Hay una contradicción que me parece fascinante y que, cuanto más la pienso, más vueltas tiene: una persona que fue muy dependiente de otros en algún momento de su vida puede terminar convirtiéndose en un adulto extremadamente autosuficiente. Y cuando digo extremadamente, digo de esos que te dicen “no, no, dejá, yo puedo”, “no hace falta”, “yo me arreglo”, aunque estén cargando una heladera por escalera con una pierna quebrada. Desde afuera uno piensa: qué persona independiente, qué seguridad, qué autonomía. Pero me pregunto: ¿siempre la autosuficiencia es autonomía? ¿O a veces puede ser una manera de asegurarnos de no volver a depender de nadie?

Una cosa es poder estar solo. Otra es no soportar depender de alguien ni siquiera un poquito. Una cosa es elegir. Otra es construir toda una identidad alrededor de “yo no necesito a nadie”. Y acá estoy usando “necesitar” justamente en esa frase que solemos decir, no en el sentido de necesidad carencial que distinguimos en el primer episodio.

Me parece que para entender esto tenemos que volver un poco a cuando somos chicos. Porque de chicos dependemos realmente de otros. No hay mucha discusión posible. Nos alimentan, nos cuidan, nos llevan, nos explican el mundo, nos protegen. Ahora, ¿qué pasa si esa dependencia fue demasiado fuerte? ¿Qué pasa si casi todas mis decisiones eran tomadas por otro? ¿Si antes de hacer cualquier cosa tenía que preguntar? ¿Si había alguien que sabía qué me convenía, cómo tenía que hacerlo, qué era peligroso, qué era correcto? ¿Qué pasa si, además, yo sentía que sin esa persona estaba bastante perdido?

Capaz de chico aprendo: “con vos estoy seguro”. Pero después, mientras crezco, puedo empezar a sentir otra cosa: “No quiero volver a sentir que dependo así de alguien”.

Y entonces aparece una reacción bastante interesante. En lugar de construir gradualmente autonomía, puedo irme para la otra punta. “Yo puedo solo.” “Yo decido.” “No le debo nada a nadie.” “No quiero molestar.” “No quiero pedir.” “Si tengo un problema, lo resuelvo.”

Y queda bárbaro en una remera motivacional. El problema es cuando se convierte en una obligación.

Donald Winnicott trabajó muchísimo este recorrido. Él hablaba del desarrollo desde una dependencia absoluta, pasando por una dependencia relativa, hacia la independencia. Pero hay algo de Winnicott que me parece especialmente importante: para él la independencia completa ni siquiera existe. Un adulto sano no termina convertido en una isla autosuficiente. Seguimos relacionados con otros y, en ese sentido, somos interdependientes.

Esto me encantó porque cambia bastante la idea que tenemos de autonomía. Capaz autonomía no significa “no dependo de nadie”. Capaz significa puedo vincularme, puedo apoyarme, puedo recibir, puedo pedir ayuda y aun así sigo siendo yo.

Porque si mi libertad depende de no tener que contar jamás con otra persona, no sé si soy tan libre. Capaz estoy atado a otra cosa: a mi obligación de no depender.

Y ahí aparece la contradependencia. Lo aclaro porque tampoco quiero transformar esto en una nueva etiqueta para andar pegándole a la gente en la frente. No es un diagnóstico. Es una manera de describir un patrón en el que una persona protege mucho su independencia y evita apoyarse en otros, a veces porque la dependencia, la vulnerabilidad, el rechazo o la posibilidad de quedar en manos de otro se viven como algo amenazante. Incluso en investigación se ha hablado de autosuficiencia compulsiva y de contradependencia como patrones distintos de una autonomía sana.

Y entonces me pregunto: ¿qué diferencia hay entre “puedo solo” y “tengo que poder solo”?

Para mí ahí hay un mundo. “Puedo solo” me da opciones. “Tengo que poder solo” me las saca.

