Después de todos estos capítulos hay una tentación bastante obvia: llegar acá y hacer una lista de “diez pasos para resolver tu vida”. Y justamente no quiero hacer eso, porque sería bastante contradictorio con todo lo que venimos diciendo. Si una parte del problema puede ser buscar afuera la respuesta correcta, terminar este recorrido dándoles una receta sería medio como enseñar autonomía entregando instrucciones obligatorias. No tendría mucho sentido. Lo que sí podemos hacer es reunir algunas herramientas que fueron apareciendo y preguntarnos cómo podrían usarse en la vida concreta. No para asegurarnos que nunca más dudemos, ni que jamás tengamos miedo, ni que desaparezcan las contradicciones, sino para que esas cosas no sean siempre las que decidan por nosotros.
Para mí, una de las primeras herramientas sería empezar a distinguir qué voz está hablando cuando estamos frente a una decisión. Porque muchas veces mezclamos deseo, miedo y deber y después intentamos resolver ese guiso como si fuera una sola cosa. Puedo decir “no quiero hacerlo”, cuando en realidad quiero pero tengo miedo. Puedo decir “quiero hacerlo”, cuando en realidad siento que debería. Puedo decir “esto no corresponde”, cuando quizá simplemente imagino una consecuencia que me asusta. Entonces, antes de intentar decidir, podríamos preguntarnos: ¿qué quiero si dejo por un momento afuera las consecuencias?, ¿qué temo que ocurra?, ¿qué siento que debería hacer?, ¿de dónde viene ese “debería”?, ¿qué parte de todo eso considero realmente valiosa hoy? No para obedecer automáticamente al deseo, porque ya dijimos mil veces que querer algo no obliga a hacerlo. Es simplemente dejar que cada cosa tenga nombre. Una decisión bastante más libre puede empezar cuando dejamos de llamar “razón” al miedo, “responsabilidad” a la culpa o “falta de deseo” a las ganas de salir corriendo.
Otra herramienta sería revisar qué estamos buscando cuando pedimos información. Esto me parece especialmente importante porque preguntar, consultar y estudiar pueden ser conductas extraordinariamente útiles. El problema aparece cuando la información deja de modificar la decisión y empieza solamente a calmarnos. Entonces podríamos hacernos una pregunta muy concreta: si obtengo este dato, ¿qué va a cambiar? Supongamos que estoy pensando en aceptar un trabajo y quiero saber el sueldo. Perfecto, esa información modifica realmente la decisión. Ahora pregunto a cuatro personas si creen que voy a estar bien, después a otras tres, después vuelvo con la primera porque se me ocurrió otro escenario. Capaz ya no estoy buscando información. Capaz estoy buscando reaseguro. Y hay una diferencia importante, porque la información responde una pregunta sobre la realidad mientras que el reaseguro intenta producir una sensación: “decime que va a salir bien”.
Entonces podría probar algo pequeño: antes de consultar, escribir cuál es mi posición. No ir vacío hacia el otro. “Yo estoy pensando esto por estas razones. ¿Qué ves vos que quizá no estoy viendo?”. Eso permite pedir ayuda sin entregar la decisión. Y después observar algo todavía más interesante: ¿qué hago si la otra persona piensa distinto? ¿Modifico mi posición porque aportó un dato que realmente no había considerado o porque su desaprobación me resulta difícil de tolerar? Ahí aparece mucha información sobre nosotros.
También creo que necesitamos entrenar cierta tolerancia a la incertidumbre, pero la palabra “entrenar” me gusta porque no implica sentarnos una tarde, comprender intelectualmente que el futuro es incierto y quedar curados para siempre. Es una práctica. Si siempre intento reducir la incertidumbre a cero antes de actuar, mi sistema aprende que solamente puedo moverme cuando siento mucha seguridad. Entonces podemos hacer lo contrario en cosas pequeñas: tomar decisiones que contengan una dosis manejable de incertidumbre y observar que podemos atravesarla. No arrancaría, obviamente, vendiendo la casa y mudándome a Uzbekistán para fortalecer el carácter. Podemos empezar bastante más humildemente. Elegir algo sin consultar cuatro veces, mandar un trabajo cuando ya está suficientemente bien, proponer una idea sin saber exactamente cómo será recibida, iniciar una conversación sin tener preparada cada posible respuesta.
