Hay algo que me quedó dando vueltas y es medio obvio cuando uno lo dice, pero no sé si lo pensamos demasiado: cuanto más importante se vuelve algo para nosotros, más expuestos quedamos a la posibilidad de perderlo. Y digo “algo” porque no estoy hablando solamente de una pareja. Puede ser una persona, un amigo, un trabajo, una profesión, una idea, una manera de entender el mundo, incluso una versión de nosotros mismos que construimos durante años. Porque uno no se apega solamente a personas. También se apega a estructuras, a lugares, a certezas, a cosas que de alguna manera nos fueron diciendo “vos sos esto”.
Y entonces pensé: ¿cuándo empezamos a aprender que perder algo importante puede ser peligroso? Supongo que bastante temprano. Cuando somos chicos dependemos realmente de los adultos que nos cuidan. Esto tiene que ver con una dependencia concreta de la infancia. Un chico no puede decir “bueno, mamá está complicada emocionalmente, voy a tomar distancia y trabajar mis límites”. Tiene seis años. Mamá, papá o quien lo cuide son prácticamente su mundo.
Ahora imaginemos que alrededor de ese mundo hay mucho miedo. Capaz hubo enfermedades, alguien que murió antes de que nosotros naciéramos, separaciones, experiencias muy dolorosas en la familia o simplemente adultos que vivían aterrados con la posibilidad de que pasara algo. “Cuidado”, “no te alejes”, “avisame cuando llegues”, “no hagas esto porque te puede pasar aquello”. Y vuelvo a decir lo mismo que en el capítulo de la sobreprotección: no hace falta pensar que alguien hizo algo mal a propósito. Capaz esos adultos estaban haciendo exactamente lo que podían con sus propios miedos.
Pero el chico va aprendiendo. Y capaz aprende algo bastante extraño: la persona que más seguridad me da es también la persona cuya pérdida más miedo me da.
Entonces el amor y su opuesto: el miedo, empiezan a vivir bastante cerca.
Y esto no es solamente algo que se me ocurrió a mí mientras daba vueltas con el tema. John Bowlby, que fue quien desarrolló la teoría del apego, estudió justamente cómo los primeros vínculos con las personas que nos cuidan van construyendo una especie de base desde la cual aprendemos qué esperar de los vínculos: si el otro está disponible, si vuelve cuando se aleja, si podemos sentirnos seguros cuando necesitamos cuidado. Después Mary Ainsworth profundizó muchísimo ese trabajo observando distintas formas en que los chicos reaccionaban frente a la separación y el reencuentro con sus cuidadores. Obviamente esto no significa que lo que pasó a los cuatro años determine automáticamente cómo vamos a amar a los cincuenta. Pero sí puede dejar aprendizajes emocionales muy profundos. Entonces yo me pregunto: si durante esos primeros años el vínculo más importante estuvo muy asociado al miedo de perderlo, ¿puede quedar grabada una especie de ecuación interna donde querer mucho y correr peligro empiezan a ir juntos? ¿Puede ser que después, cuando alguien se vuelve demasiado importante, una parte nuestra diga ‘qué hermoso’ y otra diga ‘cuidado, porque ahora tenés mucho para perder’?
Y acá me apareció una pregunta que me parece fuerte: ¿qué pasa si de chico aprendí que querer mucho a alguien también significa tener mucho que perder?
Porque después crecemos y quizá esa asociación sigue ahí. Conocemos a alguien, nos gusta, empezamos a sentirnos cómodos, aparece confianza, cada vez nos importa más… y uno pensaría que cuanto más lindo se pone el vínculo, más tranquilos deberíamos estar. Pero no necesariamente. A veces pasa al revés. Cuanto más importante se vuelve alguien, más aparece la alarma.
¿Y si se va? ¿Y si cambia? ¿Y si un día deja de sentir lo mismo? ¿Y si me involucro muchísimo y después me duele? ¿Y si pierdo esto que encontré?
