Hay algo que aparece bastante después de todo lo que venimos hablando y que a mí me parece especialmente tramposo, porque muchas veces se presenta como una virtud. Se disfraza de responsabilidad, de previsión, de organización, de ser una persona racional que piensa antes de actuar. Y todas esas cosas pueden ser buenísimas. El problema aparece cuando pasamos de prepararnos para lo que puede ocurrir a querer conocer el resultado antes de hacer nada.
Porque una cosa es prever y otra cosa es controlar. Si mañana tengo una reunión importante, puedo prepararme, ordenar lo que quiero decir, revisar la información, pensar algunas posibilidades. Perfecto. Ahora, si antes de entrar quiero saber exactamente qué va a decir cada persona, cómo va a interpretar cada frase, qué consecuencias va a tener la reunión dentro de seis meses y si en algún momento me voy a arrepentir de algo que dije, tengo un pequeño inconveniente: estoy intentando conseguir información que todavía no existe.
Y esto parece bastante obvio cuando lo decimos así. Pero después lo hacemos todo el tiempo.
Por ejemplo, tengo que hablar con alguien sobre algo importante. Entonces empiezo a preparar la conversación. Pienso qué voy a decir. Hasta ahí fantástico. Después imagino qué me va a contestar. Entonces preparo lo que voy a responder a eso que imagino que me va a contestar. Después pienso: “Bueno, pero también podría responderme otra cosa”. Preparo otra respuesta. Después se me ocurre un tercer escenario, un cuarto, un quinto. En media hora tuve diecisiete conversaciones, dos discusiones, tres reconciliaciones y en una de las versiones ya nos mudamos juntos a Bariloche. Todo esto sin haber mandado todavía el primer mensaje.
La cabeza tiene una capacidad impresionante para construir futuros posibles. Y eso es útil. De hecho, anticipar nos permite organizarnos, evitar riesgos, resolver problemas antes de que aparezcan. El asunto es qué pasa cuando empezamos a tratar esas simulaciones como si fueran conocimiento de la realidad.
Porque imaginar algo no significa saberlo.
Puedo conocer muchísimo a una persona y aun así no saber exactamente qué va a hacer. Puedo conocerme muchísimo a mí misma y reaccionar de una manera que no esperaba. Puedo investigar un proyecto durante meses y que aparezca una variable que nadie había contemplado. Hay una parte de la vida que solamente se revela cuando sucede.
Y acá aparece una idea que me interesa mucho: ¿cuántas veces confundimos comprensión con control?
Capaz pienso: “Si logro entender perfectamente por qué esta persona actúa así, entonces voy a poder prever qué hará después”. Y no necesariamente. Entender puede ayudarme muchísimo. Puedo detectar patrones, conocer antecedentes, hacer hipótesis bastante razonables. Pero el otro sigue siendo otro. Tiene voluntad, contradicciones, historia, deseos que pueden cambiar y aspectos de sí mismo que probablemente ni siquiera él comprenda del todo. Entonces saber mucho de algo no significa dominarlo.
Y esto también pasa con nosotros mismos. A veces creemos que si entendemos todas nuestras determinaciones vamos a poder tomar una decisión sin conflicto. Como si al final de la investigación apareciera una especie de resultado objetivo que dijera: “Conclusión: usted debe hacer A. B queda descartada. Felicitaciones, terminó el examen”.
Qué tranquilidad sería. Pero la vida tiene la pésima costumbre de no entregar múltiple choice.
A veces entendemos perfectamente dos caminos y los dos tienen algo que queremos y algo que tememos. Podemos conocer las contradicciones, comprender de dónde vienen y aun así tener que elegir. Entonces aparece una pregunta que creo que va al centro de este capítulo: ¿estoy buscando información para decidir mejor o estoy intentando reunir tanta información que decidir deje de ser riesgoso?
Si estoy pensando en iniciar un proyecto y no sé cuánto dinero cuesta, claramente me falta información. Investigo y consigo ese dato. Si no conozco una condición importante de algo que quiero hacer, la averiguo. Pero si tengo los datos relevantes y sigo buscando porque quiero sentir que nada inesperado puede suceder, probablemente ya no estoy resolviendo un problema de información. Estoy tratando de eliminar el riesgo. Y el riesgo no se puede eliminar completamente.
La psicóloga Ellen Langer estudió hace muchos años algo que llamó ilusión de control, esa tendencia que podemos tener a sentir que contamos con más capacidad de controlar determinados resultados de la que realmente tenemos. Y me parece interesante porque el control no siempre aparece como “quiero mandar sobre todo”. A veces es mucho más silencioso. Puede aparecer como “si hago todo perfectamente, entonces esto va a salir bien”, “si pienso todas las posibilidades, nada me va a sorprender” o “si encuentro la explicación exacta, voy a poder saber qué hacer sin equivocarme”.
Y acá aparece una fantasía bastante seductora: si logro controlar suficientemente las condiciones, puedo evitar el dolor.
Si preparo todo perfectamente, no fracaso. Si digo exactamente las palabras correctas, el otro no se enoja. Si espero las señales suficientes, no me rechazan. Si conozco perfectamente a alguien antes de acercarme, no me decepciona. Si pienso durante el tiempo suficiente, no tomo una mala decisión.