Albert Bandura trabajó muchísimo sobre la autoeficacia, esa percepción de que somos capaces de organizar y realizar acciones para afrontar distintas situaciones. Y una de las fuentes más potentes para construir esa confianza son justamente las experiencias de dominio: hacer algo, atravesarlo, comprobar que tenemos recursos. Esto me parece fundamental porque a veces queremos sentir confianza antes de actuar, cuando muchas veces una parte de la confianza aparece después de haber tenido experiencias concretas. No se trata de repetirse frente al espejo “yo puedo” mientras adentro uno piensa “sí, claro, campeón”. Se trata de acumular pequeñas pruebas reales de que podemos actuar con incertidumbre, equivocarnos, corregir y seguir.
Por eso otra herramienta podría ser tomar algunas decisiones pequeñas sin consultar. No porque consultar esté mal, sino para saber si todavía tenemos acceso a nuestro propio criterio. Elegir una cosa cotidiana, decidir cómo resolver una tarea, mandar un mensaje que consideramos adecuado sin pedirle primero a seis personas que lo revisen. Y después, en vez de evaluar solamente si salió bien, preguntarnos: ¿cómo fue sentir que la decisión era mía?, ¿qué ansiedad apareció?, ¿qué hice cuando apareció?, ¿sentí ganas de pedir rápidamente confirmación después? Porque a veces uno toma la decisión solo y cinco minutos más tarde llama a alguien para preguntarle si hizo bien. Bueno, el sistema encontró un atajo. Hay que admirar su creatividad.
Y esto se conecta con aprender a permitir el error. No celebrarlo como si equivocarse fuera siempre maravilloso. Hay errores que son un garrón. Pero quizá podamos cambiar la pregunta posterior. En vez de “¿cómo pude ser tan idiota?”, probar con “¿qué información tenía cuando decidí?, ¿qué no sabía?, ¿qué subestimé?, ¿qué haría distinto ahora?”. Esa diferencia transforma el error de sentencia en aprendizaje. Además podríamos empezar a observar qué decisiones tratamos como si fueran irreversibles aunque no lo sean. Hay cosas que sí requieren muchísimo cuidado porque las consecuencias son grandes. Pero otras permiten corregir. Puedo probar una manera diferente de organizar mi trabajo durante dos semanas. Puedo presentar una propuesta y después ajustarla. Puedo iniciar una conversación sin tener que definir toda una relación esa misma noche.
Me gusta mucho la idea de acciones reversibles porque le bajan un poco el volumen a esa fantasía de que cada movimiento define nuestra vida para siempre. ¿Qué pequeño paso podría dar que me permita obtener información sin obligarme a sostenerlo eternamente? Si quiero cambiar de profesión, quizá no necesito renunciar mañana. Puedo hacer una experiencia paralela. Si quiero acercarme a alguien, no tengo que resolver inmediatamente qué vínculo vamos a tener dentro de cinco años. Puedo hablar. Si tengo una idea nueva sobre algo que defendí durante décadas, puedo explorarla sin convertirme instantáneamente en presidente del club de la teoría contraria. La vida admite borradores bastante más de lo que a veces creemos.
También podríamos empezar a practicar comunicación directa en dosis pequeñas. Esto conecta con todo lo que vimos sobre vulnerabilidad y comunicación indirecta. Si estoy acostumbrado a insinuar, no tengo que pasar mañana de una indirecta sutil a una declaración transmitida por cadena nacional. Puedo agregar claridad de a poco. En vez de esperar que alguien deduzca que me hizo bien verlo, decir “me gustó verte”. En vez de mandar solamente una canción, decir “te la mando porque hay algo de esto que me resonó”. En el trabajo, en vez de acumular enojo durante tres meses, decir “con esta carga no llego a hacerlo bien”. En una amistad, en vez de retirarme esperando que el otro advierta qué pasó, decir “esto me cayó mal y prefiero hablarlo”.
Y después observar qué ocurre. ¿La realidad fue tan peligrosa como imaginaba? ¿La otra persona respondió bien, mal, más o menos? ¿Pude sostener su respuesta? ¿Sentí ganas de retractarme enseguida? ¿Qué aprendí? Porque cada experiencia directa empieza a producir información que ninguna teoría podría darme de antemano.
Otra posible salida me parece aceptar algo que quizá sea de lo más difícil: la ambivalencia puede continuar después de decidir. Podemos dejar de esperar ese estado maravilloso donde todo nuestro ser marcha unido detrás de una opción con música épica de fondo. Puedo elegir un trabajo nuevo y seguir extrañando cosas del anterior. Puedo decidir acercarme a alguien y todavía sentir miedo. Puedo terminar una relación y seguir queriendo a esa persona. Puedo elegir quedarme y seguir preguntándome cómo habría sido irme. Ninguna de esas experiencias demuestra automáticamente que elegí mal. Quizá demuestra simplemente que había algo valioso en las dos direcciones.
