Hay algo que me quedó dando vueltas después de pensar en todo esto y tiene que ver con la infancia, pero no en ese lugar medio automático de “bueno, todo es culpa de mamá y papá”, porque tampoco se trata de eso. Creo que a veces tenemos una tendencia bastante cómoda a encontrar una explicación en la infancia y listo, caso cerrado. Mamá hizo esto, papá hizo aquello, entonces yo soy así. Bueno… no. La infancia puede explicar un montón de cosas, pero explicar no significa condenarnos a repetirlas, y tampoco significa que nuestros padres hayan hecho todo con una intención horrible. Muchas veces pasa exactamente al revés: hicieron determinadas cosas porque nos querían muchísimo.

Y ahí aparece algo que me parece bastante paradójico: ¿puede alguien cuidarnos tanto que, sin querer, termine enseñándonos que no podemos cuidarnos solos?

Porque pensemos en algo muy simple. Un chico empieza a subir una escalera. Obviamente, si tiene dos años, no lo voy a dejar haciendo parkour por la baranda. Pero una cosa es estar cerca por si se cae y otra muy distinta es levantarlo cada vez que aparece una escalera para evitarle cualquier posibilidad de caerse. En el primer caso, el mensaje puede ser: “Probá, estoy acá”. En el segundo, aunque nadie lo diga con palabras, podría terminar llegando otro mensaje: “Esto es demasiado peligroso para vos”.

Y esto me interesa mucho porque la sobreprotección casi siempre nace de algo que, en principio, parece hermoso: el amor y el miedo de que le pase algo a alguien que queremos. El problema no es cuidar. Cuidarnos unos a otros es parte de la vida. El problema aparece cuando el miedo del adulto empieza a organizar la experiencia del niño.

Un padre o una madre que ha vivido pérdidas, enfermedades, situaciones traumáticas o mucha inseguridad puede mirar el mundo como un lugar lleno de amenazas. Y eso es comprensible. Si alguna vez la vida te demostró brutalmente que algo terrible puede pasar, probablemente una parte tuya quiera anticiparse para que no vuelva a suceder.

Entonces aparece el “cuidado preventivo”: “Cuidado con eso”, “no vayas solo”, “dejá que lo hago yo”, “vos no sabés”, “esperá”, “¿por qué no me preguntaste antes?”, “yo te digo cómo hacerlo”. Todos las hemos escuchado y probablemente también las dijimos. El tema es cuando se convierten en una forma permanente de relación.

Porque entonces la bendición puede empezar a aprender una cosa medio tramposa. Por un lado recibe: “Te quiero muchísimo”. Pero junto con eso puede recibir otro mensaje: “Para estar seguro, dependés de que yo esté acá”. Y esta diferencia me parece importante. No estoy hablando acá de la necesidad carencial que explicamos en el capítulo anterior, sino de una dependencia que puede haberse aprendido en la relación de cuidado.

Y claro, la bendi crece. A los treinta, cuarenta o cincuenta años ya no depende de que mamá/papá lo acompañen al almacén. Puede tener trabajo, viajar solo, resolver problemas, dirigir gente, discutir sobre política internacional y explicarte durante seis horas la plusvalía, pero cuando aparece una decisión emocional importante puede sentir una inseguridad que no se corresponde en absoluto con todas las capacidades que tiene.

Y uno mira desde afuera y dice: “Pero ¿cómo puede ser que esta persona, que resuelve cosas dificilísimas, no pueda decidir algo tan simple?”. Bueno, porque quizá no es simple para esa persona. Capaz el problema no está en la dificultad de la decisión, sino en lo que emocionalmente representa decidir sin que nadie garantice el resultado.

Entonces empiezan a aparecer preguntas que a mí me parecen mucho más interesantes que “¿sos una persona insegura?”. Por ejemplo: ¿qué te pasa cuando nadie puede decirte qué hacer? ¿Te sentís libre o te sentís abandonado? Porque no es lo mismo. Hay personas a las que cuando alguien les dice “hacé lo que quieras” les da una felicidad absoluta: “¡Gracias! ¡Por fin!”. Y hay otras para las que “hacé lo que quieras” puede sonar casi como “arreglate”.

