Veníamos hablando de que en la intelectualización puedo agarrar una emoción, sentarla delante mío, ponerle una lámpara en la cara y comenzar el interrogatorio: “A ver, ¿usted de dónde viene? ¿Qué hace acá? ¿Cuándo empezó todo esto?”. Me pasa algo, lo pienso, busco las causas, encuentro explicaciones, lo relaciono con mi infancia, con mis experiencias, con lo que leí, con lo que sea, y en algún momento siento que ya lo comprendí. Acá quiero ir a otro lugar. Porque una cosa es intentar comprender lo que siento y otra muy distinta es saber perfectamente lo que siento pero administrar cuidadosamente cuánto de eso voy a permitir que salga al mundo.
Porque podemos convertir nuestra emocionalidad en una oficina pública. Esto se muestra, esto no. Esto se dice, pero con modificaciones. Esto lo dejamos en borradores. Esto puede salir el martes. Esto definitivamente se archiva porque podría generar inflación emocional. Y no estoy hablando de tener autocontrol, porque por suerte tenemos autocontrol. Imaginate que cada cosa que sentimos se convirtiera automáticamente en una acción. “Estoy enojada, te revoleo la taza”; “me gustás, me mudo a tu casa”; “me cayó mal tu comentario, renuncio”. No. Claramente necesitamos una instancia intermedia entre sentir y actuar. Bendita sea, además.
Thomas Lynch trabaja justamente con algo que me interesa mucho acá: el sobrecontrol. Su modelo de RO-DBT fue pensado para personas cuyo problema no necesariamente es la impulsividad sino, muchas veces, exactamente lo contrario: demasiada inhibición, rigidez, autocontrol, restricción emocional y dificultad para flexibilizar según la situación (También lo pienso en esas personas que pasaron de un extremo al otro). Y acá está para mí la palabra importante: flexibilidad. Porque el problema no es poder controlarnos. El problema empieza cuando controlarnos se convierte en la única herramienta disponible. Cuando da igual si estamos en una reunión de trabajo, con nuestra pareja, con un amigo, solos en nuestra casa o hablando con alguien que amamos desde hace veinte años: siempre estamos con el cinturón ajustado al último agujerito.
Entonces me acordé de un ejemplo que me parece espectacular para pensar esto, me lo compartió una vez un queridísimo ser humano, en ese momento hablábamos en otro contexto, pero me es interesante plantearlo acá. Supongamos que estoy arriba de un avión en movimiento y digo: “Bueno, soy libre, me tiro”. Poder, puedo. El problema es que hay una ley de gravedad que aparentemente no se enteró de mis intenciones de desarrollo personal. Entonces conocer la gravedad, saber qué puede pasar si salto y ponerme un paracaídas no me vuelve una persona controladora. Me vuelve una persona que, al menos, tiene algunas ganas de seguir viva. El paracaídas no está ahí para impedirme saltar; está justamente para permitir que salte teniendo en cuenta las condiciones reales de aquello que estoy haciendo.
Con las emociones me parece que pasa algo bastante parecido. Si estoy furiosa, capaz no sea mala idea esperar un poquito antes de agarrar el teléfono. Si algo me dolió, puedo pensar cómo quiero decirlo. Si alguien me importa, puedo observar también qué le pasa al otro y no solamente qué me pasa a mí. Si quiero mandar un mensaje a las tres de la mañana, capaz puedo preguntarme: “Romi, ¿esto necesita salir ahora o puede esperar a que el planeta esté despierto?”. Todo eso es regulación. Todo eso es ponerse el paracaídas. Hasta acá, fantástico.
El asunto se empieza a complicar cuando en vez de usar el paracaídas para saltar con mejores previsiones, me paso la vida revisándolo. Lo miro una vez, está bien. Lo miro de nuevo. “Mmm, esta hebilla…”. La vuelvo a ajustar. Después pienso en la velocidad del viento. Después en la altura. Después en dónde voy a caer. Después en qué pasa si el viento cambia cuando yo ya estoy en el aire. Después pienso que capaz habría que esperar un día con menos viento. Bueno, bárbaro, esperamos. Al día siguiente aparece una nube. “No, con esa nube no”. Y hete aquí que llevamos ocho años arriba del avión haciendo un posgrado en paracaidismo teórico y todavía no saltamos.
Entonces aparece una pregunta que me parece central: ¿cuándo el control me ayuda a manejar el riesgo y cuándo empiezo a necesitar controlar tanto el riesgo que termino sin hacer nada? Porque en algún momento ya no estoy usando la razón para prepararme. La estoy usando para evitar. Y esto es muy fino, porque desde afuera puede parecer exactamente lo mismo. Yo puedo decir “lo estoy pensando”. Y capaz es verdad. Pero también puedo estar pensando para no hacer. Puedo decir “todavía no es el momento”. Puede ser. O puede ser que ningún momento vaya a parecerme suficientemente perfecto porque lo que estoy esperando, en realidad, es que desaparezca la posibilidad de que algo salga distinto de lo que quiero.
Y ahí me apareció otra pregunta: ¿qué aprendimos sobre correr riesgos? Porque quizás el sobrecontrol no solamente se desarrolla porque nos enseñaron a no mostrar determinadas emociones. También podemos haber aprendido a controlar muchísimo precisamente porque alguna vez vivimos el otro extremo. Capaz fuimos muy impulsivos, reaccionábamos primero y pensábamos cuatro estaciones más tarde. Capaz crecimos con alguien así. Vimos gritos, decisiones tomadas con bronca, peleas tremendas por cosas dichas sin pensar y después la famosa frase: “Bueno, ahora bancate las consecuencias”. Y de ahí podemos haber aprendido algo perfectamente razonable: “Antes de actuar, pensá”. Excelente aprendizaje. Gracias, nos sirve.
El problema aparece cuando “pensá antes de actuar” se convierte en “no actúes hasta saber exactamente qué va a pasar”. Porque ahí estamos pidiendo un servicio que la vida no ofrece. Sería maravilloso, ¿no? Llamo a Atención al Cliente del Universo: “Hola, sí, quería saber si una persona me va a seguir queriendo dentro de diez años cuando yo me tire un pedo delante de ella”. “Mientras aguarda en línea, y calulamos las consecuencias, ¿le queremos preguntar cómo sabe usted que dentro de diez años estará vivo? Ahora sí, … las probabilidades dicen que bla bla bla”. No existe. Podemos prever algunas cosas, podemos conocer bastante de nosotros mismos, podemos medir determinados riesgos, pero hay una parte que siempre queda afuera. Y esa parte es la incertidumbre.
Michel Dugas trabaja mucho justamente sobre la intolerancia a la incertidumbre. El concepto me parece buenísimo para pensar algo cotidiano: hay situaciones que tienen solución concreta y hay otras cuyo resultado simplemente no podemos conocer de antemano. El problema aparece cuando tratamos estas últimas como si pensar veinte horas más pudiera transformarlas mágicamente en una ecuación exacta. Es decir: “Si lo pienso lo suficiente, voy a saber qué va a pasar”. Bueno… no. Capaz vas a terminar sabiendo muchísimo sobre todas las cosas que podrían pasar y vas a estar todavía más mareado.
Pensemos en una llamada telefónica. Tengo que hablar con alguien de algo importante. Entonces pienso qué voy a decir. Hasta ahí, bárbaro. Después pienso qué me puede contestar. Bueno, posible. Después preparo lo que le respondería si me contesta A, lo que le respondería si me dice B y una edición especial para el caso de que aparezca C. Después pienso: “Igual hoy capaz no es un buen día”. Lo dejo para mañana. Mañana considero que quizá sería más respetuoso mandar primero un mensaje. Escribo el mensaje, lo leo, cambio una palabra porque puede sonar demasiado fría, después cambio otra porque ahora suena demasiado afectuosa, borro todo y pienso: “Mejor cuando tenga claro qué corno quiero decir”.
Entonces, mi amor, en algún momento hay que hacerse una pregunta bastante antipática: ¿estoy pensando cómo hacer esa llamada o estoy buscando razones para no tener que hacerla? Porque son dos cosas diferentes, aunque las dos tengan cara de pensamiento. En una pienso para actuar. En la otra pienso para evitar la acción. En una estoy acomodando el paracaídas. En la otra llevo años revisando una hebilla que ya estaba perfectamente cerrada.
Y acá aparece algo que para mí es todavía más interesante: tal vez no tengo tanto miedo de una consecuencia concreta. Tal vez lo que no tolero es no saber cuál va a ser la consecuencia. No sé si la llamada va a salir mal. Capaz sale espectacular. Capaz la otra persona me dice algo que jamás imaginé. Capaz no pasa nada extraordinario. Pero una vez que llamo, entra otra persona en la escena y yo ya no puedo controlar el guion completo. Puedo controlar lo que digo. No puedo controlar cómo será recibido. Puedo decidir mostrarme. No puedo decidir qué hará el otro con eso. Puedo ponerme el paracaídas. No puedo negociar personalmente con el viento.
Por eso me parece que sumaría revisar qué aprendimos sobre equivocarnos. ¿Qué pasaba cuando cometíamos un error? ¿Se podía decir “me equivoqué” y reparar? ¿O el error venía con juicio oral y público incluido? ¿Nos decían “bueno, probaste, no funcionó, veamos qué aprendemos” o aparecía el legendario “te lo dije”? Porque si cada error quedaba asociado a vergüenza, humillación, castigo o pérdida, no es tan raro que después queramos tener todo asegurado antes de movernos. El problema es que entonces no estamos aprendiendo a tomar mejores decisiones. Podemos estar intentando convertirnos en personas que jamás se equivoquen. Y ese proyecto, además de agotador, viene con una falla de fábrica: es imposible.
También hacemos una cosa curiosa con el riesgo: pensamos que aparece cuando actuamos y desaparece cuando no hacemos nada. “Si hago esta llamada puede cambiar la relación”. Sí, claro. Pero si nunca la hacés también puede cambiar. “Si digo esto puedo equivocarme”. Sí. Y si no lo decís, también puede haber consecuencias. “Si acepto esta oportunidad puede salir mal”. Obvio. Pero rechazarla también produce una realidad. No actuar no es necesariamente quedarse quieto en una especie de dimensión neutra donde el tiempo se congela hasta que decidimos. El tiempo sigue pasando, la gente sigue viviendo y las decisiones que no tomamos también van produciendo cosas.
Entonces capaz la pregunta no debería ser solamente “¿cómo reduzco el riesgo?”, porque reducir determinados riesgos es sensato. Quizás también tengamos que aprender a preguntarnos qué riesgos estamos dispuestos a correr. Porque no existe intimidad sin riesgo de quedar expuestos. No existe afecto sin posibilidad de que el otro no sienta exactamente lo mismo. No existe pedir ayuda sin reconocer una necesidad. No existe poner un límite sin correr el riesgo de que a alguien no le guste. Y tampoco existe ninguna relación humana donde podamos saber de antemano qué va a pasar con todo lo que hacemos.
Ahora bien, una persona también puede haber aprendido el sobrecontrol de otro lugar. Capaz de chica era muy expresiva. Lloraba mucho, se enojaba, gritaba, reaccionaba, y permanentemente le decían “controlate”, “no hagas escenas”, “no seas tan sensible”, “pensá antes de actuar”. O quizás lo que aprendió fue exactamente lo contrario: que ser tranquilo, responsable, silencioso y no generar problemas recibía muchísimo reconocimiento. “Qué maduro”, “qué bueno”, “nunca molesta”. Y claro, cuando uno recibe amor, tranquilidad o reconocimiento por controlar, guarda ese dato. El cerebro no es tonto. Dice: “Bueno, parecería que esta versión funciona bastante bien”.
El asunto es que a veces a la persona que nunca da problemas nadie le pregunta si tiene alguno. Estamos todos felices porque no hace ruido. Y quizá esa persona creció siendo espectacularmente funcional: estudia, trabaja, organiza, cumple, piensa antes de actuar, sostiene situaciones complejas, nunca llega tarde, jamás pierde las llaves y si un meteorito cae en la oficina probablemente primero termine el Excel. Todo maravilloso. La pregunta es otra: ¿qué costo tiene sostener siempre esa compostura?
Porque también podemos controlar la imagen que el otro recibe de nosotros mientras estamos sintiendo algo. “No quiero que note cuánto me importa”, “no quiero que me vea confundido”, “no quiero mostrar que esto me dolió”, “no quiero quedar vulnerable”. Entonces cuento las cosas cuando ya pasaron. Hay gente que te cuenta el incendio cuando la casa ya está reconstruida. “Sí, tuve unos meses complicados”. ¿Complicados? Corazón, estabas viviendo entre las cenizas y yo me entero ahora porque ya pusiste las cortinas nuevas.
Y ahí para mí aparece una diferencia enorme entre que alguien nos comprenda y que alguien nos conozca. Puedo contarte toda mi historia cuando ya la ordené, la clasifiqué, la analicé y saqué las conclusiones. Eso te permite comprender muchas cosas de mí. Pero dejarte verme mientras todavía no sé exactamente qué me pasa es otra historia. Ahí hay incertidumbre. Ahí no tengo el relato cerrado. Y en la intimidad, inevitablemente, alguna parte de nosotros va a aparecer antes de que tengamos listo el PowerPoint.
En los vínculos esto se nota muchísimo. Quiero mandar un mensaje y lo leo veinte veces para asegurarme de que no diga demasiado. Quiero poner “te extraño” y termino escribiendo “espero que estés bien”. Quiero acercarme, pero antes necesito calcular cuánto se acercó el otro, quién escribió último, cuánto mostré yo, cuánto mostró él. Y de golpe tenés dos personas queriéndose comunicar como si estuvieran negociando el tratado de paz entre dos potencias nucleares. “Ayyy…Yo mandé un emoji. Ahora le corresponde mover ficha”. ¿Qué estamos haciendo? Capaz empezamos intentando cuidar el vínculo y terminamos convirtiéndolo en una planilla Excel o la batalla naval.
Y ojo, porque esto tampoco significa que ahora haya que decir absolutamente todo. No. Yo soy bastante fanática de la libertad de expresión y también de la privacidad. Hay cosas que no quiero contar, personas con las que no quiero abrir determinados espacios y momentos en los que simplemente no tengo ganas de hablar. Perfecto. El punto está en diferenciar “elijo no decirlo” de “no puedo decirlo”. Lo mismo con esperar. “Estoy esperando un buen momento” puede ser prudencia. “Necesito un momento en el que no exista ninguna posibilidad de incomodidad, rechazo, error ni consecuencia inesperada” ya es pedirle demasiado al calendario.
Por eso tampoco creo que el sobrecontrol se resuelva diciéndole a alguien “soltate”. Qué consejo espectacular. “Che, controlás demasiado”. “Uy, tenés razón, a partir de mañana no”. Listo, siguiente paciente. Si el control cumplió una función, si alguna vez me protegió, si me permitió sobrevivir emocionalmente a algo o dejar atrás una forma impulsiva que me hacía daño, no voy a desprenderme de él porque alguien me explique que debería ser espontánea. Capaz lo que necesito es aprender que puedo aflojarlo un poquito sin que todo explote.
Ahí me gusta la idea del diez por ciento. No hace falta pasar del secreto de Estado a cadena nacional. Diez por ciento. Si siempre digo “todo bien”, capaz puedo probar con “esto me molestó un poco”. Si siempre cuento lo que pasó desde el análisis, puedo agregar “y me dio tristeza”. Si siempre resuelvo todo sola, puedo decir “con esto me vendría bien una mano”. Si quiero hablar con alguien y llevo tres semanas pensando la conversación, quizá pueda dejar de esperar el guion perfecto y hacer una llamada imperfecta.
Y para alguien sobrecontrolado ese diez por ciento puede sentirse exactamente como estar parado en la puerta de un avión. Pero la cuestión es que probablemente ya tenga paracaídas. Tiene experiencias, herramientas, capacidad de pensar, posibilidad de poner límites, de decir que no, de retirarse, de reparar si algo sale mal. La pregunta ya no sería “¿puedo garantizar que todo saldrá bien?”. Eso no lo puede garantizar nadie. Capaz la pregunta más útil es: ¿tengo recursos para atravesar también la posibilidad de que no salga como quiero?
Porque eso cambia completamente la seguridad. No necesito controlar el resultado. Necesito confiar un poco más en mi capacidad para responder a distintos resultados. Y entonces vuelvo al avión y me hago esta pregunta: ¿me estoy poniendo el paracaídas para poder saltar o llevo tanto tiempo revisándolo que ya me olvidé para qué carajo me lo puse? Porque capaz el problema ya no es la falta de información. Capaz tengo muchísima información. Lo que no tengo es una garantía. Y posiblemente esté esperando una garantía que nunca va a llegar.
Entonces, cuando pienso en el sobrecontrol, ya no me interesa solamente preguntarme cuánto controlo mis emociones. Me interesa preguntarme qué aprendí sobre equivocarme, qué aprendí sobre correr riesgos y qué relación tengo con no saber. ¿Necesito claridad o necesito certeza? ¿Estoy preparándome para actuar o esperando que desaparezca toda incertidumbre? ¿Estoy siendo prudente o estoy usando la prudencia para no moverme? ¿Estoy pensando esa llamada para poder hacerla o estoy fabricando argumentos cada vez más sofisticados para seguir sin llamar?
Y hay una pregunta que me parece especialmente interesante: ¿estoy aprendiendo a tomar mejores decisiones o estoy intentando convertirme en una persona que nunca pueda equivocarse? Porque si mi objetivo es no equivocarme jamás, voy a necesitar controlar cada vez más. Cada decisión importante va a convertirse en una amenaza y cada situación incierta en un problema que tengo que resolver antes de vivirla. Y bueno, eventualmente vamos a terminar sentados con ochenta y cinco años diciendo: “Igual estoy esperando un poquito más porque todavía no sé bien qué puede pasar”.
Quizás entonces el trabajo no sea dejar de controlar. Tampoco convertirnos en gente impulsiva que sale por la vida tirándose de todos los aviones disponibles. Capaz se trata de recuperar flexibilidad. Saber frenar cuando hace falta y también avanzar cuando hace falta. Aprender que una cosa es peligro y otra es incertidumbre. Saber que algunas consecuencias pueden prevenirse, otras repararse y otras solamente conocerse después de haber vivido la experiencia.
Porque al final, para mí, la diferencia entre autocontrol y sobrecontrol podría ser bastante simple: el autocontrol conoce la gravedad y se pone el paracaídas. El sobrecontrol quiere asegurarse además de que no haya viento, que ninguna hebilla pueda fallar, que sepamos exactamente dónde vamos a caer y que alguien nos firme un certificado garantizando que no vamos a arrepentirnos. Y como ese certificado no existe, podemos quedarnos sentados para siempre dentro del avión, muy seguros, sí, pero mirando por la ventanilla cómo pasa el paisaje.
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Thomas Lynch: Radically Open Dialectical Behavior Therapy: Theory and Practice for Treating Disorders of Overcontrol. Fuente de Lynch, New Harbinger
Michel Dugas et al.: estudio sobre intolerancia a la incertidumbre en su modelo cognitivo-conductual. Artículo de Dugas, PubMed