Entonces, cuando aparezca la voz contraria después de decidir, en vez de interpretarla como “me equivoqué”, podríamos preguntarnos: ¿qué está extrañando esta parte de mí?, ¿qué pérdida está registrando?, ¿hay algo que pueda cuidar aunque sostenga mi decisión? Porque a veces podemos integrar parte de aquello que dejamos afuera. Cambio de trabajo pero conservo algunos vínculos. Entro en una relación pero protejo espacios de autonomía. Cambio una idea sin despreciar todo lo que aprendí de la anterior. Elegir no siempre requiere incendiar el puente después de cruzarlo.
Y eso lleva a una herramienta que me parece especialmente potente: mirar las pérdidas de ambos lados. Porque muchas veces analizamos muchísimo qué podríamos perder si actuamos y casi nada qué estamos perdiendo por no actuar. Si digo lo que siento, puedo recibir una respuesta que me duela. Es verdad. Si nunca lo digo, también puedo perder la posibilidad de saber qué habría ocurrido. Si cambio de trabajo, puedo perder estabilidad. Si me quedo, puedo perder crecimiento, tiempo o entusiasmo. Si reviso una idea, puedo perder cierta coherencia identitaria. Si no la reviso, puedo perder apertura frente a algo que descubrí.
Entonces la pregunta ya no sería solamente “¿qué riesgo tiene hacer esto?”, sino también “¿qué costo tiene seguir exactamente como estoy?”. Y esta pregunta, por algún motivo, solemos olvidarla muchísimo. El presente parece gratuito porque ya estamos dentro. Pero no lo es. También tiene costos. También implica renuncias. También construye futuro.
Marsha Linehan, creadora de la terapia dialéctico-conductual, trabajó justamente con una idea que encaja muy bien acá: podemos sostener aceptación y cambio al mismo tiempo. No necesito odiar quién soy para modificar algo, ni negar lo difícil de una situación para intentar transformarla. Puedo decir “entiendo perfectamente por qué aprendí a hacer esto” y también “ya no quiero que siga gobernando mi vida de la misma manera”. Para mí esta posición es muy distinta de tratarnos como un problema que hay que arreglar. Muchas de las estrategias que fuimos viendo probablemente tuvieron una función. Buscar seguridad, pensar muchísimo, controlar la exposición, tomar distancia, consultar, ser responsable. Tal vez nos ayudaron durante años. El asunto no es declararles la guerra, sino preguntarnos si todavía necesitamos utilizarlas siempre y con la misma intensidad.
Capaz una parte de la salida consiste justamente en desarrollar más repertorio. Si mi única respuesta al miedo es pensar, agrego la posibilidad de sentirlo durante un rato. Si mi única respuesta a la cercanía es tomar distancia, practico pedir espacio sin desaparecer. Si mi única manera de comunicar algo importante es indirecta, sumo algunas frases directas. Si ante cada decisión consulto, pruebo algunas sin hacerlo. Si frente al error me castigo, intento analizar qué aprendí. No eliminé mis formas anteriores. Ahora tengo alternativas.
Y esto me parece muchísimo más interesante que “cambiar de personalidad”. No estamos intentando convertir a una persona reflexiva en alguien impulsivo, a alguien reservado en una persona que cuenta su vida en la fila del supermercado o a alguien responsable en un irresponsable encantador. La pregunta sería: ¿puedo elegir cuándo usar aquello que antes hacía automáticamente? Si puedo pensar mucho cuando una decisión lo merece y también decidir con información suficiente cuando seguir pensando ya no agrega nada, tengo más libertad. Si puedo guardar algo íntimo cuando quiero protegerlo y también compartirlo cuando deseo construir cercanía, tengo más libertad. Si puedo estar solo y pedir ayuda, tengo más libertad.
Para observar eso, podríamos empezar a registrar situaciones muy concretas. No hacer una tesis sobre nosotros mismos, porque ya vimos cómo termina eso. Elegir una situación. “Tengo que tomar esta decisión”. Y preguntarnos qué aparece: ¿deseo, miedo, deber?, ¿qué información real necesito?, ¿qué estoy consultando solamente para calmarme?, ¿cuál sería una acción pequeña?, ¿es reversible?, ¿qué podría aprender aunque no salga como espero?, ¿qué estoy perdiendo mientras no hago nada? Después hacemos una cosa pequeña y observamos.
Eso convierte el autoconocimiento en práctica.
Y también creo que hay una salida que no deberíamos presentar como última instancia vergonzosa ni como señal de fracaso: pedir ayuda profesional cuando estos patrones generan sufrimiento importante o paralización. Si una persona pasa años incapaz de tomar decisiones básicas, si la ansiedad es muy intensa, si los vínculos quedan sistemáticamente dañados por ciclos de acercamiento y retirada, si la necesidad de reaseguro ocupa gran parte del día, si la culpa o el miedo al error vuelven extremadamente difícil trabajar, vincularse o vivir con cierta tranquilidad, puede ser muy útil trabajarlo en terapia. No para que un terapeuta diga qué hacer, justamente. Una buena terapia debería ayudar a ampliar comprensión, recursos y capacidad de elección, no transformarse en otro oráculo externo.
Y acá también podemos preguntarnos qué esperamos de una terapia. ¿Quiero un lugar para investigar eternamente o un espacio donde aquello que comprendo empiece también a convertirse en experiencia? ¿Puedo decirle al terapeuta “me doy cuenta de que entiendo esto hace años y sigo igual, quiero trabajar qué pasa cuando intento hacer algo diferente”? Porque incluso la terapia puede convertirse en otra forma sofisticada de análisis si no entra nunca la vida real a la conversación.
Hay algo más que me parece fundamental y que quizás no dijimos suficiente: cambiar un patrón puede sentirse mal al principio aunque sea un buen cambio. Si llevo treinta años consultando antes de decidir, tomar una decisión sola probablemente no produzca inmediatamente paz interior y violines. Puede producir ansiedad. Si siempre controlo muchísimo lo que muestro, hablar claramente puede dejarme con una resaca de vulnerabilidad. Si suelo alejarme cuando algo me importa, quedarme puede sentirse tremendamente incómodo. Entonces una herramienta central es no confundir automáticamente “esto me resulta incómodo” con “esto está mal”.
Podríamos preguntarnos: ¿esta incomodidad es una señal de peligro real o la sensación de estar haciendo algo que todavía no tengo practicado? ¿Qué evidencia tengo? ¿Puedo esperar un poco antes de volver a mi conducta habitual? ¿Qué ocurre si sostengo esta nueva respuesta apenas un poco más?
Me parece que buena parte del trabajo está ahí, en esos segundos. Antes de consultar. Antes de desaparecer. Antes de retractarnos. Antes de explicar lo que sentimos. Antes de volver a corregir algo que ya está bien. Antes de decidir que la duda significa que todavía no podemos elegir. Ese pequeño espacio entre lo que aparece automáticamente y lo que finalmente hacemos puede ser muchísimo más transformador que encontrar otra gran explicación.
Y mirá qué curioso, capaz no existe un único qué hacer. Hay prácticas que pueden ayudarnos a recuperar margen de elección. Distinguir qué deseo, qué temo y qué creo que debo hacer. Saber cuándo estoy buscando información y cuándo estoy pidiendo tranquilidad. Atravesar pequeñas dosis de incertidumbre. Consultar sin entregar el volante. Equivocarme sin convertir el error en identidad. Hacer movimientos reversibles. Hablar un poco más claro. Dejar que dos sentimientos contradictorios sigan existiendo. Mirar no solamente el costo de actuar, sino también el costo de seguir esperando. Y pedir ayuda cuando solos no estamos pudiendo mover algo que nos hace sufrir.
Pero todo eso sigue dejando una instancia abierta. Porque ninguna herramienta puede elegir por nosotros. Y quizás ésa sea justamente la salida que menos nos gusta y la que más autonomía devuelve: aceptar que no vamos a construir una vida sin incertidumbre, sin miedo, sin contradicción ni posibilidad de pérdida. Lo que sí podemos construir es una relación distinta con todo eso.
Entonces quizá, frente a una decisión, ya no tengamos que preguntarnos solamente “¿cómo hago para sentirme completamente seguro?”. Podríamos probar con algo más posible: “¿Tengo suficiente claridad para dar un paso, aunque todavía haya una parte de mí que tenga miedo?”. Y después darlo, mirar qué pasa, aprender, corregir y volver a elegir.
Porque capaz salir de estos patrones no significa llegar algún día a un punto en el que ya no necesitemos pensar nada de esto. Puede ser algo bastante más humano: que la próxima vez que aparezca el mecanismo lo reconozcamos un poquito antes y tengamos una opción más. Y a veces una opción más alcanza para que algo empiece a cambiar.
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Albert Bandura (1977): Self-efficacy: Toward a Unifying Theory of Behavioral Change. Artículo de Bandura, PubMed
Marsha Linehan: fuente sobre DBT y la síntesis entre aceptación radical y medios para el cambio. Fuente de Linehan, Guilford Press
