Cuanto más pienso esto, más paradójico me resulta. Porque venimos hablando de conocernos, preguntarnos cosas, revisar lo aprendido, tratar de entender por qué hacemos lo que hacemos… y todo eso me encanta. Ya saben que a mí me das una pregunta y soy capaz de volver tres semanas después con otras cuarenta y siete, un árbol genealógico, dos contradicciones nuevas y probablemente una canción que encontré en el medio. Pero justamente por eso me apareció esta pregunta: ¿puede llegar un momento en que pensar mucho sobre lo que sentimos se convierta en una forma de no sentirlo?
Porque parece contradictorio. Si estoy pensando todo el tiempo sobre una emoción, ¿cómo voy a estar evitándola? Estoy hablando de ella, la estoy analizando, puedo explicar perfectamente de dónde viene, qué la produjo, con qué se relaciona. Capaz hasta puedo hacer una exposición en Canva con transiciones y todo. Evidentemente la emoción está siendo reconocida. Sí.
Pero una cosa es saber que estoy triste y otra cosa es estar triste. Una cosa es poder explicar por qué amo a alguien y otra es experimentar ese amor cuando esa persona está adelante mío.
Una cosa es elaborar una teoría espectacular sobre mi miedo y otra es sentir cómo se me cierra el pecho cuando tengo que hacer justamente aquello que me da miedo.
Y ahí aparece la intelectualización. En psicología se llama así a un mecanismo por el cual podemos abordar conflictos o problemas emocionales llevándolos principalmente al terreno de lo abstracto, de la explicación, de la lógica. No significa que la emoción no exista. Al contrario, muchas veces existe con una intensidad enorme. Lo que hacemos es transformarla en algo que podamos manejar mejor con la cabeza. La Asociación Americana de Psicología la define justamente como una defensa en la que los conflictos o problemas emocionales se tratan de manera abstracta o quedan cubiertos por una actividad intelectual excesiva.
Y antes de que alguien diga “listo, pienso mucho, estoy enfermo”, no. No hagamos eso porque entonces esto va a terminar generando más patologías imaginarias que soluciones. Intelectualizar no es un diagnóstico. Todos podemos hacerlo. Y además puede ser enormemente útil.
Imaginemos que me pasa algo muy doloroso. Quizás en ese momento pensar me permite poner un poquito de orden. Entender lo sucedido, buscar información, encontrar palabras, organizar los hechos. Todo eso puede ayudar muchísimo. El problema no es usar la cabeza. El problema aparece cuando la cabeza se convierte en el único lugar al que dejamos entrar la experiencia.
Anna Freud trabajó sobre la intelectualización dentro de los mecanismos de defensa y observó especialmente cómo el pensamiento puede utilizarse para intentar dominar experiencias internas que resultan difíciles de manejar. Incluso señalaba que la capacidad intelectual en sí misma es una función fundamental del yo. O sea, otra vez, no estamos hablando de que pensar sea malo. Estamos hablando de qué función está cumpliendo ese pensamiento en determinado momento.
Y esa pregunta me parece mucho más interesante: ¿para qué estoy pensando tanto esto? ¿Para comprender? ¿Para tomar una decisión? ¿Para encontrar información que realmente me falta? ¿O porque mientras lo convierto en una teoría puedo mantener cierta distancia de lo que me está pasando?
Porque capaz digo: “Lo que pasa es que esta situación me reactiva determinados aprendizajes infantiles relacionados con el apego y la pérdida”. Perfecto.
Ahora te hago otra pregunta. ¿Estás triste? Y ahí aparece el silencio.
Porque puede ser muchísimo más fácil hablar durante cuarenta minutos sobre la estructura psicológica de mi tristeza que decir simplemente: “Sí. Estoy triste porque esta persona me importa”.
Eso es otra cosa.
Y no sé por qué, pero me parece que cuanto más entrenada está una persona para pensar, conceptualizar, investigar y encontrar determinaciones, más sofisticada puede volverse esta defensa. Porque no estamos hablando necesariamente de alguien que niega lo que siente. Puede reconocerlo perfectamente. Incluso puede describirlo mejor que nosotros. El tema es qué hace después.
