Hay algo que se desprende bastante de lo que veníamos hablando y que me parece interesante porque es una conducta completamente cotidiana. Todos, en algún momento, le preguntamos a alguien qué piensa sobre algo que hicimos, sobre una decisión, sobre una relación, sobre un mensaje que recibimos. “¿Vos cómo lo ves?”, “¿te parece que estuve mal?”, “¿qué pensarías si te pasara esto?”. Hasta ahí no hay ningún problema. Pensamos con otros, conversamos con otros, nos sirven otras miradas porque nadie tiene un panorama completo de sí mismo. Pero mientras hablábamos de todo esto apareció otra pregunta: ¿qué pasa cuando ya no estoy buscando una mirada diferente, sino que busco que alguien confirme permanentemente que estoy haciendo bien las cosas?

Porque no es exactamente lo mismo pedir una opinión que pedir reaseguro. La opinión puede contradecirme, incomodarme, mostrarme algo que no estaba viendo. El reaseguro, en cambio, tiene otra función: empiezo a depender de la respuesta del otro para tranquilizarme.

Pensemos en una situación bastante común. Tomé una decisión y le cuento a una amiga. Me escucha, me dice: “Sí, creo que hiciste bien”. Me quedo tranquila. Hasta ahí fantástico. Pero al día siguiente aparece una pequeña duda y vuelvo: “¿Estás segura de que hice bien?”. Me vuelve a decir que sí. Unas horas después encuentro un detalle nuevo: “¿Pero vos decís que esto no cambia nada?”. Y otra vez vuelvo a buscar la confirmación.

Entonces capaz que ya no estoy analizando la decisión. Estoy intentando regular una emoción a través de la respuesta de otra persona.

Esto se estudia bastante en psicología como búsqueda de reaseguro, reassurance seeking. Aparece en diferentes problemas de ansiedad, pero también puede existir perfectamente fuera de cualquier diagnóstico. Lo interesante no es ponerle una etiqueta a la persona, sino mirar para qué sirve la conducta. Y sirve para algo muy concreto: baja momentáneamente la incomodidad. Si estoy inquieta y alguien en quien confío me dice “quedate tranquila”, efectivamente puedo quedarme más tranquila. Por eso repetimos la conducta. Si no sirviera para nada, la abandonaríamos.

La cuestión es qué pasa cuando empiezo a depender cada vez más de ese mecanismo. Porque puedo acostumbrarme a sentir que, frente a determinadas situaciones, mi tranquilidad depende de una confirmación externa. Y acá aparece algo medio contradictorio: busco a otra persona para sentirme más segura, pero si cada vez dependo más de la opinión de otros para sentirme segura, termino confiando menos en mi propia percepción.

Supongamos que cada vez que tengo que escribir un mail importante se lo muestro primero a alguien. “¿Está bien así?”. Me dice que sí y lo mando. Después hago lo mismo con el siguiente. Y el siguiente. Y el siguiente. ¿Qué estoy aprendiendo en todo ese proceso? Podría aprender que soy una persona cuidadosa y me gusta revisar lo que escribo. Perfecto. Pero también podría estar aprendiendo algo completamente distinto: “No confío suficientemente en mi criterio como para mandar algo sin que otro lo apruebe antes”.

Entonces una pregunta bastante sencilla puede abrir mucho: ¿qué creo que ocurriría si esta vez no preguntara? No hace falta responder rápidamente. ¿Me pondría nerviosa? ¿Sentiría que seguramente cometí un error? ¿Tendría ganas de volver atrás? ¿Me costaría muchísimo esperar el resultado? ¿O simplemente estoy acostumbrada a consultar y nada más? Porque tampoco tenemos que fabricar un trauma donde solamente había una costumbre.

Y hay otra cosa que me interesa especialmente: a veces decimos que estamos pidiendo opiniones, pero en realidad buscamos una respuesta determinada. Le pregunto a alguien. No me gusta lo que me dice. Entonces pregunto a otra persona. Tampoco. Voy a una tercera. La cuarta finalmente me dice lo que yo quería escuchar y pienso: “¡Exactamente! Eso era lo que yo decía”.

Bueno… entonces, evidentemente, ya tenía una posición. ¿Por qué buscaba encontrar a otra persona que la validara?

Capaz porque no estaba buscando información. Estaba buscando permiso.

Y esa palabra me parece muy interesante: permiso. Porque podemos ser personas adultas, independientes, tomar cientos de decisiones todos los días y, sin embargo, en ciertos territorios seguir esperando una especie de autorización invisible. “Decime que está bien que haga esto.” “Decime que no estoy exagerando.” “Decime que tengo razón.” “Decime que no soy mala persona.” “Decime que puedo querer lo que quiero.”

Y ahí la cuestión ya no pasa tanto por la decisión en sí, sino por cuánto confiamos en nuestro derecho a tener una percepción propia, un deseo propio, una interpretación propia.

Desde la terapia cognitiva, autores como Aaron Beck y posteriormente Judith Beck trabajaron muchísimo sobre la relación entre pensamientos, emociones y conductas. Y dentro de los modelos cognitivo-conductuales, investigadores como Paul Salkovskis estudiaron estas conductas que utilizamos para sentirnos momentáneamente más seguros. Algo que me resulta particularmente interesante de esa mirada es que una conducta puede aliviar en el momento y, al mismo tiempo, impedirnos aprender algo nuevo sobre nosotros mismos.

Si cada vez que dudo pregunto, nunca descubro qué pasa si dudo y no pregunto inmediatamente. Si siempre busco aprobación antes de actuar, nunca acumulo demasiadas experiencias de haber usado mi propio criterio y haber sobrevivido perfectamente a eso.

Y ojo, porque acá podríamos irnos fácilmente al extremo opuesto y decir: “Entonces no hay que pedirle opinión a nadie”. No. Sería bastante absurdo. A veces nos sirve una mirada externa justamente porque estamos demasiado metidos dentro de la situación. Y también existe algo muy sano en decir “necesito ayuda”, “no sé cómo resolver esto”, “quiero escuchar qué pensás”. Acá estamos hablando de una necesidad concreta de apoyo o ayuda, no de la necesidad carencial que definimos en el capítulo 1. El punto no está en dejar de consultar. Está en observar qué función cumple esa consulta.

Hay una pregunta que podría servir muchísimo: ¿qué quiero recibir de esta conversación? ¿Quiero conocer otro punto de vista? ¿Quiero información que no tengo? ¿Quiero pensar en voz alta con alguien? ¿Quiero sentirme acompañada? ¿O quiero que esa persona me diga que tengo razón?

Porque buscar compañía es diferente de buscar una respuesta que me quite la responsabilidad de decidir. Capaz estoy frente a una decisión difícil y no quiero que una amiga me diga qué hacer. Quiero poder decirle: “Estoy cagada de miedo, escuchame un rato”.

Eso me parece muchísimo más honesto.

A veces transformamos el deseo o la necesidad puntual de acompañamiento en una consulta porque nos cuesta decir directamente: “Quiero que estés conmigo mientras atravieso esto”. Entonces preguntamos: “¿Qué harías vos?”. Y quizás lo que queremos realmente no es saber qué haría ella. Queremos no sentirnos tan solos frente a nuestra propia decisión.

También podemos cambiar la manera en que pedimos ayuda. En vez de preguntar “¿qué hago?”, podríamos decir: “Hay algo que no estoy pudiendo ver, ¿qué ves vos?”. O “Ayudame a pensar qué cosas tendría que tener en cuenta”. O “No quiero que decidas por mí, pero quiero contártelo porque estoy medio perdida”.

Parece una diferencia semántica, pero no lo es. En una pregunta entrego el volante. En la otra, invito a alguien a sentarse un rato en el asiento de acompañante.

Y hay otra pregunta bastante filosa que podemos hacernos: ¿qué pasa si la persona que consulto no está de acuerdo conmigo? ¿Puedo escucharla? ¿Puedo tomar algo de lo que dice y descartar otra parte? ¿Puedo pensar “entiendo tu mirada, pero voy a hacer otra cosa”?

Porque ahí aparece la autonomía de verdad. No cuando pretendemos no necesitar jamás de ningún vínculo ni de ninguna ayuda, sino cuando podemos relacionarnos con otros sin convertirlos en autoridades sobre nuestra propia vida.

También podríamos empezar a observar cuánto dura el alivio después del reaseguro. Esto me parece un indicador bastante interesante. Pregunto algo, me tranquilizan. ¿Me alcanza? ¿O en un rato vuelvo a chequear? Porque si tengo que pedir la misma confirmación una y otra vez, probablemente ninguna respuesta externa vaya a resolver completamente lo que está pasando.

Entonces quizá puedo probar algo muy pequeño. La próxima vez que tenga el impulso inmediato de preguntar “¿vos decís que hice bien?”, esperar un poquito. Diez minutos. Media hora. Lo que pueda. No para torturarme ni para demostrar nada. Simplemente para mirar qué aparece. ¿Para qué quiero preguntar? ¿Qué respuesta espero? ¿Qué me pasaría si me contestaran lo contrario? ¿Puedo pensar primero cuál es mi propia respuesta antes de escuchar la ajena?

Y después, si sigo queriendo consultar, consulto. La diferencia es que ahora no llego vacía esperando que el otro complete la respuesta. Llego con una posición propia que puedo poner en diálogo. Capaz puedo decir: “Yo pienso esto. ¿Vos qué ves?”. Y eso cambia mucho.

Porque conversar no debería significar desaparecer dentro de la opinión del otro. Uno puede modificar completamente una idea después de escuchar a alguien, por supuesto. Eso también es aprender. Pero una cosa es cambiar porque apareció una perspectiva que realmente me hizo pensar y otra muy distinta es ir moviéndome de opinión según quién me hable porque dependo de que alguien me diga dónde pararme.

Entonces quizás la búsqueda de reaseguro no se resuelve dejando de preguntar, sino cambiando nuestra relación con las respuestas. Puedo pedir ayuda sin pedir autorización. Puedo escuchar sin obedecer. Puedo reconocer que estoy angustiada sin convertir a otra persona en responsable de calmarme. Puedo decir que no sé. Puedo buscar compañía. Puedo incluso cambiar completamente de opinión.

Pero en algún momento tengo que poder volver a mí y preguntarme: “Bueno, escuché todo esto. ¿Qué pienso yo?”.

Y me parece que ese es el punto que quería encontrar en este capítulo. No se trata de convertirnos en personas que no precisan vínculos, apoyo o ayuda. Para mí sería bastante triste una vida así. Se trata de aprender que vincularnos y apoyarnos en otros no significa entregarles la autoridad sobre nosotros mismos.

Podemos pensar con los demás, podemos apoyarnos en los demás, podemos pedirles que nos acompañen, pero nuestra vida no puede convertirse en una consulta permanente. En algún momento hay que recuperar el volante.

Y quizá antes de volver a preguntar “¿vos qué harías?”, podríamos probar con una pregunta diferente: “¿Yo qué haría si supiera que nadie va a decidir esto por mí?”

Ahí probablemente aparezca algo bastante interesante.

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Beck: Cognitive Behavior Therapy: Basics and Beyond, Judith S. Beck, con prólogo de Aaron T. Beck. Fuente Beck, Guilford Press
Salkovskis et al. (1999): An experimental investigation of the role of safety-seeking behaviours… Artículo de Salkovskis, ScienceDirect

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