona y nos ponemos tensos. Terminamos una reunión y necesitamos veinte minutos para volver a sentirnos normales. No significa automáticamente “renunciá”. Significa: pará, mirá esto. ¿Qué situaciones producen ese cambio? ¿Es el trabajo entero o determinada tarea? ¿Es la cantidad de horas? ¿Es una persona? ¿Es sentir que nunca alcanzo? ¿Qué ocurre corporalmente cuando imagino poner un límite? ¿Miedo? ¿Alivio? ¿Las dos cosas?
Porque ahí aparece información que después podemos llevar nuevamente a la razón. No estamos echando a la cabeza del equipo. Estamos incorporando un departamento que veníamos ignorando.
En los vínculos también. Supongamos que digo que quiero acercarme a alguien, pero cada vez que la posibilidad se vuelve concreta aparece una tensión enorme. Podría concluir inmediatamente “entonces en realidad no quiero”. O podría preguntar: ¿qué es lo que mi cuerpo parece anticipar cuando imagino esa cercanía? ¿Rechazo? ¿Exposición? ¿Pérdida de autonomía? ¿Vergüenza? ¿Algo real que esa persona hace y me genera inseguridad? Porque no todo miedo viene del pasado. Capaz hay una señal presente que tengo que mirar. Y tampoco todo miedo presente significa peligro. Capaz estoy tocando una experiencia nueva que mi organismo todavía no conoce. Entonces necesitamos curiosidad. No obediencia.
Y esto me parece especialmente importante porque una persona muy entrenada intelectualmente puede desarrollar respuestas magníficas sobre lo que “debería” sentir. “Esta situación objetivamente no representa una amenaza”. Perfecto. El cuerpo igual está en alerta. ¿Qué hacemos? ¿Lo retamos? “Escuchame, ya estudié el problema y no tenés fundamentos”. Ojalá funcionara. Podríamos mandarle un PDF al sistema nervioso y asunto resuelto. Pero no. Capaz hay que darle una experiencia diferente.
Si cada vez que me expongo siento una alarma enorme, puedo empezar con exposiciones pequeñas. Si cada vez que delego me tenso, delego algo menor y observo qué pasa. Si expresar afecto me resulta corporalmente dificilísimo, puedo decir algo un poco más directo de lo habitual y quedarme con la sensación sin salir corriendo a retractarme. La experiencia le muestra al cuerpo algo que la explicación por sí sola tal vez no logra mostrarle.
Y acá vuelve algo que ya vimos, pero desde otra puerta. Hay aprendizajes que no son solamente ideas. También son formas de reaccionar. Si durante mucho tiempo determinada situación estuvo asociada a vergüenza, miedo o exposición, puedo saber racionalmente que hoy soy adulta y sigo sintiendo una activación enorme cuando aparece algo parecido. No porque sea tonta ni porque “mi inconsciente me domine”. Porque algunas respuestas fueron practicadas muchísimas veces.
Entonces quizá hay que practicar otras.
Y esto no se hace a los trompazos. No es “si te da miedo, hacelo igual y listo”. Depende de qué sea, de la intensidad, del contexto y de los riesgos reales. Pero podemos preguntarnos: ¿qué experiencia pequeña podría darle a mi cuerpo información nueva? Si siempre me callo en una reunión, quizá decir una idea. Si nunca pido ayuda, pedir una cosa concreta. Si nunca digo que algo me molestó, expresarlo de manera simple. Si cada vez que una conversación afectiva se intensifica desaparezco, quizás quedarme cinco minutos más y observar qué ocurre.
Después viene otra pregunta que me parece fundamental: ¿qué pasó realmente y qué había anticipado mi cuerpo que iba a pasar? Porque podemos empezar a distinguir memoria de presente. Capaz anticipé humillación y encontré escucha. Capaz anticipé rechazo y efectivamente hubo rechazo. Entonces también aprendo algo: puedo tolerarlo. Capaz anticipé que perdería el control y descubrí que lloré un poquito, dije lo que quería decir y después fui a comprar pan. La civilización siguió funcionando.
