Hay algo que me parece fascinante porque, en principio, es una virtud enorme: aprender a no quedarse con la primera explicación. No mirar solamente lo que aparece en la superficie, sino preguntarse qué hay detrás, cómo llegó eso a ser así, qué lo determina, qué contradicciones contiene, qué relaciones tiene con otras cosas. Y a mí esa manera de pensar me encanta. De hecho, creo que una de las cosas más interesantes que podemos aprender es justamente a desconfiar un poquito de las respuestas demasiado rápidas. Ahora, mientras pensaba en esto, se me ocurrió una pregunta bastante incómoda: ¿qué pasa cuando usamos esa misma forma de investigar para absolutamente todo lo que nos ocurre en la vida personal?

Porque el método dialéctico justamente intenta ir más allá de la apariencia. Hegel trabaja la contradicción como parte del movimiento mismo de la realidad, y Marx toma la dialéctica y la transforma profundamente para investigar las determinaciones concretas de los fenómenos sociales. No alcanza con decir “esto es así”. Hay que preguntarse cómo llegó a serlo, qué relaciones lo producen, qué contradicciones contiene, qué movimiento hay detrás de aquello que vemos. Y eso, utilizado para investigar, es potentísimo. El problema que me interesa no está en el método. Está en nosotros, cuando pretendemos que una herramienta de conocimiento también nos entregue automáticamente la decisión que tenemos que tomar.

Porque imaginemos algo muy simple. Me gusta alguien. Podría registrar algo bastante elemental: “me gusta esta persona”. Pero si tengo una cabeza entrenada para buscar determinaciones, inmediatamente puedo empezar a preguntarme: ¿por qué me gusta? ¿Qué veo ahí? ¿Qué parte de mi historia está actuando? ¿Qué aprendí sobre el amor? ¿Qué estoy proyectando? ¿Esto responde a una carencia? ¿Es deseo? ¿Es admiración? ¿Estoy reproduciendo algo que ya viví? ¿Qué condiciones sociales determinan incluso aquello que yo llamo amor? ¿Cuánto de lo que siento considero verdaderamente propio y cuánto es resultado de las relaciones sociales que me constituyeron? Y ojo, son preguntas espectaculares. A mí me das eso y no me sacás más de ahí.

Pero en algún momento el pobre sentimiento, sentado en el banco de suplentes desde hace seis meses, levanta la mano y pregunta: “Perdón, ¿yo cuándo participo?”.

Porque puede suceder algo extraño: cuanto más descubrimos, más preguntas aparecen. Y eso en una investigación no necesariamente es un problema. Al contrario. Una buena respuesta muchas veces abre un problema nuevo. El conocimiento no tiene por qué terminar en una especie de “listo, humanidad explicada, podemos cerrar”. Pero una decisión personal tiene otra temporalidad. La vida no suspende el expediente mientras nosotros seguimos investigando.

Y acá me interesa mucho algo que Marx diferencia, que es el proceso de investigación y la manera de exponer después aquello que se descubrió. Investigar implica meterse en las determinaciones, reconstruir relaciones, entender movimientos que no eran evidentes al principio. Pero trasladado mecánicamente a la vida íntima puede aparecer una fantasía: “Cuando termine de descubrir todas las determinaciones de esto que siento, voy a saber qué hacer”. ¿Seguro?

Puedo descubrir que me gusta alguien porque encuentro en esa persona determinadas características. Después puedo preguntarme por qué esas características tienen valor para mí. Eso me lleva a mi infancia. Mi infancia me lleva a mis padres. Mis padres a su historia. Su historia al contexto social en el que crecieron. Ese contexto a determinadas condiciones históricas. Y si me das tiempo terminamos en la Revolución Industrial tratando de decidir si mando un WhatsApp.

En algún momento hay que poner un límite metodológico por una cuestión práctica. Y esto me lleva a una diferencia que para mí es fundamental: una cosa es descubrir por qué quiero algo y otra cosa es decidir qué voy a hacer con aquello que quiero.

No son la misma operación. Puedo saber muchísimo sobre las determinaciones de mi deseo y aun así tener que elegir. Porque la investigación puede mostrarme contradicciones, condiciones, antecedentes, riesgos. Pero no necesariamente elimina la elección.