Y ahí me pregunto: ¿qué aprendimos cada uno sobre la autonomía? ¿Nos enseñaron a decidir o nos enseñaron a obedecer decisiones? ¿Nos permitieron equivocarnos? ¿Podíamos probar algo y descubrir que no funcionaba? ¿O cada equivocación venía acompañada de un “viste que te dije”?

Porque el famoso “viste que te dije” parece una pavada, pero repetido muchas veces puede construir una cosa bastante complicada. Cada vez que intento algo y sale mal, en vez de aprender “me equivoqué y ahora sé algo nuevo”, puedo aprender “tendría que haberle hecho caso al que sabía”. Y eso fortalece algo bastante peligroso: la idea de que siempre hay otro que sabe mejor que yo lo que YO debería hacer (con MI VIDA).

Entonces crecemos y seguimos buscando a ese otro. Capaz ya no es la madre o el referente familiar que haya sido. Puede ser la pareja: “¿Vos qué harías?”. Un amigo: “Decime sinceramente si estoy haciendo una cagada”. Un terapeuta: “Pero decime qué tengo que hacer”. Un profesor. Un libro. Una teoría. El horóscopo. El tarot. ChatGPT… pobre ChatGPT, además. Le tiramos cada responsabilidad encima. “Decime si dejo a mi marido, renuncio al trabajo y me voy a criar alpacas a Perú”. Y uno pretende que alguien diga: “Sí, Romina, alpacas. Confirmadísimo”.

Pero en realidad muchas veces no estamos buscando una opinión. Estamos buscando autorización. Y creo que ahí hay que detenerse un segundo porque cambia todo. No es lo mismo preguntar “¿qué pensás de esto?” para ampliar nuestra mirada que preguntar veinte veces hasta que alguien diga lo que queremos escuchar para sentirnos tranquilos.

Por eso una pregunta que me parece fantástica para hacernos es: ¿estoy buscando información o estoy buscando que alguien se haga cargo de tomar la decisión por mí? Porque si después las cosas salen mal, aparece algo tentador: “Y bueno, vos me dijiste”. Listo. La responsabilidad queda mágicamente depositada en otro.

Pero crecer también implica algo bastante incómodo: poder decir “esto lo elegí yo”. Y no solamente cuando sale bien. Cuando sale como el traste también. No para castigarnos, sino porque si puedo decir “yo elegí esto”, también puedo decir “ahora puedo elegir otra cosa”. Eso es poder.

Otra cosa que me interesa mucho de la sobreprotección es que puede generar una relación extraña con el peligro. Porque el objetivo original era evitar que la bendición sufriera, pero el resultado puede ser que ese niño nunca tenga suficientes experiencias pequeñas de comprobar que puede atravesar algo difícil y salir del otro lado.

Es como aprender a andar en bicicleta. Si cada vez que la bicicleta se inclina alguien te agarra, posiblemente nunca te caigas. Fantástico. Pero tampoco aprendés a equilibrarte. Y después un día te sueltan y decís: “¡Pará! ¿Qué hacés? ¡Me voy a matar!”. Mientras que otro chico ya se cayó siete veces, se raspó dos rodillas, lloró, puteó a la bicicleta y descubrió algo fundamental: caerse no significa morirse.

Y traslademos eso a la vida adulta. ¿Qué pasa si cada error se vivió como una tragedia? ¿Qué pasa si siempre alguien evitó que enfrentáramos las consecuencias de nuestras decisiones? ¿Qué pasa si nos anticiparon todos los problemas? Capaz después no tenemos tanto miedo de decidir mal. Tenemos miedo de no saber qué hacer si algo sale mal.

Y esto para mí cambia completamente la pregunta. En vez de “¿cómo hago para asegurarme de no equivocarme?”, podríamos empezar a preguntarnos: “Si me equivoco, ¿confío en mí para hacer algo con eso?”. Esa pregunta me parece mucho más útil.