Pero hay un problema. Muchas de las cosas que realmente importan incluyen variables que no controlamos.
Puedo decir algo de la mejor manera posible y la otra persona puede entender otra cosa. Puedo amar de la forma más sana que conozco y el otro puede no elegirme. Puedo hacer un trabajo excelente y no ser seleccionada. Puedo tomar una decisión razonable con toda la información disponible y descubrir después que no funcionó como esperaba.
Eso no significa necesariamente que la decisión estuviera mal. Significa que decidir no es controlar el resultado.
Y creo que esta diferencia es enorme porque vivimos evaluando nuestras decisiones por lo que pasó después. “Salió mal, entonces decidí mal”. ¿Seguro? Capaz decidiste perfectamente con los datos que tenías y ocurrió algo imposible de prever. También puede pasar exactamente al revés: tomamos una decisión pésima, sale espectacular de casualidad y después nos declaramos genios de la estrategia. Tampoco nos apropiemos de méritos metafísicos que pertenecen a la suerte. (hago un paréntesis para decir que desde mi punto de vista, mis decisiones siempre son buenas, en primer lugar porque son mías y en segundo lugar porque si no llego a resultado que espero, me abren aprendizajes que seguramente necesitaba).
Hay otra cosa que me interesa muchísimo del control: muchas veces no intentamos controlar solamente los hechos. Intentamos controlar cómo nos vamos a sentir frente a esos hechos. Queremos asegurarnos de que no vamos a sentir vergüenza, rechazo, culpa, tristeza, impotencia. Y ahí la estrategia puede volverse todavía más compleja.
Steven Hayes, uno de los principales autores vinculados a la Terapia de Aceptación y Compromiso, trabaja mucho sobre cómo los intentos rígidos de evitar o controlar determinadas experiencias internas pueden terminar organizando nuestra vida alrededor de aquello que intentamos evitar. Esto me parece fascinante porque significa que puedo pasar tanto tiempo tratando de no sentir algo que, sin darme cuenta, empiezo a tomar decisiones principalmente para no sentirlo.
Supongamos que me aterra el rechazo. Hay una forma bastante eficiente de evitar el rechazo: no exponerse nunca. No digo lo que quiero. No pregunto. No propongo. Espero. Analizo. Interpreto señales. Digo algo ambiguo y después veo qué pasa. Si no hay garantías, retrocedo.
Excelente estrategia para reducir algunos rechazos. También excelente estrategia para reducir muchos encuentros. Y acá aparece una contradicción bastante interesante: la misma conducta que me protege de algo que temo puede impedirme acceder a algo que deseo.
Para evitar fracasar, no empiezo. Para evitar equivocarme, no decido. Para evitar perder, no termino de involucrarme. Para evitar quedar expuesto, no digo claramente lo que me pasa. Entonces consigo algo: reduzco determinadas experiencias dolorosas. Pero también reduzco vida.
Y me parece que esto nos obliga a hacer una pregunta incómoda: ¿qué precio estoy pagando por intentar controlar esto?
Porque el control tiene beneficios, por eso existe. Pero también tiene costos. Puede consumir tiempo, energía, espontaneidad, posibilidades, vínculos. Puede hacer que pasemos años esperando condiciones ideales que nunca llegan.
Y acá quiero hacer una aclaración porque tampoco quiero terminar en el otro extremo con el discurso de “soltá el control, entregate al universo, todo va a fluir” (cosa que yo practico muuuucho, porque ya pasé por determinados aprendizajes, pero acá estamos hablando de otro estadio) No. Si mañana tengo un parcial y decido no estudiar porque estoy trabajando mi flexibilidad psicológica, probablemente la profesora tenga una interpretación bastante menos espiritual del asunto.
Hay cosas que dependen de nosotros y tenemos que hacernos cargo de ellas. Por eso me parece mucho más útil distinguir entre control e influencia. Yo puedo influir sobre muchas situaciones. Puedo prepararme, estudiar, preguntar, comunicarme mejor, cuidar mis recursos, pensar consecuencias, elegir un momento adecuado. Todo eso aumenta las probabilidades de determinados resultados. Pero influir no significa controlar.
Yo puedo hacer una propuesta excelente. No puedo obligar a que la acepten. Puedo decir “te quiero”. No puedo fabricar el “yo también”. Puedo dar lo mejor de mí en una relación. No puedo decidir unilateralmente que esa relación continúe.
Y quizá una parte de madurar tenga que ver con tolerar que nuestra acción termina exactamente donde empieza la libertad del otro.
Esto en los vínculos es bastante impresionante porque a veces queremos convertir al otro en predecible para sentirnos seguros. Analizamos sus gestos, su historia, sus mensajes, sus silencios. Intentamos armar una teoría tan perfecta que nos permita anticipar qué hará. Y está buenísimo intentar comprender a alguien. El problema aparece si confundimos conocer con poder preverlo completamente.