Supongamos que alguien empieza a enamorarse. Podría decir: “Me gusta esta persona”. Cuatro palabras. Una desgracia conceptual. Porque ahora se abre un universo entero.
“Pero ¿qué significa que me guste? ¿Es amor? ¿Es deseo? ¿Estoy proyectando? ¿Qué parte de esto tiene que ver con mis relaciones anteriores? ¿Qué determinaciones sociales intervienen en mi concepto del amor? ¿Hasta qué punto esta elección es realmente propia? ¿Estaré reproduciendo un modelo cultural? ¿Qué representa esta persona para mí?”.
Y pará. Todas esas preguntas pueden ser extraordinarias. Yo misma las haría. El problema aparece si después de ocho meses seguimos exactamente en el mismo lugar y nunca ocurrió la pregunta más sencilla:
“Bueno, ¿querés estar con esa persona o no?”
Porque podemos volver una emoción tan compleja intelectualmente que termina resultando casi imposible hacer algo con ella.
Y esto no pasa solamente con el amor. Pensemos en el trabajo. Estoy en un lugar donde ya no quiero estar. Sé que estoy agotada, sé que determinadas condiciones me hacen mal, sé que quiero hacer otra cosa. Pero en lugar de empezar a explorar concretamente alguna salida, puedo pasar años estudiando el mercado laboral, la economía, mis capacidades, el contexto político, la inteligencia artificial, la evolución histórica de mi profesión y, si me dan suficiente tiempo, probablemente termine investigando la ruta de la seda.
¿Todo eso puede ser útil? Sí. ¿Todo eso necesariamente me acerca a una decisión? No.
Entonces podríamos preguntarnos: ¿qué información concreta estoy buscando y qué cambiaría si la encontrara? Porque esta pregunta separa bastante bien dos cosas.
Si digo “me falta saber cuánto dinero necesito para poder cambiar de trabajo”, fantástico. Hay una información concreta. La busco. Pero si cada respuesta abre cinco investigaciones nuevas antes de permitirme hacer cualquier movimiento, capaz el pensamiento ya está cumpliendo otra función. Está manteniendo la experiencia en un territorio conocido: La cabeza.
Y acá vuelvo un poco a la infancia porque me parece que esto tampoco aparece mágicamente a los cuarenta años. ¿Qué aprendimos de chicos sobre las emociones? ¿En nuestra casa se podía llorar? ¿Se podía tener miedo? ¿Se hablaba de lo que sentíamos? ¿O rápidamente aparecía una explicación? Cuando estábamos angustiados ¿alguien podía simplemente acompañarnos o había que resolver inmediatamente el problema? ¿Las emociones intensas eran aceptadas o eran vistas como exageración, debilidad, peligro, falta de control?
Porque capaz aprendimos muy temprano algo como: sentir desordena, pensar ordena. Y si además crecimos rodeados de adultos que valoraban muchísimo la razón, el conocimiento, el autocontrol o el desempeño intelectual, podemos haber descubierto que nuestra cabeza era un lugar fantástico donde refugiarnos.
Ahí las cosas tienen nombres. Tienen causas. Tienen categorías. Podemos desarmarlas. Podemos discutirlas.
Una emoción, en cambio, tiene la mala educación de aparecer sin bibliografía. No pide permiso. No presenta hipótesis. No incluye marco teórico. De pronto te encontrás llorando en la cocina y no vino con índice.
Entonces claro que la cabeza puede resultar mucho más cómoda.
Y me pregunto también qué pasaba cuando de chicos nos desbordábamos. ¿Había alguien capaz de tolerar nuestra emoción o sentíamos que teníamos que calmarnos rápido para no preocupar a los demás? ¿Nos enseñaron que sentir algo era una experiencia que podía atravesarse o que había que controlarla inmediatamente? ¿Aprendimos a escuchar lo que nos pasaba o aprendimos rápidamente a explicarlo?