Y con la vida laboral puede pasar algo similar. Presento una idea que no está perfecta. Me corrigen. Mi cuerpo siente el impacto como si acabaran de expulsarme de la tribu. Pero después puedo observar: ¿qué ocurrió realmente? Me hicieron tres cambios. Sigo teniendo trabajo. Nadie quemó mi currículum en la plaza. Tal vez esa experiencia empieza lentamente a separar “me corrigieron algo” de “mi valor está en peligro”.
También me interesa qué hacemos con las sensaciones agradables porque solemos prestar mucha atención al cuerpo cuando aparece ansiedad, pero bastante menos cuando aparece vitalidad. ¿Qué actividades hacen que se me pase el tiempo sin darme cuenta? ¿Con qué personas mi cuerpo se relaja? ¿Qué conversación me deja con energía en vez de agotarme? ¿Qué trabajo me genera curiosidad? ¿Qué ocurre físicamente cuando imagino algo que realmente deseo? ¿Hay lugares donde siento que puedo ocupar más espacio, respirar mejor, hablar sin estar midiendo todo?
No quiere decir que ahí esté automáticamente “el camino correcto”. Pero capaz hay información sobre qué experiencias nos hacen sentir más vivos. Y esta pregunta me gusta muchísimo: ¿cuándo fue la última vez que sentí algo antes de empezar a explicarlo?
Porque capaz cada experiencia llega inmediatamente acompañada por un comentarista. Siento algo y la cabeza empieza: “Esto posiblemente tenga relación con…”. Gracias, comentarista. Te necesitamos después. Ahora dejame escuchar el partido un minuto.
Podemos incluso hacer un ejercicio muy simple con una decisión que tengamos pendiente. Primero pensarla como hacemos siempre, con todos los argumentos. Después dejar los argumentos a un costado y formular las distintas opciones una por una. “Me quedo”. Y observar durante unos segundos qué ocurre. Después: “Me voy”. Observar. “Le digo lo que siento”. Observar. “No se lo digo”. Observar. No buscamos que el cuerpo vote y gane por mayoría. Queremos registrar qué aparece.
Después volvemos a pensar.
¿Qué siento con cada opción? ¿Qué parte parece miedo? ¿Qué parte alivio? ¿Dónde aparece tensión? ¿Qué historias se activan? ¿Hay alguna diferencia entre una incomodidad que dice “esto es nuevo” y otra que dice “esto realmente no me hace bien”? Esa última puede requerir tiempo para distinguirse. No existe una app que nos traduzca automáticamente “nudo en el estómago = opción B”.
Y también podemos preguntar qué ocurre cuando imaginamos no tomar ninguna decisión. Esto me parece buenísimo porque a veces analizamos A y B pero no incluimos el presente como una opción activa. ¿Qué siento si imagino seguir exactamente así durante un año? ¿Qué pasa corporalmente? Capaz aparece alivio. Capaz cansancio. Capaz nada. De nuevo, información.
En una amistad podríamos hacer algo parecido. Pienso en decir “esto me dolió”. ¿Qué pasa? Pienso en seguir callándolo. ¿Qué pasa? En una relación: imagino acercarme, imagino mantener distancia. En el trabajo: imagino seguir igual, imagino hacer una modificación. En nuestras ideas también hay cuerpo. ¿Qué ocurre cuando alguien cuestiona una creencia central mía? ¿Me vuelvo inmediatamente tenso? ¿Siento bronca antes de comprender qué dijo? ¿Hay determinados debates donde entro corporalmente a defenderme antes de haber escuchado?
Eso también puede enseñarnos muchísimo sobre nuestra relación con las ideas.
Porque una idea puede estar tan ligada a nuestra identidad que una objeción intelectual se experimente casi como una amenaza personal. Entonces la cabeza después produce argumentos brillantísimos, pero quizá valga la pena mirar un segundo qué pasó antes: ¿qué sentí cuando escuché algo que podía obligarme a revisar una parte de mí?
Y acá quiero volver a Gendlin porque hay algo de su propuesta que me parece muy acorde con todo lo que venimos haciendo. Él no plantea que la respuesta verdadera esté escondida mágicamente en el cuerpo. Más bien propone una especie de conversación. Me acerco a esa sensación, intento encontrar palabras, veo si esas palabras encajan, vuelvo a la sensación. No impongo una explicación desde arriba. Voy dejando que experiencia y lenguaje se ajusten mutuamente. Y eso me parece precioso porque no estamos reemplazando la razón. Estamos haciendo que la razón escuche antes de dictar sentencia.