Y esto conecta con algo que venimos trabajando desde el primer capítulo. ¿Qué aprendimos de chicos acerca de decidir? Porque quizá esta manera de investigar nuestra propia vida encuentra terreno especialmente fértil si mucho antes aprendimos que había que estar muy seguros antes de actuar. Si equivocarse se vivía como algo grave, si siempre había un adulto que sabía qué era correcto, si antes de hacer algo había que preguntar, revisar, consultar, entonces de adulto puedo desarrollar herramientas intelectuales extraordinarias y utilizarlas, sin darme cuenta, para seguir buscando aquella respuesta correcta que antes parecía tener otro.

Solo que ahora no pregunto: “Papá, ¿qué hago?”. Ahora pregunto: “¿Cuáles son todas las determinaciones concretas que hacen necesaria esta acción?”. Muchísimo más elegante. Pero capaz la pregunta emocional de fondo sigue siendo parecida: ¿cómo sé que esto es lo correcto?

Y ahí podemos empezar a interrogarnos un poco. ¿Qué pasaba cuando de chicos tomábamos una decisión que nuestros adultos consideraban equivocada? ¿Podíamos probar? ¿Podíamos cambiar de opinión? ¿Se aceptaba la contradicción o había que resolverla rápidamente? ¿Había espacio para decir “no sé”? ¿Nos enseñaban a descubrir lo que queríamos o principalmente a descubrir lo que correspondía hacer? ¿Había una respuesta correcta esperando ser encontrada?

Porque quizá después seguimos buscando respuestas correctas en lugares cada vez más sofisticados. Un autor. Una teoría. Un sistema filosófico. Una explicación psicológica. Una determinada lectura de la historia.

Y esto me resulta especialmente paradójico cuando la propia formación intelectual nos enseñó justamente que los autores no son autoridades para repetir, sino herramientas para investigar. Porque uno puede decir perfectamente: “No hay que repetir a Marx, hay que utilizar su método para descubrir las determinaciones concretas del objeto”. Fantástico. Pero después, cuando se trata de uno mismo, ¿podemos mantener la misma libertad frente a nuestras propias conclusiones? ¿O queremos encontrar una teoría que nos diga qué hacer? Porque ahí estaríamos haciendo exactamente aquello que criticamos: convertir una herramienta de conocimiento en una autoridad.

Y no tiene por qué ser Marx. Puede ser Freud, Lacan, una teoría psicológica, un filósofo, un gurú, una ideología, un modelo de relaciones, incluso este texto. Si terminás este capítulo diciendo “bueno, entonces Romina dice que tengo que hacer tal cosa”, fracasamos estrepitosamente.

A penas y alegrías puedo dirigir mi vida, ¿te voy a andar diciendo lo que tenés que hacer en la tuya?. Parrr Favaaarrr..

Lo interesante sería que estas preguntas te ayudaran a descubrir qué estás haciendo vos con lo que sabés.

Y esto se ve clarísimo en el trabajo. Supongamos que quiero cambiar de profesión o empezar un proyecto. Investigo el mercado, las condiciones económicas, mi formación, mis recursos, las posibilidades reales. Excelente. Esa investigación puede evitar decisiones desastrosas. Pero después descubro una dificultad nueva. Entonces investigo eso. Después otra. Después una variable más. Después aparece una tecnología que cambió el escenario. Entonces vuelvo a investigar. Cuando termino, cambió otra cosa.

Y un día me pregunto: ¿estoy intentando conocer mejor el terreno o estoy esperando que el terreno deje de moverse para empezar a caminar? Porque eso último no va a pasar.

Hay una pregunta que me parece muy útil: “¿Qué dato concreto me falta para dar el próximo paso?”. No “¿qué más podría investigar?”, porque siempre hay algo más que investigar. ¿Qué me falta concretamente? Si voy a poner un precio y no conozco mis costos, me falta un dato. Si quiero iniciar un emprendimiento y no sé si existe demanda, puedo hacer una prueba. Si quiero postularme a un trabajo y ya conozco los requisitos, quizá no necesito hacer otra investigación sobre el mercado laboral argentino desde 1976. Capaz tengo que mandar el currículum.