Supongamos que tengo un problema. Si soy autónoma puedo pensar: esto lo resuelvo yo. O puedo pensar: acá me vendría bien preguntarle a alguien. O necesito dos manos para hacer esto. O no sé y quiero aprender. Tengo alternativas. Pero si estoy parada en la autosuficiencia como defensa, pedir ayuda puede sentirse casi como una derrota.

¿Y por qué? ¿Qué significa para mí que alguien me ayude? ¿Que soy débil? ¿Que quedo en deuda? ¿Que ahora el otro tiene poder sobre mí? ¿Que mañana puede faltarme y entonces voy a sufrir? ¿Que si le muestro que no sé algo voy a perder valor?

Ahí empiezan a aparecer cosas bastante más profundas que “soy independiente”.

Y esto en las relaciones amorosas se ve muchísimo. Una persona puede querer profundamente a otra, disfrutar la cercanía, sentirse cómoda, pero cuando empieza a registrar que esa persona realmente le importa puede aparecer una alarma. Porque una cosa es compartir con alguien y otra es descubrir: “Uy, pará… esta persona ya tiene capacidad de afectarme”. Entonces puedo empezar a regular la distancia.

Te quiero, pero hasta acá. Me acerco, pero no tanto. Te cuento cosas, pero esto no. Estoy con vos, pero quiero asegurarme de que puedo irme en cualquier momento. Y no necesariamente porque no quiera a la persona. Capaz justamente porque quiere evitar sentirse demasiado dependiente del vínculo.

Ahí vuelve aquella contradicción que ya apareció en el capítulo anterior, pero ahora desde otro lugar: quiero cercanía, pero me asusta depender emocionalmente de esa cercanía.

Y capaz aparece esa frase tan conocida: “Yo estoy bien solo”. Buenísimo. La pregunta sería: ¿también podés estar bien acompañado? Porque estar bien solo no debería impedir estar bien con otro.

Y hay otra variante que me parece mucho más tramposa: personas que son excelentes cuidando a los demás pero pésimas dejándose cuidar. Te escuchan, te ayudan, te resuelven, están cuando las llamás. Ahora preguntales cómo están ellas y te dicen “bien” mientras se está incendiando el edificio detrás.

¿Será generosidad? Seguramente hay generosidad. Pero también podríamos preguntarnos: ¿me resulta más seguro ser quien ayuda que ser quien recibe ayuda? ¿Qué siento cuando soy yo el que queda del lado vulnerable? ¿Me gusta que alguien se ocupe un poco de mí o enseguida quiero recuperar el control?

Porque hay una posición muy cómoda psicológicamente en ser siempre el fuerte.

El fuerte tiene valor. El fuerte sabe. El fuerte resuelve. El fuerte no molesta.

El problema es que el fuerte tampoco puede derrumbarse un martes a las cuatro de la tarde porque tiene una reputación que mantener.

Y qué agotamiento.

Esto también aparece muchísimo con los amigos. Capaz tengo amigos de toda la vida, los quiero profundamente, pero nunca les cuento cuando estoy realmente mal. O les cuento cuando ya lo resolví. “¿Sabés qué me pasó hace seis meses?”. Claro, ahora sí. Ahora la historia viene con conclusión, bibliografía y anexos. Pero mientras estaba pasando, no dije nada.

Entonces una pregunta que me haría es: ¿puedo mostrar un problema mientras todavía no sé cómo resolverlo?

Porque ahí sí necesito tolerar algo incómodo: que el otro me vea sin respuesta. Y puede ser que eso sea mucho más difícil que contar el problema después de haberlo comprendido.

Enrique Pichon-Rivière, que además me interesa traer porque fue un autor fundamental de la psicología social argentina, pensaba al sujeto siempre en relación. Para él no podemos entender a una persona como si existiera aislada del vínculo con los demás. Los vínculos externos se van internalizando y pasan a formar parte de nuestro mundo interno. Es decir, las relaciones que vivimos no quedan simplemente afuera: también vamos construyendo maneras internas de vincularnos a partir de ellas.