Y las personas pueden responder a ese miedo de maneras completamente distintas. Una puede agarrarse todavía más fuerte. Preguntar, confirmar, estar pendiente, querer saber si todo está bien, buscar señales de que el vínculo sigue ahí. Otra puede hacer exactamente lo contrario: cuando empieza a sentir demasiado, se aleja.
Y eso desde afuera es rarísimo. Porque uno dice: “Pero pará, si te gusta, ¿por qué te alejás?”.
Bueno… capaz justamente porque le gusta.
Porque si alguien me importa poco, tiene bastante poco poder emocional sobre mí. Si conozco a alguien hace quince minutos y me dice “no quiero verte nunca más”, probablemente sobreviva. Capaz pienso “qué antipático”, me como una medialuna y sigo con mi vida. Pero si esa persona ocupa un lugar importante, la cosa cambia.
Entonces quizá no siempre nos alejamos porque algo dejó de importarnos. A veces podemos alejarnos porque empezó a importarnos demasiado.
Ojo con esto porque tampoco quiero que ahora cada vez que alguien desaparezca digamos: “Está aterrorizado porque me ama profundamente”. No. Puede haberse ido porque ya no quiere estar, porque conoció a otra persona o porque simplemente quiere prefiere estar solo, andá a saber. Tampoco hagamos una tesis de apego con cada WhatsApp sin responder.
Pero sí puede existir ese patrón: quiero cercanía, me acerco, la cercanía empieza a volverme vulnerable, me asusto, tomo distancia. La distancia me tranquiliza. Después extraño la cercanía y vuelvo. Y ahí tenemos esa especie de danza donde una parte dice “vení” y otra dice “pará, no tanto”.
Y me pregunto: ¿qué siento cuando alguien empieza a importarme mucho? ¿Paz o alerta? ¿Disfruto lo que está pasando o empiezo inmediatamente a imaginar cómo podría terminar? ¿Me permito estar o empiezo a buscar una salida por si acaso? Cuando siento mucho afecto ¿me dan ganas de expresarlo o de esconderlo? ¿Me resulta más sencillo querer a alguien mientras no sabe cuánto me importa?
Esta última me parece bastante interesante. Porque a veces no nos da tanto miedo sentir. Nos da miedo que el otro sepa cuánto sentimos. Porque si lo sabe, quedamos expuestos.
Y esto también aparece con los amigos. Capaz tenés una amistad que se vuelve importantísima y de pronto aparece otra persona en la vida de tu amigo. ¿Qué pasa? ¿Podés disfrutar de que tenga otros vínculos o aparece enseguida algo como “¿y si dejo de ser importante?”. O quizá hacés lo contrario y jamás permitís apoyarte demasiado en nadie. Tenés amigos, los querés, estás para ellos, pero cuando vos estás mal desaparecés porque depender emocionalmente un poquito de alguien te resulta peligrosísimo.
Y ahí ya empieza a aparecer una cosa que me interesa mucho: puedo estar muy vinculado con alguien y, al mismo tiempo, intentar asegurarme de que nunca tenga demasiado poder sobre mí.
¿Y cómo hago eso? No digo todo. Mantengo cierta distancia. Me muestro, pero hasta ahí. Doy un montón, pero me cuesta recibir. Estoy para los demás, pero cuando me toca pedir ayuda me convierto súbitamente en Rambo.
Y después decimos “yo soy muy independiente”. Bueno, capaz sí. O capaz estamos haciendo un esfuerzo descomunal para no volver a sentir que nuestra seguridad depende demasiado de algo externo.
Y esto se puede trasladar perfectamente al trabajo. Porque uno puede apegarse muchísimo a una profesión, a una posición o a determinado lugar. Una persona puede pasar veinte o treinta años construyendo una identidad alrededor de lo que hace. Ya no dice solamente “trabajo de esto”. De alguna manera empieza a decir “yo soy esto”.
Entonces aparece un cambio, una tecnología nueva, una persona más joven que hace las cosas de otra manera, una reestructuración. Una oportunidad que implica abandonar un lugar conocido. Y de pronto la pregunta no es solamente “¿me conviene laboralmente?”. Puede aparecer otra mucho más profunda: “Si dejo de ser esto que fui durante tantos años, ¿quién soy?”
Eso también es miedo a la pérdida.
Puedo quedarme aferrado a un trabajo que ya no me representa simplemente porque me da una estructura conocida. Puedo defender una manera de trabajar aunque el contexto haya cambiado. Puedo rechazar una oportunidad distinta porque implica despedirme de una versión mía que me acompañó durante mucho tiempo.
Y con los emprendimientos también pasa. Creás algo, le ponés años, energía, ideas, identidad. Después aparece información que te muestra que hay que modificarlo y te cuesta horrores. Pero quizá no estás defendiendo solamente el proyecto. Estás defendiendo algo tuyo que metiste ahí.
Entonces aparece otra pregunta: ¿qué parte de mí siento que pierdo si esto cambia?
Y acá llegamos a algo que me interesa muchísimo porque no nos apegamos solamente a trabajos o personas. También nos apegamos a ideas. Y con las ideas podemos ser bastante impresionantes.
Uno puede construir durante años una forma de entender el mundo. Leer autores, estudiar, debatir, enseñar, pertenecer a determinado espacio, relacionarse con determinadas personas. Y esa mirada empieza a organizar un montón de cosas. No es solamente “pienso esto”. También puede ser “desde acá entiendo quién soy, con quiénes estoy, qué considero correcto, qué considero verdadero, qué sentido tiene lo que hago”.
Entonces ¿qué pasa cuando aparece algo que contradice una parte importante de esa estructura? Teóricamente podríamos decir: “Qué interesante, voy a investigarlo”.
Sí, claro.
Después aparece algo que toca una convicción que sostenemos hace treinta años y vemos qué tan científicos nos ponemos.
Porque capaz aceptar que una idea necesita revisarse no significa solamente cambiar de opinión. Puede sentirse como perder pertenencia, coherencia, prestigio, historia o incluso una parte de la propia identidad.
Entonces podría preguntarme: ¿estoy defendiendo esta idea porque sigo considerándola verdadera o porque me da miedo quién sería yo si dejara de pensarla? ¿Qué perdería realmente si modificara esta posición? ¿Una teoría o una parte de mí? ¿Puedo incorporar algo nuevo sin sentir que traiciono todo lo anterior?
Y esto también pasa con la cultura que nos formó. Todos venimos de algún lado. Una familia, una época, una clase social, unas ideas políticas, determinados valores, una concepción del amor, del trabajo, de lo correcto. Después uno puede cuestionar un montón de cosas, pero no significa que se desprenda de ellas simplemente porque las comprendió.
A veces podemos pasar años criticando una estructura y, cuando aparece la posibilidad concreta de vivir de otra manera, sentir miedo. Y eso me resulta fascinante.
Porque una cosa es decir “quiero ser libre” y otra cosa es que un día alguien abra la puerta y te diga “bueno, andá”. “Pará. ¿Adónde?” Capaz la jaula me molestaba, pero también me decía dónde estaban las paredes. Entonces también podemos estar apegados a aquello que cuestionamos.
Qué fastidio ser humano, realmente. Todo tendría que venir un poquito más ordenado.
Y volvemos otra vez a la infancia. ¿Qué aprendí sobre perder? ¿Qué pasaba en mi casa cuando alguien se iba? ¿Se hablaba de la muerte? ¿Se vivía con muchísimo miedo? ¿Los cambios eran vistos como algo peligroso? ¿Qué pasaba cuando algo conocido terminaba? ¿Había adultos capaces de atravesar esas pérdidas o quedaban devastados? ¿Aprendí que las personas importantes podían desaparecer de repente? ¿Sentía que tenía que cuidarlas para evitar que algo les pasara? ¿Aprendí que para conservar algo había que agarrarlo fuerte?
Y quizá también debería preguntarme qué hago hoy cuando siento que algo puede terminar. ¿Lo cuido o intento inmovilizarlo? ¿Lo disfruto o empiezo a hacer el duelo antes de tiempo? ¿Me acerco más o me retiro primero? ¿Cambio junto con eso o trato desesperadamente de conservar exactamente la forma que tenía?
Porque hay algo bastante loco en el miedo a la pérdida: podemos perder cosas intentando no perderlas.
Puedo controlar tanto una relación que termino asfixiándola. Puedo tener tanto miedo de que alguien se vaya que nunca me muestro realmente y el vínculo no crece. Puedo proteger tanto mi posición laboral que dejo de aprender y finalmente el mundo cambia sin mí. Puedo defender tanto una idea que dejo de poder pensar. Entonces quizá el problema no sea solamente perder.
Puede ser qué hacemos para impedir cualquier pérdida posible.
Y acá me parece importante separar otra cosa. Poder atravesar una pérdida no significa que no duela. Si algo fue importante, claro que va a doler. No quiero caer en esa especie de discurso de “si trabajaste mucho en vos, nada te afecta”. No, no es que no te afecta, es que no te quedás enganchado en el sufrimiento, pero el dolor existe. Si querés a alguien y lo perdés, probablemente llores. Si perdés un trabajo que formaba parte de tu vida, puede ser durísimo. Si una idea fundamental se derrumba, podés atravesar una crisis enorme.
La cuestión sería otra: ¿dolor significa destrucción? Porque quizás una parte nuestra aprendió que sí. Y tal vez de adultos tengamos que empezar a descubrir que podemos perder algo sin perdernos completamente nosotros.
Puedo querer muchísimo que una persona siga en mi vida y saber que mi existencia no termina si un día se va. Puedo amar mi profesión y saber que sigo siendo yo si mi trabajo cambia. Puedo defender una idea profundamente y aun así permitir que la realidad la modifique. Puedo pertenecer a una cultura sin convertir todo lo aprendido en una prisión.
Y ahí aparece algo que me parece muy lindo: quizás la seguridad no esté en conseguir cosas que jamás puedan desaparecer. Porque eso no existe. Quizá esté en construir una relación con nosotros mismos suficientemente sólida como para saber que podemos cambiar cuando cambian las cosas.
Entonces algunas preguntas que me quedan dando vueltas son estas: ¿qué cosas estoy sosteniendo porque todavía las elijo y cuáles porque tengo miedo de perderlas? ¿Qué siento que perdería de mí si determinada persona se fuera, si cambiara de trabajo, si abandonara una idea, si dejara de pertenecer a determinado lugar? ¿Estoy cuidando algo que amo o intentando convertirlo en imposible de perder? ¿Cuánto de mi miedo pertenece realmente a lo que está pasando ahora y cuánto puede venir de pérdidas antiguas, propias o incluso familiares? ¿Qué parte de mí cree todavía que si algo importante se termina, yo no voy a poder seguir?
Podemos pasar media vida tratando de conservar personas, trabajos, ideas, lugares y versiones de nosotros mismos simplemente porque alguna vez nos dieron seguridad.
Entonces quizá el desafío no sea desapegarse de todo. Eso tampoco me interesa. Quiero querer. Quiero comprometerme. Quiero tener ideas. Quiero construir cosas que me importen.
El desafío quizá sea poder decir: “Esto es profundamente importante para mí y, justamente por eso, sé que perderlo podría doler. Pero no voy a dejar que el miedo a perderlo decida cuánto me permito vivirlo, cuánto puedo transformarlo o cuánto puedo transformarme yo.”
Porque si para evitar una pérdida futura empiezo a renunciar de antemano a todo lo que podría importarme, la pérdida ya ocurrió.
Nada más que fui yo quien llegó primero.
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John Bowlby: Attachment and Loss. Fuente de Bowlby
Mary Ainsworth, Blehar, Waters y Wall: Patterns of Attachment: A Psychological Study of the Strange Situation. Fuente de Ainsworth