Porque no es lo mismo. Yo puedo explicar perfectamente un incendio sin apagarlo. Y también puedo hacer algo todavía más extraño: explicar tan bien el incendio que durante un rato me olvido de que estoy adentro de la casa.
Ahí para mí está la intelectualización. No en pensar. En usar el pensamiento para mantener determinada distancia respecto de la experiencia emocional.
Y hay algo más. La intelectualización puede ser socialmente premiada. Ese es otro problema. Porque si yo frente a una situación dolorosa reacciono diciendo “estoy destruida, no sé qué hacer, tengo miedo”, probablemente alguien vea vulnerabilidad. Pero si digo “estoy reflexionando sobre las determinaciones históricas que produjeron esta contradicción”, quedo espectacular.
Parecemos profundos. Serenos. Muy evolucionados. Mientras tanto adentro hay un mono golpeando dos ollas.
Y esto también puede pasar en los vínculos. Una persona te cuenta algo profundamente íntimo y, en vez de responder desde lo que siente, inmediatamente empieza a conceptualizar. “Esto que planteás me hace pensar en la construcción social de los vínculos contemporáneos…”.
Sí, bárbaro. Pero yo te acabo de decir que te extraño. ¿Vos qué sentís?
Y ahí a veces entramos en un territorio mucho más difícil. Porque hablar del amor es una cosa. Decir “te quiero” es otra. Hablar de la vulnerabilidad es una cosa. Decir “esto me dolió” es otra. Analizar el miedo a perder es una cosa. Decir “me da miedo perderte” es otra.
La primera versión permite mantener cierta distancia. La segunda me mete adentro de la escena.
Y por eso creo que podemos ser personas tremendamente emocionales y, al mismo tiempo, intelectualizar muchísimo. No son opuestos. De hecho, capaz intelectualizamos precisamente porque sentimos demasiado.
Esta parte me parece importante. A veces miramos a alguien que explica todo racionalmente y pensamos: “Qué frío”. Capaz no. Capaz justamente está intentando enfriar algo porque adentro está hirviendo. No lo sabemos. Por eso no sirve “diagnosticar” (por decirlo de alguna manera) desde afuera.
Pero uno sí puede mirarse a sí mismo y preguntarse: ¿cuándo aparece en mí la explicación? ¿Antes, durante o después de sentir? ¿La explicación me acerca a lo que me pasa o me permite salir corriendo elegantemente de ahí?
Y acá me acordé de algo que me parece muy interesante de Antonio Damasio. Él cuestionó fuertemente esa idea vieja de que la razón funciona por un lado y las emociones por otro, como si decidir bien significara sacar las emociones del medio. Sus trabajos sobre la hipótesis del marcador somático plantean justamente que los procesos emocionales y corporales participan en la toma de decisiones. La teoría tuvo debates y revisiones posteriores, pero la idea general de que decisión, cuerpo, emoción y razón están profundamente relacionados tiene muchísimo respaldo.
Y esto me encanta porque rompe un poco esa fantasía de que primero tengo que eliminar toda interferencia emocional para recién ahí tomar una decisión perfectamente racional.
Capaz la emoción no es solamente ruido. Capaz trae información. No significa que tengamos que obedecer automáticamente a todo lo que sentimos. Si estoy furiosa no necesariamente tengo que incendiar la oficina. Es recomendable conservar cierto margen jurídico. Pero puedo preguntarme qué me está mostrando esa furia.
¿Qué me pasa en el cuerpo cuando pienso en esta decisión? ¿Se me cierra el pecho? ¿Me entusiasmo? ¿Siento alivio al imaginar una opción y angustia al imaginar otra? ¿Estoy agotada? ¿Estoy triste? ¿Qué pasa si durante cinco minutos dejo de explicar por qué siento algo y simplemente trato de registrar qué siento?
Y acá aparece una dificultad enorme para las personas muy acostumbradas a pensar. Si les preguntás “¿qué sentís?”, a veces responden:
“Pienso que...”.
No.
Te pregunté qué sentís.