Y en una relación sucede exactamente lo mismo. ¿Qué información me falta realmente? Quizá quiero saber si la otra persona está disponible. Puedo preguntarlo. Quizá necesito conocerla más. Perfecto, la conozco. Pero si lo que quiero saber es exactamente qué va a sentir dentro de dos años, cómo va a reaccionar frente a cada cosa y qué destino tendrá el vínculo, no estoy buscando información disponible. Estoy esperando que la vida me adelante el final de la película antes de decidir si compro la entrada.

Y eso nos lleva a una pregunta que me parece central para este episodio: ¿cuándo considero terminada una investigación sobre mí mismo?

Porque en una investigación científica podemos establecer un recorte. Podemos decir qué estamos investigando, con qué condiciones, hasta dónde llega el trabajo. Después habrá nuevas investigaciones. Pero ¿hacemos eso cuando nos investigamos a nosotros?

¿O el objeto de estudio somos nosotros completos? Mala idea. No terminamos nunca.

Tengo cuarenta, cincuenta, sesenta años de historia, vínculos, cultura, familia, educación, cuerpo, experiencias, deseos, contradicciones. Si la condición para elegir es haber descubierto todas las determinaciones que me produjeron, mejor compramos un buen sillón porque vamos a estar un rato largo.

Y además aparece otra cosa: nosotros cambiamos mientras nos investigamos.

No somos una piedra que ponemos sobre una mesa y analizamos. Lo que vivo hoy cambia quién soy mañana. La decisión que tomo produce nuevas experiencias que después se convierten en nuevas determinaciones. Entonces capaz hay cosas que solamente puedo investigar actuando. Esto me parece precioso. Porque solemos pensar que primero conocemos y después actuamos. Pero la propia acción también produce conocimiento.

¿Cómo sé qué siento estando realmente cerca de alguien? Estando cerca.

¿Cómo sé si me gusta enseñar de otra manera? Probándolo.

¿Cómo sé si un proyecto funciona? Poniéndolo a circular.

¿Cómo sé cómo voy a responder a determinada situación? Viviéndola.

Podemos anticipar muchísimo, claro. Pero hay conocimiento que solamente aparece después de entrar en la experiencia.

Entonces quizá la pregunta no sea siempre “¿ya entendí todo?”.

Capaz es: “¿entiendo suficiente para hacer un movimiento que me permita conocer algo nuevo?”

Eso cambia muchísimo. Porque ya no necesito resolver mi vida entera. Necesito el próximo movimiento. Y ese movimiento además puede ser reversible. Esta es otra cosa que a veces olvidamos. No todas las decisiones son tatuajes en la frente.

Puedo hablar con alguien y después evaluar qué pasó. Puedo probar un trabajo. Puedo lanzar una versión pequeña de un proyecto. Puedo cambiar una práctica. Puedo revisar una idea. Puedo acercarme un poco y observar qué sucede. El método puede seguir. Pero ahora incluye la experiencia.

Y esto también me hace pensar en la contradicción. La dialéctica justamente nos enseña que la contradicción no es necesariamente un error que tenemos que borrar inmediatamente. Forma parte del movimiento. Sin embargo, en nuestra vida personal a veces hacemos algo raro: descubrimos una contradicción y pensamos que hasta que no la resolvamos intelectualmente no podemos actuar.

¿Y si no? ¿Y si puedo actuar siendo contradictorio? Puedo querer a alguien y tener miedo. Puedo querer cambiar de trabajo y sentir apego por el lugar que dejo. Puedo sostener una convicción y descubrir al mismo tiempo algo que la cuestiona. Puedo querer libertad y sentir terror cuando la libertad aparece. No tengo que esperar necesariamente a que uno de los dos polos desaparezca. Porque capaz no desaparece.

Entonces me preguntaría: ¿estoy esperando dejar de sentir una contradicción para decidir? ¿Qué pasaría si aceptara que la decisión va a contener esa contradicción? ¿Puedo elegir algo que deseo aun sabiendo que otra parte de mí tiene miedo?

Y acá aparece algo muy fino: a veces buscar más determinaciones puede ser una forma de no cerrar ninguna posibilidad. Mientras investigo, A sigue abierta. B también. C también. No perdí ninguna. Pero cuando elijo A, B deja de ocurrir. Y quizá lo difícil no sea descubrir cuál opción es correcta. Quizá sea aceptar que elegir también significa renunciar.

Eso pasa en el amor. Elegir una relación monogámica significa dejar de vivir todas las relaciones imaginarias posibles. Pasa en el trabajo. Elegir un proyecto significa dedicarle tiempo que ya no va a otros. Pasa con las ideas. Sostener una posición implica asumir determinadas consecuencias.

Entonces ¿estoy investigando porque todavía no conozco suficientemente el objeto o porque cerrar una investigación me obliga a tomar posición? Esa pregunta me parece bastante venenosa. Me encanta.

También podemos hacer un ejercicio. Cuando llevemos mucho tiempo pensando una decisión, agarrar una hoja y preguntarnos: ¿qué sé hasta ahora? ¿Qué dato concreto me falta? ¿Ese dato existe y puedo obtenerlo? ¿Qué cambiaría si lo obtuviera? ¿Hay algo nuevo que estoy investigando o estoy reformulando una pregunta que ya respondí? ¿Si mañana apareciera la información que digo estar esperando, actuaría realmente? ¿O abriría una nueva investigación?

Y agregaría otra: ¿qué decisión estoy postergando mientras investigo? Porque no decidir también produce realidad. Si durante tres años no hablo con alguien, esos tres años ocurrieron. Si durante cinco años no lanzo un proyecto, esos cinco años ocurrieron. Si durante veinte años no reviso una idea porque todavía estoy intentando comprender todas sus consecuencias, esos veinte años también forman parte del resultado.

La inacción no queda afuera del proceso. También determina. Y eso me parece muy dialéctico, justamente. Porque nosotros mismos somos parte de aquello que estamos investigando. Nuestra acción, nuestra omisión, nuestro tiempo, nuestras decisiones modifican el objeto. No podemos colocarnos eternamente afuera mirando.

Y acá vuelvo a algo que para mí es fundamental: esto no es una crítica a pensar demasiado, ni muchísimo menos a un método científico. Lo que estamos preguntando es algo mucho más personal: ¿qué uso hago yo de mis herramientas intelectuales?

¿Me ayudan a acercarme a la realidad? ¿O alguna vez las utilizo para crear suficiente distancia como para no tener que entrar? ¿Mis preguntas producen nuevas experiencias? ¿O producen solamente nuevas preguntas? ¿Estoy descubriendo determinaciones para actuar de manera más consciente o estoy esperando descubrir una necesidad objetiva que me libere de tener que elegir?

Porque quizás ahí está el punto. Hay decisiones que no vienen determinadas completamente desde afuera. Después de conocer todo lo que podamos conocer, puede quedar algo irreductible: yo elijo. Y eso da bastante vértigo.

Porque si el método me dijera exactamente qué hacer, yo podría obedecer al resultado. Pero si el método me ayuda a comprender y después me deja frente a mí mismo diciendo “bueno, ahora decidí”, estamos en otro terreno. Y capaz ahí aparece una forma diferente de usar el conocimiento. No para encontrar una certeza que nos quite la responsabilidad, sino para elegir con mayor conciencia de aquello que nos determina.

No somos sujetos flotando en el universo haciendo lo que se nos canta sin historia ni condiciones. Pero tampoco somos espectadores pasivos esperando descubrir qué acción estaba escrita desde siempre. Estamos dentro del proceso. Y actuamos. Entonces quizá la pregunta no sea: “¿Cuándo voy a terminar de comprenderme?”. Porque probablemente nunca. Tal vez sea: “Con todo lo que comprendí hasta acá, ¿qué puedo hacer ahora que me permita seguir descubriéndome en movimiento?”

Empezamos hablando de un método para descubrir las determinaciones de la realidad y terminamos preguntándonos si hay un momento en el que seguir investigando puede convertirse en una manera elegantísima de evitar elegir.

Capaz una investigación puede cerrar diciendo: “Este problema requiere continuar siendo investigado”. La vida también puede. El problema es que mientras escribimos “continuará”, sigue pasando. Entonces quizás de vez en cuando haya que preguntarnos algo bastante sencillo: ¿esto todavía necesita otra pregunta o necesita una experiencia? Porque capaz ya investigamos bastante. Y ahora toca trabajo de campo.

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Hegel: The Science of Logic. Ciencia de la lógica, Cambridge University Press
Karl Marx: Texto de Marx, Pepperdine University

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