Y esto me abre una pregunta que me parece buenísima: ¿con quién estoy discutiendo internamente cuando digo “yo puedo solo”?

¿Con alguien que me resolvía todo? ¿Con alguien que me hacía sentir incapaz? ¿Con alguien cuya presencia era tan importante que después me juré no depender así de nadie? ¿A quién le estoy demostrando que puedo?

Porque capaz esa persona ni siquiera está. Pero yo sigo ahí, treinta años después, sacando diez en autosuficiencia.

Y en el trabajo esto puede tener consecuencias muy concretas. Pensemos en alguien excelente profesionalmente. Trabaja muchísimo, sabe un montón, resuelve todo, no delega nada porque “es más rápido si lo hago yo”. Entonces hace su tarea, la del compañero, revisa lo que hicieron todos, atiende mensajes a cualquier hora y si alguien ofrece ayudar responde “no, dejá”.

Después está agotado. Y además se queja de que nadie ayuda. Bueno, tenemos un pequeño problema de diseño.

Porque si cada vez que alguien intenta participar yo recupero la tarea, no estoy solamente demostrando que puedo hacerla. También estoy impidiendo que exista una experiencia distinta: que otro pueda hacer algo y yo pueda confiar.

En investigación laboral incluso se ha estudiado la contradependencia en el trabajo, hay estudios que la vinculan con una autosuficiencia rígida y con dificultades para percibir o utilizar apoyo social, y otros encontraron que niveles altos de contradependencia pueden afectar el funcionamiento de los equipos.

Entonces alguien podría preguntarse en el trabajo: ¿delegar me cuesta porque realmente nadie puede hacerlo o porque me cuesta que otro tenga una parte del control? Cuando alguien hace algo diferente ¿pienso que está mal o simplemente no lo está haciendo como yo? ¿Puedo preguntar algo que no sé? ¿Puedo decir “me equivoqué”? ¿Puedo aceptar ayuda de una persona que sabe más sobre algo sin sentir que eso reduce mi propio valor?

Y hay otra que me encanta: ¿soy indispensable porque realmente lo soy o porque organicé todo para volverme indispensable?

Esa duele un poquito.

Porque también podemos construir nuestra identidad laboral alrededor de ser “el que resuelve”. Y eso da mucho reconocimiento. La gente viene, pregunta, consulta, depende de nosotros. Nos sentimos útiles. Pero después llega el momento de compartir una responsabilidad, capacitar a alguien, dejar que otro decida o simplemente tomarnos vacaciones y no podemos.

Entonces parece autonomía, pero capaz hay una dependencia escondida. Dependo de ser el que no depende. Qué quilombo.

Y esto no pasa solamente con las personas. También podemos ser contradependientes respecto de grupos, instituciones o ideas. “Yo no sigo a nadie”, “yo pienso por mí mismo”, “a mí nadie me dice qué pensar”. Perfecto. Pero de nuevo: ¿es libertad o tengo tanto miedo de ser influenciado que cualquier influencia me resulta sospechosa?

Porque ser autónomo intelectualmente no significa que ninguna persona pueda enseñarme nada. Si cada vez que una idea viene de otro tengo que rechazarla para demostrar que pienso por mí mismo, sigo estando determinado por el otro. Nada más que al revés.

Si vos decís A y yo automáticamente tengo que decir B para demostrar mi independencia, no soy tan independiente. Sigo reaccionando a vos.Y esto me parece fundamental porque la contradependencia puede parecer lo contrario de la dependencia, pero muchas veces todavía está organizada alrededor de ella.

En la dependencia digo: “sin vos no puedo”. En la contradependencia digo: “voy a demostrar que sin vos puedo absolutamente todo”. Pero en las dos frases el otro sigue ocupando bastante espacio.

¿Y si la verdadera autonomía esté en otro lugar?: “hay cosas que puedo solo, hay cosas que hago mejor con otros, hay cosas que no sé, hay momentos en que quiero compañía y nada de eso decide mi valor como persona.”