Porque si el otro fuera cien por ciento predecible, dejaría de ser una persona y sería una heladera. Yo sé que abro la heladera, se prende la luz. Fantástico. Una relación humana tiene un grado inevitable de alteridad. El otro puede sorprenderme, cambiar, contradecirse, incluso descubrir algo de sí mismo que ayer todavía no sabía.
Entonces quizá confiar no signifique “sé exactamente lo que vas a hacer”. Capaz confiar sea: “No puedo controlar completamente lo que vas a hacer y, aun así, elijo relacionarme con vos.”
Y eso implica riesgo. No hay vínculo sin riesgo. No hay proyecto sin riesgo. No hay elección importante sin algún grado de riesgo.
Entonces tal vez la pregunta no sea “¿cómo elimino el riesgo?”, sino “¿qué riesgos estoy dispuesta a asumir porque aquello que podría encontrar del otro lado tiene suficiente valor para mí?”
Y acá aparece otra trampa del control que conozco bastante bien: el famoso “todavía no”. Todavía no estoy preparado. Todavía me falta entender esto. Todavía tengo que resolver aquello. Todavía las condiciones no están dadas. Y ojo, a veces es verdad. Hay momentos en los que esperar es una decisión excelente. No todo retraso es miedo ni toda prudencia es evitación.
Entonces ¿cómo podemos distinguirlos? Una pregunta que a mí me parece muy útil es: ¿qué tendría que suceder concretamente para que yo dijera “ahora sí”?
Si puedo responder algo verificable, hay un criterio. “Cuando ahorre determinada cantidad”, “cuando termine este trabajo”, “cuando tenga esta información”, “cuando resuelva tal situación”. Perfecto.
Pero si la respuesta es “cuando esté completamente seguro”, “cuando no tenga miedo”, “cuando entienda absolutamente todo”, quizás estoy esperando un estado que no existe.
Porque siempre puede aparecer una pregunta más. Y si mi condición para vivir es terminar previamente de investigar la vida, tengo un pequeño problema logístico: la vida sucede durante la investigación.
Por eso tal vez una práctica interesante sea empezar a identificar qué cosas requieren verdaderamente más preparación y cuáles requieren simplemente un primer movimiento. No hace falta hacer una revolución personal mañana. Pueden ser acciones muy chiquitas. Mandar algo cuando está suficientemente bien sin revisarlo diecisiete veces. Tomar una decisión reversible sin consultar todas las alternativas disponibles. Tener una conversación sin ensayar cada posible respuesta. Dejar que otro organice algo sin supervisar cada detalle. Elegir y después observar.
Y probablemente aparezca incomodidad. Pero la incomodidad no significa automáticamente que estamos haciendo algo incorrecto. A veces significa solamente que no estamos utilizando nuestra estrategia habitual. Levantarse del sillón cómodo y moverse.
Entonces también podríamos preguntarnos: ¿qué emoción estoy intentando evitar cuando quiero controlar tanto? ¿Miedo? ¿Vergüenza? ¿Impotencia? ¿La posibilidad de equivocarme? ¿La posibilidad de depender de una respuesta que no manejo? ¿La sensación de quedar expuesto?
Porque el control suele tener una función. No aparece porque sí. Capaz alguna vez anticipar todo nos protegió. Capaz vivimos en un entorno imprevisible y aprender a prever fue una herramienta fantástica. Capaz organizar, analizar y observar nos permitió desenvolvernos en situaciones muy difíciles. El objetivo no sería convertir esa parte nuestra en enemiga. Sería poder preguntarle: “Gracias por todo lo que hiciste hasta acá, pero ¿hace falta que sigas trabajando veinticuatro horas por día?”.
Tal vez, muchas veces el exceso de control no aparezca porque una persona se siente demasiado poderosa, sino porque hay algo frente a lo cual se siente profundamente vulnerable.
Entonces decirle simplemente “soltá el control” sirve aproximadamente lo mismo que decirle a alguien nervioso “no estés nervioso”. Gracias, solucionado.
Quizás haya que trabajar otra cosa: fortalecer la confianza en nuestra capacidad de responder cuando aparezca aquello que no pudimos prever. No la certeza de que todo va a salir bien. Eso no existe.
Más bien algo como: “No sé exactamente qué va a pasar. Voy a hacer lo que me corresponde con la información que tengo y, cuando aparezca lo que todavía no sé, veré qué hago con eso.”
Y para mí hay una diferencia enorme.
Porque la seguridad deja de depender de que el mundo se comporte exactamente como yo esperaba. Empieza a depender un poco más de confiar en que puedo responder cuando el mundo no lo haga.
Entonces quizá antes de seguir buscando otra variable, otra explicación, otra predicción, podríamos hacernos una pregunta bastante simple: ¿hay realmente algo más que pueda saber ahora o estoy intentando conocer un futuro que solamente va a existir cuando lo viva?
Porque si es lo segundo, capaz llegó el momento de cerrar un ratito el laboratorio.
Y salir a ver qué pasa.
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Ellen Langer (1975): The Illusion of Control. Artículo original de Langer
Steven Hayes, Strosahl y Wilson: Acceptance and Commitment Therapy: The Process and Practice of Mindful Change. Fuente ACT, Guilford Press