“Bueno, siento que esto no sería conveniente porque…”.
No.
Eso sigue siendo una idea con bigote falso haciéndose pasar por emoción.
¿Qué sentís?
Miedo. Bronca. Alegría. Vergüenza. Deseo. Tristeza. Ternura. Confusión. Alivio.
Capaz ni siquiera sabés. Y también vale.
Podés decir: “No sé qué siento”. Eso ya es muchísimo más honesto que fabricar rápidamente una explicación.
Y con esto no estoy proponiendo que dejemos de investigar las causas. Al contrario. Si algo caracteriza todo lo que venimos haciendo acá es preguntar. Yo creo profundamente en las preguntas. Pero quizá tengamos que empezar a distinguir preguntas que profundizan una experiencia de preguntas que la rodean eternamente sin entrar nunca.
Por ejemplo, frente a una relación puedo preguntarme: ¿qué me pasa con esta persona? ¿Qué siento cuando estoy cerca? ¿Qué siento cuando no está? ¿Qué parte de mí se entusiasma y cuál se asusta? ¿Estoy intentando encontrar una teoría sobre lo que siento o puedo reconocer primero lo que siento aunque todavía no sepa explicarlo? ¿Qué haría si durante un momento dejara de buscar la causa y aceptara simplemente que esto me está pasando?
En el trabajo podría preguntarme: ¿estoy realmente tratando de comprender por qué estoy agotada o ya sé que estoy agotada y sigo investigando para no hacer ningún cambio? ¿Cuántas veces más tengo que explicar por qué no me gusta este trabajo antes de aceptar que no me gusta? ¿Estoy buscando datos o argumentos para permitirme sentir algo que ya siento?
Y también en nuestras ideas. Porque podemos intelectualizar hasta nuestras contradicciones. Puedo descubrir que una experiencia concreta cuestiona algo que pensé durante treinta años y convertir inmediatamente ese choque en una discusión teórica.
¿Y si antes de discutirlo me pregunto qué me provoca? ¿Me da miedo? ¿Me enoja? ¿Me entusiasma? ¿Siento que amenaza una parte de mi identidad? ¿Quiero entenderlo o quiero neutralizarlo?
Esta última me encanta.
¿Estoy intentando comprender esto o neutralizarlo?
Porque parece lo mismo y no lo es. Comprender puede abrir. Neutralizar intenta volverlo inofensivo.
Y también podemos preguntarnos algo todavía más incómodo: ¿qué podría pasar si dejo de pensar esto durante cinco minutos?
No para abandonar la razón. Para ver qué queda. Capaz aparece tristeza. Capaz aparece una bronca monumental. Capaz aparece una ternura que veníamos convirtiendo en filosofía desde 1998. Capaz no aparece nada. No sabemos. Pero justamente de eso se trata.
Podemos hacer incluso un ejercicio bastante sencillo. Cuando nos descubramos analizando compulsivamente una situación emocional, podríamos parar un momento y dividir la experiencia, no en una planilla Excel porque ya sería demasiado irónico, pero mentalmente.
1°: ¿qué pasó concretamente?
2°: ¿qué estoy pensando sobre lo que ocurrió?
3°: ¿qué emoción puedo reconocer?
4°: ¿dónde la siento en el cuerpo?
5°: ¿hay alguna acción concreta que quiero realizar?
Porque esas cinco cosas pueden ser completamente distintas.
“Me escribió.” Eso ocurrió.
“Pienso que quizás escribió porque…” Eso es interpretación.
“Siento alegría y miedo.” Eso es emoción.
“Me late fuerte el corazón.” Eso es cuerpo.
“Quiero contestarle.” Eso es una posible acción.
¿Ven la diferencia?
En veinte segundos pasamos de una nebulosa gigantesca a distinguir partes de la experiencia. Y después puedo volver a pensar todo lo que quiera. Pero ahora no estoy usando el pensamiento para reemplazar todo lo demás.
También podemos practicar algo que para algunas personas puede resultar terrorífico: contar una experiencia sin explicarla inmediatamente.