Y acá aparece algo que podemos empezar a observar en nosotros mismos. Cuando alguien ofrece ayudarme, ¿cuál es mi primera reacción? ¿Acepto? ¿Digo automáticamente que no? ¿Siento alivio o invasión? Cuando alguien se acerca emocionalmente ¿disfruto esa cercanía o empiezo a pensar cómo conservar mi independencia? ¿Me resulta más fácil dar que recibir? ¿Puedo pedir algo sin justificar durante diez minutos por qué lo estoy pidiendo? ¿Puedo decir “te extraño” sin sentir que acabo de entregar las llaves de mi casa, mi cuenta bancaria y la soberanía nacional?

Porque también hacemos eso. Sentimos algo sencillísimo y enseguida parece que reconocerlo implica someternos.

“Te extraño.” No significa “sin vos no puedo vivir”.

“Me importás.” No significa “ahora sos responsable de mi bienestar”.

“Quiero que estés.” No significa “estás obligado a quedarte”.

“¿Me ayudás?” No significa “soy incapaz”.

¿Y si  una parte de construir autonomía adulta sea justamente separar esas cosas que alguna vez quedaron pegadas?.

Y para eso las preguntas pueden servir muchísimo más que obligarnos a cambiar de golpe. Por ejemplo, la próxima vez que aparezca el “dejá, yo puedo”, podríamos frenarnos dos segundos y preguntarnos: ¿realmente quiero hacerlo solo o estoy rechazando automáticamente la ayuda? ¿Qué sería lo peor de aceptar? ¿Qué imagen de mí siento que podría romperse? ¿Qué temo que el otro haga con mi vulnerabilidad? ¿Estoy protegiendo mi libertad o protegiéndome del vínculo?

También podemos hacer experimentos muy pequeños. No se trata de llamar mañana a quince personas y delegarles nuestra vida. Capaz simplemente pedir ayuda en algo que normalmente resolveríamos solos. Delegar una tarea laboral que otro puede hacer. Decir “no sé” antes de buscar desesperadamente una respuesta. Contarle a un amigo un problema antes de haberlo resuelto. Permitir que alguien nos cuide un poco sin compensarlo inmediatamente con ocho favores.

Y después mirar qué pasa adentro. ¿Me incomoda? ¿Me siento en deuda? ¿Tengo ganas de recuperar rápidamente mi autosuficiencia? ¿Pienso “no tendría que haber contado esto”? ¿O descubro, para mi absoluta sorpresa, que el mundo sigue girando? Porque quizás la salida de la dependencia no sea la independencia extrema.

Winnicott justamente propone algo mucho más interesante: el desarrollo va hacia una independencia que nunca es absoluta, porque seguimos viviendo en relación. El horizonte saludable se parece mucho más a la interdependencia.

Y para mí la interdependencia tiene algo hermoso porque no dice “sin vos no puedo”, pero tampoco dice “no me hacés falta para nada”.

Dice algo más adulto: “Puedo sostenerme y también puedo apoyarme. Puedo estar solo y también puedo estar con vos. Puedo ayudarte y dejar que me ayudes. Puedo decidir y también escuchar. Puedo amar sin desaparecer adentro del otro.”

Quizá una de las pruebas más difíciles de autonomía sea justamente permitirnos depender un poquito sin sentir que dejamos de ser libres. Porque cualquiera puede decir “no necesito a nadie” cerrando la puerta. Lo complicado es abrirla, vincularse y seguir sabiendo dónde termina el otro y dónde empezamos nosotros. Entonces quizás la pregunta no sea solamente “¿puedo solo?” Seguramente sí. La pregunta podría ser: “¿También puedo no hacerlo solo sin sentir que por eso soy menos libre?”

…………………….

Winnicott: The Maturational Processes and the Facilitating Environment, especialmente “From Dependence towards Independence…”. Fuente de Winnicott, Routledge
Pichon-Rivière: Teoría del vínculo. Ficha bibliográfica de Teoría del vínculo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *