Llegamos al final de este recorrido y me da un poco de gracia pensar dónde empezamos. El primer capítulo nacía de una pregunta bastante simple: ¿por qué hay personas que entienden muchísimo lo que les pasa y aun así no saben qué hacer? Y después nos metimos por todos lados. Fuimos a la forma en que aprendemos a buscar seguridad, a pedir confirmación, a controlar lo incierto, al miedo a perder, a la autosuficiencia, a la intelectualización, a la regulación de lo que mostramos, a la investigación interminable, a la ambivalencia, a acercarnos y alejarnos, a quedar expuestos, a hablar mediante canciones, arte, trabajo o humor, al deber, al miedo a equivocarnos, al famoso “qué hacer”, a la diferencia entre descubrir algo y realizar una acción, y finalmente al cuerpo, que a esta altura debía estar golpeando la puerta diciendo “hola, yo también existo”. Y después de todo eso me queda una idea bastante sencilla: quizá llega un momento en el que comprender más ya no es lo mismo que avanzar.

Y esto es difícil de aceptar justamente para quienes encontramos mucho valor en comprender. Porque comprender realmente transforma. Saber de dónde viene una manera de actuar puede permitirnos dejar de vivirla como una especie de defecto personal. Descubrir las condiciones en las que aprendimos algo puede hacer que nos tratemos con bastante menos crueldad. Reconocer un patrón permite verlo cuando empieza, y verlo ya abre una posibilidad que antes no existía. Pensar importa. Investigar importa. Preguntarnos importa. Yo jamás terminaría veinte capítulos sobre el valor de las preguntas diciendo “bueno, muchachos, no piensen más porque hace mal”. Sería bastante ridículo. Lo que sí me pregunto es cuándo una pregunta sigue abriendo algo y cuándo empieza a protegernos de aquello que ya abrió.

Porque podemos llegar a conocernos muchísimo. Puedo saber que ciertas experiencias me hicieron buscar seguridad afuera. Puedo reconocer que cuando algo me importa aparece miedo. Puedo entender por qué me cuesta mostrarme, por qué me alejo cuando me siento demasiado expuesta, por qué intento anticipar todas las consecuencias, por qué me resulta difícil equivocarme, por qué transformo algunas emociones en pensamiento, trabajo, arte o humor. Puedo reconstruir la historia completa con una claridad impresionante. Y después de todo ese trabajo aparece una pregunta que no se resuelve solamente agregando otra causa: ¿qué voy a hacer ahora?

Ahí cambia el terreno. Porque las causas explican cómo llegué hasta acá. No necesariamente deciden hacia dónde quiero ir. Y para mí esta diferencia es enorme. Mi historia puede explicar muchísimo de mí sin convertirse en una instrucción para el futuro. Puedo comprender por qué me acostumbré a determinadas relaciones, por qué ciertas situaciones me resultan especialmente difíciles, por qué algo me despierta miedo o por qué determinada manera de vivir me resultó segura durante años. Pero el hecho de que algo tenga una explicación no significa que tenga que seguir organizando mi vida de la misma manera. Entender una determinación no obliga a obedecerla eternamente.

Capaz durante años necesité, en un sentido concreto, determinado modo de protegerme. Capaz fue inteligente. Capaz incluso fue indispensable en algún momento. Pero una estrategia puede haber tenido muchísimo sentido en el contexto donde nació y dejar de ser la respuesta que quiero seguir dando hoy. Y entonces aparece una pregunta distinta de “¿por qué soy así?”. Aparece: “Ahora que sé por qué aprendí esto, ¿quiero seguir viviendo de esta manera?” Esta pregunta me parece mucho más difícil. Porque el “por qué” mira hacia atrás y busca una explicación. El “qué quiero construir” mira hacia adelante y me compromete.

Yo puedo pasar diez años investigando por qué tengo miedo de cambiar de trabajo. Puede haber razones familiares, económicas, culturales, personales, experiencias anteriores, inseguridades, identidades construidas alrededor de mi profesión. Todo eso puede ser verdadero. Pero después hay un martes cualquiera en el que sigo entrando al mismo trabajo. Y nadie puede vivir ese martes por mí.

Puedo comprender perfectamente por qué me cuesta decirle algo a una persona. Puedo reconstruir mi relación con la vulnerabilidad desde la primaria hasta ayer. Puedo reconocer cada vez que me expuse y salió mal, cada vez que aprendí a guardar algo, cada vez que la distancia me dio seguridad. Fantástico. Pero todavía queda una pregunta que ninguna explicación responde: ¿quiero seguir callándolo? Y quizás la respuesta sea sí. Eso también es válido. El problema no es elegir no hacer algo. El problema sería creer que todavía estamos investigando cuando, en realidad, llevamos años evitando reconocer que estamos eligiendo no hacerlo.

Porque una de las cosas que más me quedaron de todo este recorrido es ésta: no actuar no nos deja afuera de la historia. No somos espectadores neutrales mientras decidimos si participar. El tiempo sigue. Los vínculos cambian. Las personas cambian. Las oportunidades también. Nosotros mismos nos transformamos. Entonces el silencio produce consecuencias, la espera produce consecuencias, la distancia produce consecuencias. No necesariamente malas. Pero existen.

Y ahí quizá tengamos que dejar de imaginar que solamente somos responsables de aquello que hacemos activamente. También construimos nuestra vida con lo que sostenemos, con lo que dejamos pasar y con aquello que nunca terminamos de intentar.

Esto no significa vivir desesperados pensando “tengo que hacer todo ahora porque me voy a morir”. Qué agotamiento. No quiero convertir la conciencia del tiempo en una aplicación de productividad existencial donde a las siete de la mañana ya tenemos que haber cumplido tres sueños y resuelto un trauma. Significa algo bastante más modesto: reconocer que esperar también es una forma de utilizar el tiempo y poder preguntarnos si queremos seguir usándolo así.

Y acá me aparece una de las preguntas que para mí mejor sintetiza estos capítulos: ¿qué información nueva estoy esperando? Porque puede haber una respuesta concreta. “Necesito saber esto antes de decidir”. Perfecto. Averigualo. Pero si no sé qué estoy esperando, si simplemente digo “todavía tengo que seguir pensando”, capaz vale la pena preguntar qué tendría que ocurrir para considerar terminado ese pensamiento. ¿Qué conclusión estoy buscando? ¿Qué sensación espero alcanzar? ¿Estoy esperando comprender algo nuevo o estoy esperando dejar de sentir miedo?

Porque ésa es otra confusión enorme. Podemos pensar que todavía no comprendimos suficiente cuando en realidad comprendimos bastante pero seguimos sintiendo miedo. Y saber más no necesariamente elimina el miedo.

Puedo comprender perfectamente que exponerme no es una amenaza mortal y seguir sintiendo el corazón acelerado antes de decir algo importante. Puedo saber que una decisión es razonable y seguir dudando. Puedo tener clarísimo que quiero un cambio y sentir pena por lo que dejo. Puedo saber que una relación me importa y seguir teniendo miedo de perder autonomía. Capaz no falta una explicación. Falta aceptar que algunas decisiones van a hacerse con emociones todavía abiertas.

Y esto me parece fundamental porque quizá hemos construido una idea bastante imposible de libertad: primero resuelvo todas mis contradicciones internas, elimino el miedo, termino de comprenderme, estoy absolutamente seguro y entonces elijo. Si esperamos eso, por ahí nos tienen que congelar hasta nuevo aviso. La libertad humana real parece bastante menos prolija.

Elegimos con historia. Elegimos condicionados. Elegimos con información limitada. Elegimos teniendo miedo. Elegimos queriendo dos cosas. Elegimos sabiendo que podemos arrepentirnos. Y aun así elegimos.

Esto no significa que todas las elecciones sean igualmente libres ni que las condiciones materiales no importen. Obviamente no. Hay personas con márgenes enormes de decisión y otras con márgenes muy restringidos por dinero, trabajo, responsabilidades, desigualdad, violencia, salud, contexto. Sería bastante absurdo reducir todo a “si querés, podés”. No. Pero incluso dentro de las condiciones concretas que existen, muchas veces queda algún margen, aunque sea pequeño, sobre el cual podemos preguntarnos: ¿qué quiero hacer con lo que efectivamente tengo disponible?

Y acá pienso en Jean-Paul Sartre, no porque tengamos que comprarnos toda su filosofía existencialista antes de terminar el podcast, tranquilos, sino porque insistió muchísimo en la incomodidad de la libertad y de la responsabilidad sobre nuestras elecciones. Hay algo muy potente en esa tradición: no existe una esencia previamente escrita que pueda decirnos exactamente qué vida debemos realizar. Y eso puede sentirse liberador, pero también bastante angustiante, porque nos deja sin ese manual definitivo que venimos buscando hace veinte episodios.

Quizá por eso deseamos tanto encontrar una causa que también nos diga qué hacer. Porque una causa explica. Una ley determina. Una regla ordena. Una autoridad autoriza. Pero una elección nos deja bastante más solos.

No solos en el sentido de no poder apoyarnos en nadie. Podemos escuchar, pedir ayuda, leer, estudiar, hacer terapia, conversar, dejarnos cuestionar. Todo eso puede enriquecer muchísimo una decisión. Pero llega un punto donde nadie puede sustituir completamente la primera persona. “Yo elijo esto.” Esa frase pesa.

Y por eso quizá preferimos otras: “No tuve alternativa”, “era lo que correspondía”, “las condiciones me llevaron”, “todo indicaba que tenía que hacerlo”. Puede que alguna vez sean completamente ciertas. Pero otras veces pueden permitirnos ocultar algo de nuestra participación.

¿Y qué pasaría si dijéramos simplemente “elegí esto porque, entre las opciones que tenía y con lo que sabía en ese momento, era la vida que quería intentar”? No estamos diciendo “sé que saldrá bien”. Estamos diciendo algo mucho más limitado: “Esta decisión es mía”.

Y si después cambia algo, volvemos a decidir. Eso también me parece importante porque solemos imaginar la elección como una especie de juramento eterno. Elijo y ahora tengo que ser coherente con esto hasta la muerte para demostrar que elegí bien. Pero una decisión puede ser verdadera hoy y necesitar revisión dentro de cinco años. Cambiar no necesariamente invalida lo anterior. Capaz aquella elección produjo exactamente la experiencia que permitió que hoy pudiera elegir distinto.

Elegir una vida no significa escribir de una sola vez el guion completo. Significa ir escribiendo escenas. Y de vez en cuando descubrir que el personaje hizo algo que no estaba en el tratamiento original. Una falta total de respeto por el productor, pero bastante habitual.

Esto me lleva a otra cosa que me parece preciosa: la acción también nos descubre. Hemos hablado muchísimo de descubrirnos para actuar, pero el proceso también funciona al revés. Yo no sé completamente quién soy antes de vivir. Descubro cosas de mí cuando hago. Capaz durante años pienso que determinada situación me resultaría insoportable y, cuando llega, descubro que tengo recursos que desconocía. O creo que algo es exactamente lo que quiero y, cuando lo experimento, descubro que no. Eso no significa que falló el autoconocimiento. Significa que una parte de nosotros solamente aparece en relación con una experiencia real.

Entonces quizá preguntarnos eternamente “¿qué quiero verdaderamente?” también puede convertirse en una trampa si creemos que existe adentro nuestro una respuesta completamente terminada esperando ser encontrada. A veces sabemos qué queremos probando. Quiero saber si me gusta enseñar de determinada manera: enseño. Quiero saber si quiero dedicarme a un proyecto: hago una experiencia. Quiero saber qué pasa con una persona: converso. Quiero saber cómo me siento poniendo un límite: lo pongo. Después tengo datos que antes no tenía. Y vuelvo a pensar.

Esto para mí es importantísimo porque rompe la idea de que pensamiento y acción son dos etapas separadas donde una tiene que terminar completamente antes de que empiece la otra. Podemos pensar, actuar, observar, revisar, volver a actuar. Hay algo bastante más vivo ahí. Y también bastante menos controlable. Ése es el problema. Porque cuando actúo la realidad contesta.

Y capaz toda esta serie terminó tratando, en el fondo, de eso: qué hacemos con aquello que no podemos controlar. No podemos controlar completamente si alguien nos va a querer. No podemos controlar si una decisión laboral va a funcionar. No podemos controlar cómo va a reaccionar otra persona cuando nos mostramos. No podemos eliminar todo error. No podemos garantizar que nunca vamos a perder. No podemos conseguir que todas nuestras partes internas estén siempre de acuerdo. No podemos saber completamente quién vamos a ser después de una experiencia.

Pero podemos participar. Eso sí. Podemos elegir cómo queremos entrar en esa incertidumbre. Y entonces la pregunta empieza a cambiar. Ya no es solamente “¿cómo hago para saber qué decisión es la correcta?”. Capaz sea: “¿qué decisión estoy dispuesto a asumir como propia aun sabiendo que no puedo garantizar el resultado?” Eso me parece una pregunta adulta. Incómoda, pero adulta.

Y hay otra que me interesa mucho: ¿qué clase de persona quiero practicar ser? No qué etiqueta quiero tener. Qué quiero practicar. Porque si quiero ser alguien que puede expresar afecto, tendré que expresar afecto alguna vez. Si quiero construir relaciones donde exista diálogo, voy a tener que tener conversaciones incómodas. Si quiero desarrollar autonomía, alguna decisión tendrá que salir mal sin que corra a buscar a alguien para devolverle el producto. Si quiero ser una persona intelectualmente abierta, en algún momento voy a tener que soportar descubrir que estaba equivocada.

Nuestra identidad también se construye mediante prácticas. Y esto me gusta mucho más que imaginarnos una esencia que un día vamos a descubrir debajo de siete capas de análisis y decir “listo, éste soy yo”. Capaz la pregunta no sea solamente “¿quién soy?” sino “¿qué estoy construyendo con lo que hago repetidamente?”

Porque puedo considerarme alguien que desea intimidad y pasar veinte años manteniendo distancia. Puedo considerarme alguien que quiere cambiar y elegir siempre lo conocido. Puedo decir que valoro la verdad y evitar conversaciones donde podría aparecer una respuesta incómoda. Puedo hablar muchísimo de autonomía y consultar cada decisión importante. No para acusarnos de incoherencia. Todos tenemos contradicciones. Pero hay información ahí.

Quizá nuestra vida concreta también merece tener derecho a réplica frente a la idea que tenemos de nosotros mismos. ¿Qué estoy haciendo regularmente? ¿Qué relaciones estoy construyendo? ¿Qué estoy dejando entrar? ¿Qué estoy dejando afuera? ¿Qué decisiones vengo tomando de hecho mientras pienso que todavía no decidí?

Y hay otra pregunta que me gustaría hacer antes de cerrar porque para mí resume algo muy importante: ¿qué tendría que dejar de esperar para empezar a vivir de una manera distinta? ¿Dejar de esperar certeza? ¿Dejar de esperar autorización? ¿Dejar de esperar que desaparezca el miedo? ¿Dejar de esperar que otra persona dé el primer paso? ¿Dejar de esperar entender una causa más? ¿Dejar de esperar sentirme completamente preparado? ¿Dejar de esperar que todas las contradicciones se resuelvan?

Puede ser cualquiera de esas cosas. Y también puede ser ninguna. Capaz genuinamente todavía estamos atravesando un proceso que necesita tiempo. Pero si llevamos años en el mismo punto, la pregunta merece aparecer.

Porque entender también puede darnos una forma muy elegante de quedarnos. Puedo explicar perfectamente mi parálisis. Puedo contar su historia. Puedo saber qué función cumple. Puedo identificar cada mecanismo involucrado. Y seguir paralizada. Ahí quizá el próximo descubrimiento no está en una causa nueva. Está en una experiencia nueva.

Esto me hace pensar también en todo lo que fuimos diciendo sobre el cuerpo. Capaz llega un momento donde en lugar de formular la pregunta número ciento treinta y siete tenemos que sentir qué pasa cuando hacemos un movimiento. No porque el cuerpo sepa mágicamente la respuesta, sino porque nuestra vida no ocurre solamente en el pensamiento. Y tampoco ocurre solamente en el pasado.

Esto me parece importante para cerrar. Investigar nuestra historia tiene muchísimo valor, pero no somos únicamente aquello que nos pasó. También somos aquello que hacemos con eso. No elegimos muchas de las condiciones que nos formaron. Sí podemos intervenir, en algún grado, sobre qué lugar van a ocupar en lo que viene.

Y no siempre podemos hacerlo solos. Algunas historias, algunos miedos y algunos patrones generan tanto sufrimiento que necesitan un espacio terapéutico, apoyo, tiempo, incluso otros tipos de ayuda. Pedirla también es una acción. Tampoco la autonomía consiste en resolver toda la existencia encerrados en una habitación para demostrar que no dependemos de nadie. De hecho, después de todo lo que vimos sobre contradependencia, sería bastante gracioso terminar diciendo “bueno, ahora arréglense solos”. No. Podemos construir junto a otros. La diferencia es que los otros nos acompañan en nuestra vida. No pueden reemplazarnos en ella.

Y entonces vuelvo a aquella pregunta inicial: ¿por qué alguien puede comprender muchísimo lo que le pasa y aun así no saber qué hacer? Capaz porque comprender y elegir son capacidades relacionadas, pero no idénticas. La comprensión puede ampliar el campo, mostrar alternativas, revelar patrones, ayudarnos a distinguir miedos de deseos, permitirnos actuar con mayor conciencia. Pero no elimina el momento de elección. Y quizá no debería eliminarlo.

Porque si alguna teoría, algún terapeuta, algún profesor, algún libro, algún amigo o algún podcast pudiera decirnos exactamente qué hacer en cada decisión importante, obtendríamos muchísima seguridad. Pero perderíamos algo bastante importante en el camino: nuestra autoría.

Por eso, si después de todo este recorrido alguien llega al final y me pregunta: “Bueno, Romi, entonces, ¿qué hago?”, probablemente la respuesta más coherente que podría darle sería: “No lo sé.” Y no lo digo para hacerme la misteriosa después de veinte capítulos. Realmente no lo sé.

No sé qué tenés que hacer con esa relación. No sé si deberías cambiar de trabajo. No sé si tenés que escribir ese mensaje. No sé si tenés que quedarte, irte, esperar o empezar. Puedo ayudarte a hacer preguntas. Podemos pensar qué deseás, qué temés, qué condiciones existen, qué patrones aparecen, qué costo tiene cada opción, qué información falta, qué parte de tu historia está hablando.

Y después hay un lugar al que yo no puedo entrar. Porque ahí empieza tu decisión. Y quizás ése sea exactamente el lugar al que llevábamos intentando llegar desde el primer capítulo. No a encontrar la respuesta correcta. A recuperar la posibilidad de responder.

Entonces capaz llega un momento en el que tenemos que cerrar un rato los libros, apagar el video, dejar de buscar otra explicación y preguntarnos algo que ninguna investigación puede contestar completamente por nosotros: “Con todo esto que descubrí de mí, ¿qué vida quiero construir ahora?”

No qué vida debería querer. No cuál garantiza que no voy a sufrir. No cuál demuestra que entendí mejor mi historia. No cuál aprobarían todos. No cuál viene con menos contradicciones. ¿Qué vida quiero construir?

Y después aparece una segunda pregunta, bastante menos filosófica y probablemente bastante más importante: “¿Qué cosa pequeña tendría que empezar a hacer distinto para que esa vida deje de ser solamente una idea?”

Porque quizá al final todo este recorrido no termine en otra explicación. Termine en un movimiento. Uno. No hace falta resolver la vida completa. Una conversación que antes evitábamos. Una decisión que podemos tomar sin pedir permiso. Un límite. Una propuesta. Una pregunta directa. Una prueba. Un “no”. Un “sí”. Un “te quiero”. Un “esto ya no lo quiero”. Un “no sé cómo va a salir, pero quiero averiguarlo”.

Y después vemos. Pensamos otra vez. Corregimos. Volvemos a elegir. Porque comprender nuestra historia puede ayudarnos a dejar de repetirla automáticamente. Pero comprenderla no escribe lo que viene. Eso todavía nos toca a nosotros.

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Jean-Paul Sartre: Existentialism Is a Humanism. Fuente de Sartre, Yale University Press / JSTOR

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