“Estoy triste.” Punto. Y bancarse tres segundos sin agregar “porque en realidad esto responde a...”. Respirá. No llames todavía a Freud. Dejalo un ratito.
“Estoy triste.”
¿Qué pasa en vos cuando decís eso?
O:
“Esta persona me importa.” Punto. No “me importa en tanto sujeto histórico atravesado por determinadas formas sociales…”. Sí, sí, todo eso después.
Primero:
“Me importa”. Qué incómodo, ¿no? Porque ahí no hay dónde esconderse.
Y esto también puede servir en una conversación con alguien. En vez de explicar durante veinte minutos por qué algo nos molestó, podríamos probar con una frase directa: “Cuando pasó esto me sentí herida”. Después discutimos las determinaciones históricas del acontecimiento, prometo que no las vamos a perder.
Pero primero que exista la persona. Y creo que acá está quizá el centro de todo este capítulo: intelectualizar no es sentir poco. Puede ser una manera de manejar algo que sentimos mucho.
Por eso tampoco se trata de arrancarle a alguien su pensamiento y decirle “dejá de analizar”. Si esa herramienta se construyó durante años, probablemente tuvo una función. Capaz permitió ordenar el miedo. Capaz fue una manera de soportar pérdidas. Capaz dio estabilidad en una casa donde las emociones eran caóticas. Capaz permitió transformar experiencias dolorosas en conocimiento, trabajo, arte, política, docencia, investigación. Todo eso puede ser extraordinariamente valioso.
La pregunta no es si tenemos que abandonar esa herramienta. Es si podemos sumar otras.
¿Puedo pensar y sentir? ¿Puedo comprender y actuar? ¿Puedo encontrar las determinaciones de una emoción sin esperar a terminar el estudio completo de la humanidad para hacer algo con ella? ¿Puedo dejar una pregunta abierta y aun así vivir? ¿Puedo admitir que algo me atraviesa antes de saber exactamente por qué? ¿Puedo decir “no sé qué significa todavía, pero sé que me pasa”?
Esta última, para mí, es enorme.
Porque estamos muy acostumbrados a creer que primero viene la explicación y después tenemos derecho a reconocer la experiencia. Capaz puede ser al revés. Primero me pasa. Después voy viendo.
La capacidad de pensar es maravillosa. El problema empieza cuando todo tiene que pasar por la aduana de la razón antes de tener permiso para existir. Porque entonces el sentimiento tiene que presentar documentos. El deseo tiene que justificar su procedencia. El miedo tiene que explicar sus determinaciones. El amor tiene que llenar el formulario 08. Y para cuando terminamos el trámite, capaz la vida cerró la ventanilla.
Entonces quizás una pregunta para llevarnos de este capítulo sea esta: ¿hay algo en mi vida que ya comprendí suficientemente y que ahora tengo que permitirme experimentar?
Y junto con esa, algunas más: ¿qué emoción estoy convirtiendo en teoría? ¿Qué siento antes de explicarlo? ¿Qué aparece en mi cuerpo cuando dejo de analizar? ¿Qué me da miedo que ocurra si simplemente reconozco lo que siento? ¿A quién aprendí a mostrarle mi inteligencia y a quién aprendí a esconderle mi vulnerabilidad? ¿Qué cosas sé perfectamente sobre mí, pero todavía no viví de una manera diferente? ¿Estoy utilizando mis preguntas para descubrirme o para mantenerme eternamente a salvo de lo que voy descubriendo?
Porque las preguntas son maravillosas. A mí me han cambiado la vida. Pero llega un momento en que una pregunta también puede mirarnos y decir: “Bueno flaca, ya me respondiste. ¿Ahora qué vas a hacer conmigo?” Y ahí se termina la teoría. O, mejor dicho, empieza la parte más interesante. Empieza la experiencia.
……………………………
Anna Freud: The Ego and the Mechanisms of Defence. Fuente de Anna Freud
Antonio Damasio: Descartes’ Error. Fuente de Damasio, Penguin Random House