Porque no puedo construir una vida donde nunca me pase nada. Pero sí puedo construir la confianza suficiente para saber que, si algo pasa, voy a tener herramientas. Y quizá ahí está una de las posibles salidas de la sobreprotección internalizada: empezar a construir una seguridad distinta. No una seguridad basada en “alguien va a evitar que algo malo me pase”, sino en “aunque algo no salga como espero, voy a poder ocuparme de mí”.

Y eso no se aprende solamente entendiéndolo. Hay que practicarlo. Empezar con cosas pequeñas. Tomar una decisión sin consultar a cinco personas. Elegir algo y bancarse la incomodidad de no saber si era lo mejor. Resolver un problema antes de pedir que otro lo resuelva. Pedir ayuda cuando realmente hace falta, sí, pero diferenciar ayuda de sustitución.

Porque tampoco se trata de irnos al extremo contrario y decir “ahora tengo que hacer todo solo”. Eso también puede ser una defensa. De hecho, acá aparece otra pregunta que vamos a pensar más adelante: ¿qué pasa cuando alguien que fue demasiado dependiente termina construyéndose como una persona que no quiere depender de nadie nunca más?

Porque una dependencia muy fuerte puede producir después una autosuficiencia bastante ficticia. Pero no me quiero ir todavía por esa rama porque ya saben cómo soy: encuentro una rama, me entusiasma y en cinco minutos estamos hablando de otra selva.

Volvamos.

Entonces, si uno sospecha que creció en un entorno de mucha sobreprotección, quizá pueda empezar por hacerse algunas preguntas. ¿Cuánto miedo tenían los adultos que me cuidaban? ¿Me enseñaban a resolver o resolvían por mí? ¿Qué pasaba cuando hacía algo distinto de lo que esperaban? ¿Podía equivocarme? ¿Sentía que tenía que tranquilizarlos? ¿Aprendí a confiar en mi criterio? ¿Cuánto dependo hoy de que alguien valide una decisión antes de tomarla? ¿Qué siento cuando alguien me dice “decidilo vos”? ¿Libertad? ¿Ansiedad? ¿Enojo? ¿Soledad?

Y hay una que me parece especialmente importante: ¿de quién es el miedo que siento cuando tengo que decidir? Porque a veces uno descubre que carga miedos que originalmente ni siquiera eran propios. Un adulto tenía terror de que me pasara algo, me enseñó a mirar el mundo desde ese miedo, yo crecí, el adulto quizá ya ni está, pero el miedo sigue viviendo adentro mío pagando cero alquiler.

Y entonces el trabajo no consiste en culpar a quien nos cuidó. Tal vez esa persona hizo exactamente lo mejor que podía con su propia historia. El trabajo consiste en preguntarnos: ¿esto que alguna vez me protegió todavía me sirve?

Porque algo puede haber sido protector y funcional a los seis años y convertirse en una jaula a los cuarenta. Y ahí aparece otra vez aquello que veníamos hablando desde el comienzo: comprender el origen es importante, pero después hay que hacer algo con lo comprendido.

Quizá la salida no sea dejar de tener miedo. Quizá sea empezar a vivir pequeñas experiencias que le enseñen a nuestro propio cuerpo: “Mirá. Decidiste. Nadie te dijo qué hacer. No salió perfecto. Y acá estás.” Y repetir. Hasta que poco a poco esa voz interna que preguntaba desesperadamente “¿qué hago?” empiece a encontrar otra respuesta. No “esperá que alguien te diga”, sino “no sé todavía, pensemos, elijamos y veamos”.

Porque quizás autonomía no sea saber siempre qué hacer. Quizás autonomía sea confiar en que podemos descubrirlo mientras caminamos.

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De Roo, Veenstra & Kretschmer, Parental Overprotection: systematic review and meta-analysis

Jones, Hall & Kiel, Systematic Review of Maternal Anxiety and Overprotection

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