Quizás ésa sea la diferencia.
Hasta ahora muchas veces preguntamos “¿por qué siento esto?”. Podemos sumar otras preguntas: ¿cómo se siente? ¿Cuándo aparece? ¿Cuándo disminuye? ¿Qué lo intensifica? ¿Qué hago automáticamente cuando aparece? ¿Me acerco, huyo, hablo, me callo, trabajo, hago un chiste, empiezo a explicar? ¿Qué pasaría si durante unos minutos no hiciera nada para cambiarlo?
Esta última puede ser muy potente: ¿puedo sentir algo sin transformarlo inmediatamente en un problema que tengo que resolver? Estoy triste. Bueno. Durante cinco minutos no voy a averiguar por qué. Voy a estar triste. Tengo miedo. No tengo que resolverlo ahora. ¿Qué se siente tener miedo? Estoy contenta. Tampoco tengo que analizar qué mecanismo defensivo sospechoso produjo la alegría. Disfrutemos algo alguna vez, por favor.
Porque también podemos volver el autoconocimiento una vigilancia permanente. Cada emoción se convierte en material de investigación. Y quizá algunas experiencias solamente quieran ser vividas antes de convertirse en conocimiento. Eso no significa renunciar a entender. Significa cambiar el orden de vez en cuando. Primero siento. Después observo. Después pienso. Después quizá actúo. Y vuelvo a observar. No hay una secuencia fija. Hay conversación.
Y me parece que acá aparece algo importante para todo el recorrido que venimos haciendo. Porque una persona puede conocer extraordinariamente bien su historia y seguir reaccionando corporalmente como si determinadas amenazas continuaran presentes. Puede entender que ya no es aquel chico, que hoy tiene recursos, autonomía, experiencia, pero frente a cierta cercanía, cierto cambio o cierta exposición el cuerpo puede activar una respuesta antigua. Entonces tal vez una parte de crecer sea darle al presente suficientes experiencias nuevas para que no todo siga siendo interpretado desde las condiciones del pasado. No lo hacemos convenciendo al cuerpo con argumentos. Lo hacemos viviendo. De a poco. Con criterio. Y prestando atención.
Entonces quizás un ejercicio para esta semana podría ser bastante sencillo: elegir una situación cotidiana que nos movilice y, antes de explicarla, parar cinco minutos. ¿Qué está pasando en mi cuerpo? ¿Dónde? ¿Qué emoción creo reconocer? ¿Qué impulso aparece? ¿Quiero irme, acercarme, callarme, hablar, defenderme? ¿Qué pensamiento apareció inmediatamente después? ¿Qué aprendí de situaciones parecidas? ¿Estoy frente a un peligro actual o frente a una experiencia que se parece a algo antiguo? ¿Qué pequeño movimiento podría hacer para obtener información nueva sin violentarme?
Y después sí. Pensamos. Analizamos. Buscamos causas. Porque todo eso sigue siendo valioso. Pero ahora el análisis tiene algo más sobre la mesa. Tiene experiencia.
Y mirá qué curioso, porque durante muchos capítulos estuvimos tratando de comprender por qué algunas personas entienden tanto lo que les pasa y aun así quedan detenidas. Capaz una parte de la respuesta estaba acá: hay cosas que podemos comprender perfectamente con la cabeza y que todavía no aprendimos a vivir con el cuerpo.
Entonces quizá ya no alcance solamente con preguntarnos “¿qué pienso sobre esto?” o incluso “¿qué quiero hacer?”.
Capaz tenemos que agregar: “¿qué me pasa cuando realmente imagino hacerlo?” Y quedarnos un ratito ahí. Sin explicar. Sin corregir. Sin sacar conclusiones a los treinta segundos. Porque quizás el cuerpo no tenga la última palabra. Pero sería raro escribir toda nuestra historia sin dejarlo hablar nunca.
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Eugene Gendlin: artículo original Focusing (1969). Texto de Gendlin, International Focusing Institute
Lisa Feldman Barrett: How Emotions Are Made. Fuente oficial de Barrett
